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El Boalo-Navacerrada-Mataelpino, en vísperas del puente

Ruta realizada el Jueves 05/12/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
33.3 km
852 m
37 Km Distancia Madrid
3h51'
2h57'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), 15% de trialeras, sin obstáculos, no adecuado para temperaturas altas, con algunas fincas privadas, zona de fotografía interesante, muchas puertas

Participantes: Domingo, Félix, Carlos

Mas detalle ruta

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Reproductor audio crónica:

Empezamos esta salida, amenazada por la inminencia del puente de la constitución, con una mañana fría en El Boalo. Aparqué al lado de la iglesia de San Sebastian del Boalo y nos reunimos en la plaza del pueblo. Cada vez somos menos los que nos perdemos por estos caminos de dios dando pedales, porque esta vez solo estábamos Félix y yo pero, finalmente, se nos unió Carlos, un conocido de Félix. Siempre es un placer que alguien nos acompañe en nuestras salidas, aunque al principio, viendo la bicicleta de Carlos, pensé que iba a pasarlo mal en esta ruta que, aunque no es muy cañera, no está exenta de sus tramos complicados, sobre todo si no tienes suspensión ni ruedas MTB. Sin embargo, hay que decir que Carlos realizó el recorrido sin mayores problemas. Todo un máquina, si señor. Así que esperamos verle de nuevo entre nosotros pronto.

La ebike de Carlos, orientada sobre todo a recorridos urbanos. Esto si que es adaptarse…

Empezamos saliendo de El Boalo por el nuevo parking de la zona sur. Al ir a activar Félix la grabación de su GPS descubrió que estaba sin pilas, así que puse el Oruxmaps a grabar un poco más tarde, prácticamente llegando a Cerceda. De ahí que veáis en el track una parte en blanco.

En el pueblo nos liamos un poco pero finalmente enfilamos la vereda entre el prado Cogulloso y el chaparral de la Mina (como molan estos nombres…).

Cuando parecía que ya teníamos Moralzarzal a tiro de piedra, dimos un quiebro hacia el sur, entrando en una zona de notables elevaciones (los cuestones de toda la vida) que terminan en un mirador, visitado en múltiples ocasiones, desde el que se divisa en todo su esplendor la sierra.

La sierra estaba preciosa, con una luz impresionante, y con ese buen sabor de boca, seguimos dejando Moralzarzal a un lado, para finalmente rodearlo por el oeste, atravesando urbanizaciones y rotondas. Nuestro objetivo era el parque de La Arboleda por el que salimos de pueblo y nos liamos a cruzar curvas de nivel como descosidos.

Pronto dejamos la pista que nos llevaba en volandas hacia arriba para desviarnos por un sendero que salía a nuestra derecha hacia las laderas de Matarrubia. En este desvío nos comimos nuestro consabido plátano y contemplamos Moralzarzal desde las alturas. Los primeros escalones de piedras me hicieron recordar lo puñetero que era el comienzo de este sendero y fui consciente de lo oxidado que me encontraba, pero enseguida enfilamos una pista más abierta, atravesando una zona de pinares (la denominada Los Prados del Pinar, que el personal tiene una imaginación desbordante…).

Cómo quien no quiere la cosa, ante nosotros apareció la presa del embalse de Navacerrada, donde tonteamos un poco. No todo iba a ser dar pedales.

En la parte que bordea el embalse siempre nos liamos un poco y esta vez no iba a ser la excepción. Al final, pasando muy cerca del pueblo de Navacerrada, cogimos el camino de los Almorchones (que significa persona gruesa y blanda de carnes, o sea, un gordo). Sube que te sube, alcanzamos el collado de Majaespino. Al lado se encuentra el embalse de La Maliciosa, pero nosotros decidimos tirar para abajo, dejando a la derecha el collado de Los Escondidos, lugar de inquietante nombre.

El desnivel que te encuentras a continuación es conocido por nuestro grupo como el «Mini-Angliru» y es toda una leyenda en cuanto a cuestones se refiere.

Una vez se llega abajo, con los frenos calentitos, nos dirigimos a Mataelpino por una vereda paralela a la M-617. Como íbamos un poco justos de tiempo, cogimos la pista más sencilla para llegar al Boalo, la Colada del Mataelpino, que me da la impresión que es una cañada porque, la zona cercana a El Boalo se llama Los Cierros de la Cañada. Es el resultado de un mes de investigación.

A la llegada al pueblo nos separamos de Félix, que se fue a sus obras. Acompañé a Carlos al parking y allí nos despedimos, animándole a volver a dar pedales con nosotros. Y yo me volví a la iglesia de la que había salido con un buen sabor de boca y oliendo a serranía (eso quiero pensar). Un día espléndido de bici y amigos.

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Colores de Otoño. Desde Tortuero al Monasterio de Bonaval

Ruta realizada el Jueves 21/11/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
41.5 km
926 m
65 Km Distancia Madrid
3h56'
3h00'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), sin trialeras, sin obstáculos, sin limitaciones de temperatura, 15 metros no ciclable, zona de fotografía interesante

Participantes: Alfredo, Domingo, Félix

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Temperatura media: 12.8
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Reproductor audio crónica:

Muchos años han transcurrido desde que vimos estos parajes por última vez. Demasiados. Ya no se tarda como antes, porque han mejorado notoriamente las carreteras. Esta zona un tanto alejada de Madrid, la descubrimos Pepe y yo a través de los mapas de la Tienda Verde a finales del siglo XX y principios del XXI (suena histórico, bíblico e incluso epopéyico).

Con ese afán de descubrir nuevos destinos los viernes en la oficina a última hora preparábamos las rutas que íbamos a recorrer durante el fin de semana. En mi mesa desplegábamos el mapa y buscábamos las estrellitas. Hay que explicar que éstos tan descriptivos como inexactos mapas, se limitan a zonas muy seleccionadas de España y que los sitios más emblemáticos los marcaban con unas estrellitas. Elegida la estrella y por lo tanto la zona, había que elegir el trayecto a recorrer analizando a «grosso modo» las dificultades orográficas así como el kilometraje. Podéis suponer que con estos materiales de análisis y nuestra aún escasa experiencia, el margen de error era bastante alto, lo que en varias ocasiones se traducía en situaciones comprometidas: inclemencias, desmedidos esfuerzos, desproporcionados cansancios, rutas interminables…, pero también golpes y arañazos, averías, hambre, frío, calor y sed. Pero a cambio nos aportaba nuevas sensaciones que nunca olvidaremos. «Sarna con gusto no pica» que dice el refrán.

Fueron muchas las veces que recorrimos esas zonas desconocidas de Guadalajara donde rara vez encontrábamos gente. A una de estas rutas Pepe, se trajo  por primera vez a Alfredo. Un extraño «móvil» que llevaba en el manillar me llamó la atención. Resultó ser el primer GPS que veía y que tan útil nos ha sido posteriormente.

Hecha esta solemne introducción vamos con la ruta de hoy. Antes de llegar al pueblo de Tortuero me sorprendió la nueva carretera. La recordaba de tierra o al menos de gravilla salpicada con algo de asfalto, e innumerables baches. Pues ahora es magnífica. Salimos de Tortuero a las 9:10 en dirección sur a través de la carretera. El día está medio nublado e inicialmente fresco. La velocidad que se adquiere en este tramo hace sentir el frío en las orejas sin llegar a ser muy desagradable. Se agradecen los tramos en los que sale el sol y el efecto colorido que produce en las amarillas hojas de los árboles.

La variedad de colores es majestuosa. Al amarillo y ocre de las hojas en suelo y árboles, hay que añadir el verde de algunos prados, el azul del cielo y el blanco algodonoso de las nubes.

Llama la atención las sólidas construcciones del Canal de YII que salpican el camino del Canal Alto del Jarama. Llegamos al Sifón de Tortuero donde podemos contemplar las vistas de los alrededores.

Seguimos por carretera asfaltada hasta llegar al cruce con la carretera de Valdesotos. De las tres opciones, elegimos la que nos lleva hacia el embalse de El Vado,  que tras una breve e intensa subida nos permite ver el colorido y frondoso bosque que acompaña el curso del Jarama que queda debajo nuestro. Adivinamos una extraña construcción al otro margen del río que nos sorprende por tener un arco ojival, pero combinado con materiales que no corresponden a la época del arco. Resultará ser el Monasterio de Bonaval que más tarde veremos torpemente «restaurado».

Tras un puñado de kilómetros con ligeras subidas y bajadas,  llegamos al Embalse de El Vado. Recuerdo el día que descubrimos a unos obreros eliminando los símbolos franquistas. Era en 2008. Ya ha llovido.

Dejamos el embalse y nos vamos acercando a un pequeño pueblo llamado Retiendas de escaso interés. Hacemos un tímido acercamiento por si nos apetece tomar un café, pero lo desestimamos.

Enfilamos el precioso camino hacia el Monasterio de Bonaval donde soltamos a Retortijín, ese simpático minidrón que tan útil nos está resultando. 

Allí sigue impertérrito; pero con muletas metálicas y vallado. Al parecer hacen visitas guiadas, a dos euros por cabeza, ya que hay una caseta e indicadores de entrada y salida. Sin embargo, lo interesante está en el exterior.

Abandonamos el lugar no sin antes comprobar que sigue sin reconstruirse el puente que cruzaba el Jarama y donde Pepe y yo, quedamos tan sorprendidos cuando llegamos allí por primera vez al ver truncada nuestra ruta planificada.  Ello nos permitió conocer sin duda uno de los senderos más bonitos que recuerdo. Recorrer las hoces del Jarama de apenas un kilómetro y medio, nos deleita con un paisaje encerrado en un frondoso y profundo barranco.

Al llegar a la carretera nos detenemos ante un pequeño y escondido puente donde hacemos varias fotos antes de emprender la vuelta.  

Camino  ya de Tortuero nos desviamos por un sendero que nos lleva directos a los coches. Este sendero es el que descubrimos gracias al GPS, el día que Alfredo vino por primera vez. Pepe y yo, tratamos varias veces de encontrarlo porque recortaba mucho el recorrido, pero con el mapa como única herramienta siempre nos lo pasábamos de largo.  Cuando Alfredo me explicó para que servía ese invento, a modo de reto le pedí que hallara el desvío, para lo cual introdujo las coordenadas más cercanas en base al plano de papel que llevábamos. Yo estaba tan escéptico como expectante. Y lo encontró. Acto seguido, le pedí a mi esposa que para mi cumpleaños me regalara mi primer Garmin.   

De vuelta al coche tras una básica limpieza de la bici, ya que no presentaba grandes manchas de barro, decidimos ir a comer a Torrelaguna donde nos apretamos un cumplidito cocido de menú por el módico precio de diez euros incluido pan, bebida y postre o café. A ver quien lo supera. Si quieres saber el nombre del restaurante, tendrás que buscarlo en nuestra Base de Datos o bicheando en nuestra Web.    

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Las Rozas de Puerto Real-Casillas-La Atalaya

Ruta realizada el Martes 12/11/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
42.4 km
1302 m
68 Km Distancia Madrid
3h45'
2h57'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), sin trialeras, con dos obstáculos, sin limitaciones de temperatura, 20 metros no ciclable, zona de fotografía interesante

Participantes: Alfredo, Domingo, Félix

Mas detalle ruta

Temperatura media: 12.4
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Reproductor audio crónica:

Nuestro segundo día de escapada otoñal amaneció bastante fresco. Fuimos a desayunar al bar donde el día anterior Alfredo les había dejado un «regalito«, dejando inutilizado completamente el servicio durante horas y cambiando el color del alicatado. Sin embargo, el camarero no pareció reconocerlo cuando Alfredo pidió una pareja de porras que no se las saltaba un gitano, su oscuro objeto del deseo desde el día anterior, cuando las vio de refilón durante su roca-visita. Félix y yo nos conformamos con unas simples y aburridas tostadas con tomate para afrontar la ruta.

Visto el tráfico que soporta la M-501, decidimos que lo mejor era ahorrarnos los 6 kms. que nos separaban del origen de la ruta, yendo a las Rozas de Puerto Real en coche, y aparcando al lado de un restaurante, el Casa Antonio, donde comeríamos más tarde.

Bastante forrados porque el día así lo pedía, empezamos a bajar la colina donde se encuentra el pueblo, bordeando un bonito castañar, que nos llevó a la M-501, que atravesamos cada uno a su manera y cómo buenamente pudo, que para eso somos tres mentes pensantes, cada una de su padre y su madre.

Por fin nos decidimos a seguir el track y tomamos la comarcal M-549 en dirección a Casillas, todo para arriba. En esta zona, lo de ir por pistas está complicado. Todo está absolutamente vallado y, lo más normal es que te metas por una pista que te lleve a una puerta con candado.

Pronto llegamos a Casillas y la atravesamos empleando el modo e-MTB (podemita power, dado su color moradito en nuestro selector de potencia) porque los cuestones son de infarto. No en vano estábamos en el barrio de La Cuesta. A la salida nos encontramos en el bosque gente con barredores de hojas, empeñados en no perder una sola castaña.

Y seguimos subiendo entre fincas valladas. Mientras daba pedales, me acordaba del chiste de Perich, «Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema… señor Conde». Esta parte del recorrido nos sonaba de un track que hicimos hace cerca de un año, tomando el castañar desde el Tiemblo.

En una zona que se llama La Cruz del Tornero, el Castañar del Tiemblo nos dio la bienvenida con un cuestón de narices, dando paso a un precioso recorrido por pistas tapizadas de hojas, porque a estas alturas de noviembre, los castaños ya se han olvidado de ellas.

El nuevo dron-mini de Alfredo nos estuvo acompañando, mientras subíamos a la zona del refugio Majalavilla, como un fiel escudero.

En el refugio nos encontramos con unos caminantes, que imprudentemente preguntaron a Félix. Durante un rato, nuestro amigo les estuvo amenizando la velada, con una infinidad de datos, hechos y sucedidos, mientras nosotros nos dábamos una vuelta, Alfredo sacaba el dron, yo empezaba a escribir esta crónica…

Por supuesto, visitamos al Abuelo, nuestro castaño favorito con sus 500 añitos encima, rodeado de sus hijos, nietos, biznietos, etc. Allí nos comimos nuestro habitual plátanos mientras nos rodeaban catervas de jubilados y se acercaba una horda de niños, posiblemente caníbales. Ante semejantes peligros, retomamos la ruta.

Nuestro próximo objetivo era La Atalaya. Salimos por el lado noreste del castañar, en dirección a una zona conocida como el Portacho de los Ballesteros, vaya usted a saber por qué. Empezamos a dejar las pistas para meternos en un cortafuegos, en dirección a Los Riscos de la Urbana. Allí sacamos el dron de nuevo, para disfrutar de sus espectaculares vistas.

La bajada desde este lugar es de aúpa. Teníamos la opción más directa, por una especie de sendero/trialera/despeñadero/barranco, lleno de piedra suelta, o bien, una pista culebreante rodeada de un precioso bosque. Alfredo miró el sendero con deseo, pero la prudencia y nuestra radical y absoluta negativa le hicieron continuar por la pista, como personas sensatas, producto de una educación nacional-católica, y sobre todo, temerosas de darse una buena hostia.

Así llegamos a la urbanización La Atalaya, que atravesamos velozmente para meternos durante casi un kilómetro por la M-403, desembocando en una zona de explotación agropecuaria y dehesas.

Ya quedaba poco para llegar a nuestro destino. La pista se transformó en una zona llena de vegetación y charcos, rápida y divertida. Nos extrañaba no habernos embarrado ni haber tenido que empujar la bici campo a través, cuando el track nos sacó de la pista y nos metió en una zona de zarzales, con obstáculos y desniveles variados, donde no funcionaba el modo walk, por supuesto. Deslomados, conseguimos finalmente salir de esta zona, que se llama con razón, los Cantos de la Horca. Saliendo de esta trampa, una urbanización aledaña a las Rozas, Navapark, nos recibe con sus calles abiertas. Ya se huele el final.

Cómo el cambio del tiempo era más que evidente y la previsión no era nada, nada halagüeña, indicando la necesidad de utilizar neopreno al día siguiente, decidimos volver a casa esa misma tarde. Limpiamos las bicis, para desesperación de Alfredo, y las metimos en el coche. Félix, desde el día anterior, tenía en mente probar los boletus, así que negoció con el dueño del restaurante un menú especial, basado en este apreciado hongo de primero y rabo de toro de segundo. La cosa no debió quedar muy clara (bueno, para el dueño si…) porque nos metieron doblado el susodicho rabo, acompañado por una pobre ración de boletus, penosamente cocinados. Félix se puso en modo «altamente enfádica&gruñón» y el dueño nos devolvió 20 € en el primer intercambio de opiniones, lo que evidencia sin duda lo poco tranquila que tenía su conciencia.

En cualquier caso, esto no empañó ni un día esplendido ni una estupenda ruta. La pena es que tuviésemos que irnos un día antes por la dichosa DANA, sin poder realizar la tercera ruta de esta escapada. Pero también es una buena excusa para volver otro otoño a esta preciosa zona.

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Sotillo de Adrada-Casillas-Monte del Pinar

Ruta realizada el Lunes 11/11/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
40.8 km
1347 m
76 Km Distancia Madrid
3h45'
2h57'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), sin trialeras, sin obstáculos, sin limitaciones de temperatura

Participantes: Alfredo, Domingo, Félix

Mas detalle ruta

Temperatura media: 13.7
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Primer día en Gredos: crónica de un estómago en pie de guerra y aventuras moderadas

Habíamos quedado a las 9:30 en un parking cerca de la casa rural alquilada. Como suele suceder en estos casos, en los últimos kilómetros de carretera me asaltó esa sensación inconfundible y desesperante de que todo el menú del día anterior estaba dispuesto a salir al mundo antes de tiempo. Claro, tenía motivos de sobra: unos boletus, un plato de judiones, cordero asado y, de postre, ponche segoviano. Un menú que, por su contundencia, podría haber alimentado a un equipo de obreros durante una semana. Dudé si parar en un descampado y librarme del apuro en plena naturaleza, pero mi dignidad (lo poco que quedaba) me mantuvo firme hasta llegar al parking. Allí salí corriendo al bar del desayuno, como alma que lleva el diablo. Creo que dejé buena impresión al mesonero, aunque espero que no tuviera el mal gusto de acercarse al baño tras mi visita.

Venía con la ilusión de una ruta de enduro como las de antes, de las que te dejan las piernas temblando y el alma en paz. Pero Félix, que tiene una extraña relación con el peligro y la comodidad, retocó la ruta original y nos dejó con una versión light. Eso sí, había un cartel en una bajada que rezaba “Muy peligrosa”, así que me libré de dejarme los dientes en alguna curva maldita. Peor habría sido volver a casa con más dientes rotos que historias para contar.

En este viaje llevamos tecnología punta; dos drones (Retortijón y Retortijín) y dos Gopro a ver que video nos hace Félix.

Nos pusimos en marcha puntuales, como si estuviéramos en el ejército, dejando los coches en Sotillo de la Adrada y avanzando hacia Casillas. El día era espectacular, el cielo azul, la temperatura ideal, y la pista más llevadera que el argumento de una novela romántica. Entre eso y el motor eléctrico de las bicis, los 400 metros de desnivel parecían una broma.

Pasamos por Casillas, donde nos entretuvimos un rato en la ermita y el prado adyacente. Es decir, moñigueamos, que es lo que hace cualquier buen ciclista cuando ve un lugar bonito pero está más interesado en respirar que en seguir pedaleando.

Después de aquello, nos lanzamos a subir al puerto de Casillas. Otros 400 metros de desnivel, que afrontamos con Retortijín grabando la hazaña. La niebla nos recibió a mitad del ascenso, ocultándonos el paisaje y dándonos ese aire heroico de exploradores perdidos en un banco de nubes.

En el puerto recordamos una anécdota de cazadores ofendidos de años atrás. En su día nos echaron la bronca porque, según ellos, molestábamos a las palomas. Palomas de paso, dijeron, como si fueran nobles de alta cuna y no simples ratas con alas. Para colmo, íbamos por una pista pública, subiendo en silencio, casi como si estuviéramos de funeral. Pero claro, pedir sentido común a un cazador cabreado es como buscar poesía en un atasco de lunes.

Desde allí decidimos ignorar el desvío al Pozo de la Nieve. Ya lo conocíamos y el camino era incómodo, lo cual no ayudaba a la pereza generalizada. En lugar de eso, nos dirigimos a la zona supuestamente endurera del monte El Cirbunal. Digo “supuestamente” porque Félix, en su infinita sabiduría, había rediseñado la ruta para evitar aventuras reales.

El paisaje otoñal era digno de postal. Eso sí, las hojas ya estaban en el suelo, cubriendo todo con un manto marrón que era tan bonito como traicionero para los neumáticos. Félix, con su ojo experto, comentó que el follaje era más de pinos en esa zona, como si no lo viéramos nosotros mismos. Pero hay que reconocer que también tenía su encanto.

Cuando llegamos al descenso que Félix había eliminado, nos encontramos con el famoso cartel de “Bajada muy peligrosa”. Y sí, tenía pinta de ser el infierno para los frenos y para las piernas. Pendiente brutal, rocas sueltas, arena, y esas acículas traicioneras que esconden trampas mortales. Por una vez, el cambio de ruta fue una decisión sabia.

Por el camino aprovechamos para sacarnos una foto los tres usando retortijón.

La bajada final fue intensa, una pista entre pinos que nos llevó de nuevo a Sotillo de la Adrada.

Al llegar a Sotillo nos esperaba la dueña de la casa rural, una mujer tan maja que nos dejó meter las bicis donde nos diera la gana. Nos regaló un pan dulce que casi devoré entero en el mismo día y una botella de vino, que guardamos como trofeo.

Comimos en el restaurante Las Palmeras, rodeados de abuelos del lugar. Parecía que el comedor del IMSERSO había montado una sucursal en Gredos. Es lo que tiene España: la juventud trabaja para pagar las pensiones mientras los viejos se sientan a disfrutar del espectáculo. Y nosotros, claro, nos sentimos en casa.

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Colores por Montejo y Sierra Cebollera

Ruta realizada el Jueves 07/11/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
46.8 km
1261 m
73 Km Distancia Madrid
4h04'
3h21'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), sin trialeras, sin obstáculos, sin limitaciones de temperatura, zona de cazadores, con algunas fincas privadas, zona de fotografía interesante, muchas puertas

Participantes: Alfredo, Domingo, Félix

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Temperatura media: 12.3
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Hace mucho que no hacemos una ruta por esta zona. Y la verdad es que en otoño es una de las más bonitas porque el contraste del colorido de los abedules, hayas blancas y selváticas, robles, álamos negros, chopos, acebos, pinos, avellanos… etc. merecen la pena.

Alfredo, desde el principio muestra su malestar por la hora (15:00) en que Domingo ha hecho la reserva en el restaurante El Hayedo de Montejo, ya conocido de varias veces. A lo largo de la ruta propone insistentemente que adelantemos la reserva.

Salimos de Montejo a las 9:10 en dirección al famoso hayedo. Ya en la carretera vemos a un nutrido grupo de veteranos jubiletas esperando en el puesto de control esperando a que les lleven y les guíen por el mismo. Menos mal que hace una mañana espléndida y apenas hace frío. No lo he visitado -de manera oficial-, si bien hace años dejamos las bicis cerca de la valla pasado el Puerto de El Cardoso y nos internamos unos metros para ver esa supuesta maravilla. Bueno, después de tantos años viendo enormes hayedos por Navarra, León, Asturias, Cantabria…, la verdad es que nos pareció una insignificancia.

Salimos de la carretera que sube al Puerto del Cardoso, poco antes de la entrada al hayedo y empieza una larga y empinada cuesta que nuestras piernas con la ayuda inestimable de las e-bike, solventan como si nada. ¡Qué gran invento! En las primeras praderas no puedo dejar pasar un par de rodales de hermosas setas de cardo (Pleurotus Eryngii) y las recojo con esmero. A pesar de ir en la pequeña mochila han llegado a casa bastante bien, así que esta noche discurrirán por el garguero en un revuelto.

Según vamos cogiendo altura, dejamos el hayedo a la derecha y nos internamos en un pinar que nos lleva al Collado del Mosquito. Se va echando encima una niebla que nos impide observar algunos tramos, pero que también tiene su gracia al vernos envueltos en las nubes.

Según bajamos en dirección Sureste y rodeamos la Cebollera Nueva los caminos se van poblando de la hoja caída principalmente de roble. Todo este tramo es conocido.

En dirección Norte nos acercamos a la Cascada de Litueros, pero antes bajamos por una pista de pendiente muy pronunciada que me ha traído recuerdos. Hará 20 años, quizás más, que salimos desde el Puerto de Somosierra y subimos por esta horrible pendiente. Julito y yo en cabeza. Picados desde el inicio. En aquella época no había una cuesta que no provocara distintos piques. Constantemente nos íbamos tanteando con objeto de ver quien estaba más y mejor entrenado. Entonces yo estaba muy en forma y el reto, era ver quién me podía superar en al menos una cima. No fue en esta ocasión. Recuerdo llegar y Julito tirarse al suelo profundamente mareado. Hay que decir que me superaba fácilmente en 15 kgr, pero eso no le importaba a este bravo compañero. Amigo, si lees esto que sepas que aún te echamos de menos.

En vista de que vamos muy bien de hora, Domingo cede a las pretensiones de que comamos antes y reserva a las 13:45, siguiendo los cálculos efectuados por el nuevo GPS de Alfredo.

Pasamos por El Puerto de Somosierra y su ermita donde está la placa conmemorativa a los soldados de la caballería polaca caídos que acompañaron al ejército de Napoleón, con él incluido, en su entrada en Madrid. Mejor se hubieran quedado en su país y les habíamos enviado con gusto a Carlos IV, Fernando VII y su parentela para que no volvieran más. Pero ya sabemos que los Borbones siempre vuelven y repiten comportamientos.

Bajamos por la carretera antigua y cogemos un camino a la izquierda. Es tan precioso como desconocido. Se llama Prado de la Horca y el tramo más espectacular termina al cruzar el arroyo de La Pinilla que nace en la Cebollera Nueva.

Se divisa un bosque muy colorido mirando hacia abajo en dirección a Horcajuelo. Tenemos que investigar caminos por ese bosque. En El Gamonoso vemos un camino que baja con pronunciada pendiente, pero seguimos nuestro track. Alfredo entra en «modo Putansia» y nos lleva al galope tendido para llegar a comer antes de la hora prevista.

Nos tiramos por la PR-23 a tumba abierta mientras de soslayo vemos los preciosos paisajes de la zona. Así llegamos a Horcajuelo y poco después a Montejo a las 13:30h.

Como es habitual, mientras apenas empezamos a limpiar las bicis Domingo y yo, Alfredo ya la ha limpiado y metido en el coche. Deprisa se encamina al restaurante donde tendrá que esperar 20 minutos a que llegue yo y poco después Domingo. Ya se ha comido la cesta de pan y me recibe cabreado como una mona. Todo se le pasa cuando le traen un exquisito plato de níscalos con patatas que se come en cero-coma. Ya recobrada la normalidad, hace lo propio con un bacalao Dorada. Es de bien comer. Y lo mejor es que no engorda.

Y el lunes nos vamos tres días a Sotillo de la Adrada a continuar disfrutando del otoño.

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Buitrago-Lozoya-Garganta, adentrándonos en el otoño

Ruta realizada el Jueves 31/10/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
48.1 km
793 m
65 Km Distancia Madrid
4h06'
3h25'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), sin trialeras, sin obstáculos, no adecuado para temperaturas altas, con algunas fincas privadas, zona de fotografía interesante

Participantes: Alfredo, Domingo, Félix

Mas detalle ruta

Temperatura media: 15.9
Descarga ruta: Buitrago20241031.gpx
Reproductor audio crónica:

Por fin me estreno esta nueva temporada. Tenía ganas de disfrutar de los colores del otoño pero la pertinaz lluvia estuvo amenazando nuestra salida toda la semana. Pero finalmente el jueves nos dio un respiro en nuestra comunidad y pudimos salir.

El día amaneció espléndido en Madrid aunque se iba enturbiando según me acercaba a Buitrago, hasta el punto que decidí llevar el chubasquero en la mochila.

Como es habitual, a la hora prevista estábamos todos allí como si fuésemos un comando iniciando una acción en Jarkov (con dron y todo…). Llevaba mucho tiempo sin ver a mis compis así que fue un grato momento de encuentro. A las nueve en punto iniciamos la ruta de la que no me acordaba en absoluto, a pesar de haberla realizado en junio del 2020.

Había escogido esta ruta por no parecerme especialmente complicada, ideal para empezar la nueva temporada. Pero enfilando Villavieja del Lozoya, en la zona llamada el Chorrillo, pensé que me había equivocado. Una zona de senderos llenos de piedras, con repechos continuos, me hizo confirmar que estaba muy torpe. Menos mal que duró poco y enfilamos pistas mucho más adecuadas para mis mermadas capacidades.

El campo estaba precioso, con los colores propios del otoño. A pesar de lo que había llovido, no estaba especialmente embarrado, así que rápidamente llegamos hasta Villavieja, que atravesamos sin enterarnos ni del nombre. Continuamos por un sendero rodeado de fincas, donde Alfredo sacó su nuevo minidron que yo no conocía. Una chulada por lo pequeño y cómodo que es su manejo. Seguro que dejamos boquiabiertas a un grupo de jubiladas con quienes nos cruzamos.

Doblamos hacia el suroeste, empezando el principal ascenso del track. Después del mismo, ya era todo bajar hacia Lozoya. Íbamos muy bien de tiempo, pero cualquiera decía algo de tomar una cañita…

El embalse de la Pinilla estaba lleno, como era de esperar. Como siempre, nos recibió con unas imágenes espectaculares.

En el puente del Congosto nos encontramos con otro nutrido grupo de excursionistas, que elucubramos que eran jubilados divorciados y que imposibilitaron una foto como dios manda de nuestro puente favorito.

Después de atravesar Garganta de los Montes nos enfilamos hacia el Cuadrón, por el que no pasamos. Ya pensaba yo que nos habíamos librado de las experiencias náuticas con las que nos enfrentamos habitualmente desde que tenemos las ebikes, cuando hete aquí que nos la encontramos de morros poco antes de llegar.

Ya quedaba poco para llegar. Unos subidas y algún repecho nos separaban de Buitrago. Cuando llegamos al pueblo, decidimos hacer un tour turístico que acabamos en el restaurante Andarrio, que era donde habíamos aparcados. Limpiamos las bicis antes de meterlas en el coche, para desesperación de Alfredo, al que se le hicieron eternos los cuidados que tuvimos con nuestras monturas. Comimos razonablemente bien, viendo pasar bandejas de setas de un lado para otro. Félix no lo pudo evitar y entró en una conversación micológica con un señor de la zona.

Un día estupendo disfrutando del paisaje y de los amigos. Mi primer día de esta nueva temporada.

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La Patrulla Canina en el Camino del Ingeniero

Ruta realizada el Jueves 24/10/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
36.9 km
1006 m
53 Km Distancia Madrid
4h54'
3h10'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), mas de 40% de trialeras, sin obstáculos, sin limitaciones de temperatura, 10 metros no ciclable

Participantes: Alfredo, Félix, Juanlu

Mas detalle ruta

Temperatura media: 11.8
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¡La Patrulla Canina se lanza de nuevo a la aventura! Esta vez, el reto es una de las rutas más salvajes de la Sierra: El Camino del Ingeniero. Y, como era de esperarse, esta patrulla no tarda en meterse en líos… ¡las cosas no salen como estaban planeadas!

La historia empieza con Juanlu apareciendo con un trancazo/gripe/COVID que hace que tanto Félix como yo nos sintamos como en una película de terror, esperando un contagio inminente. Mientras tanto, Félix llega media hora antes, pero no para preparar nada, ¡sino porque le ha dado un apretón histórico! Acabó buscando rincones estratégicos en San Rafael para aliviarse, como si fuera un perrito perdido. Pero lo mejor estaba por venir: justo cuando nos disponíamos a salir, el cambio de la bici de Félix decide decir “¡Hasta aquí llegué!”. Por un momento pensamos que todo se iba a la porra, pero después de mucho bregar, conseguimos arreglarlo sin la ayuda de Pepe, al que echamos de menos, ¡y de qué manera!

Contra todo pronóstico, ¡logramos salir! Esta vez, decidimos partir directamente desde el restaurante Volvereta, atravesando San Rafael (por cierto, qué casas más bonitas tiene este pueblo) y subiendo al Collado del Hornillo. Ese primer tramo es técnico, con una pendiente que en bici normal haría que vieras pasar tu vida frente a tus ojos, pero gracias a nuestras bicis eléctricas, subíamos como si nada, casi con estilo.

A partir de cierta altura el tiempo se volvió nuboso y húmedo con un paisaje bucólico.

A medida que subíamos, el clima empezó a ponerse nuboso y húmedo, dándonos un paisaje bucólico, de esos que salen en las películas, donde solo faltaba el pastorcillo tocando una flauta para completar la postal. Pero, como todo lo bueno, la paz no duró mucho. Cuando parecía que rodábamos como campeones, Juanlu nos mostró cómo besar el suelo sin siquiera bajarse de la bicicleta. ¡Menudo espectáculo! Eso sí, dejó sus gafas tiradas por ahí, como ofrenda a la fauna local. He visto el vídeo mil veces y sigo sin entender qué demonios hizo para caerse así. Pero bueno, el suelo y él se conocieron de una manera muy íntima.

Después del susto, seguimos avanzando por los senderos que serpentean junto a los arroyos del Prado y del Collado de Hornillos, cuando de repente… ¡crack! Félix decide demostrarnos cómo romper una cadena de la forma más dramática posible. Tras algunas rutas recientes, Pepe Gotera y Otilio (es decir, nosotros) ya tenemos algo de experiencia en estas situaciones, así que nos pusimos manos a la obra. ¡Pero qué show! Nos llevó 10 minutos colocar el manillar de la bici sobre la mochila de Félix, solo para darnos cuenta de que las herramientas estaban dentro de la dichosa mochila. ¡Muy bien pensado! Pero no pasa nada, repetimos todo el proceso y, esta vez, descubrimos que Félix había traído el eslabón rápido adecuado (¡milagro!), aunque encajarlo fue una odisea. Al final, un poquito de aceite hizo el truco y conseguimos arreglar la cadena. Vamos, que ya tenemos el máster (teórico y práctico) en reparaciones improvisadas de cadenas.

Afortunadamente, después de todo esto, pudimos seguir hasta el Camping Peregrinos, aunque antes Félix se zampó una paletilla que, por la forma en que la devoró, parecía que no había comido en una semana.

Subimos por la Sierra de Malagón, hasta llegar a la frontera entre Ávila y Segovia en la Boca del Infierno (¡solo el nombre ya impone respeto!). Después de cruzar la puerta, nos enfrentamos a una bajadita que se las trae. Por cierto, tuve un pequeño percance allí, pero ¡nada que me detuviera! Tras un tramo empujando la bici, conseguimos acceder al tan esperado Camino del Ingeniero.

Y qué camino! Un verdadero paraíso para los que nos gusta ratonear con la bici de montaña. Aprovechamos para sacar a Retortijin y también para probar la nueva GoPro con HyperSmooth Pro; todo grabado como si fuera una película de acción.

Aunque cueste creerlo, después de tantas aventuras y desventuras, llegamos justo a tiempo para disfrutar de un menú deluxe en Volvereta, coronado con un pudding de chocolate que, sinceramente, fue la mejor forma de terminar la jornada.

Así concluye otra épica aventura de la Patrulla Canina. Y si esta semana a Juanlu, a Félix, o al cronista (¡yo!) nos duele la garganta… bueno, sabremos exactamente de quién fue la culpa. ¡Hasta la próxima!

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Basta ya. Vamos a Cercedilla y un precioso otoño húmedo.

Ruta realizada el Sábado 19/10/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
43.1 km
1024 m
47 Km Distancia Madrid
3h31'
2h51'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), 15% de trialeras, con dos obstáculos, no adecuado para temperaturas bajas, zona de fotografía interesante

Participantes: Alfredo, Félix

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Temperatura media: 11.6
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Basta ya. Hacía un mes justo desde la última vez que salimos juntos. Por unas cosas u otras no coincidimos, así es que Alfredo y yo decidimos aprovechar un intervalo sin lluvia para ir a disfrutar del encanto del húmedo otoño. Esos cielos con nubes de distintos colores que con la luz del sol sesgado por el amanecer hace caprichosas formas.

A la hora exacta llego al punto de partida donde encuentro a Alfredo ya pertrechado y listo para salir. Mientras me preparo me va contando las nuevas adquisiciones que renovarán sus aparejos porque ya se le están quedando anticuados. A saber: super-reloj con GPS Garmin, el novísimo GPS Garmin para la bici, la GoPro con estabilizador de imagen, el mini dron DJI superligero autónomo y el super dron que sustituirá próximamente al irrompible Retortijón.

Subimos por la carretera de la República con nuestras e-bike que aligeran notablemente el esfuerzo y que no dejan de maravillarnos. Hacemos un alto en el mirador de Vicente Aleixandre donde comemos el platanito y me enseña el minidrón. Es una pocholada. Tiene múltiples funciones automáticas además de poderlo manejar con el móvil o con el mando. Pero lo mejor es que permite hacer grabaciones autónomas es decir sin intervención de operador lo que nos facilitará hacer videos en movimiento por ejemplo bajando trialeras. Preveo que nos va a dar mucho juego.

El día no puede estar más bonito. Subiendo la cuesta, nos parece que la temperatura es ideal. Cuando llegamos al puerto de la Fuenfría, hay muy poca gente y hacemos una par de fotos.

Cogemos el Collado de Marichiva bajando a buena velocidad. Hacemos una nueva prueba del minidrón.

Al llegar al desvío para bajar al río Moros vemos que han puesto un cierre que desde fuera parece inexpugnable. Como además hay un cartel que prohíbe expresamente la circulación en bici, decidimos darnos la vuelta y subir hasta la Camorca. Sin embargo, observamos a unos seteros al otro lado de la valla que al vernos dudar nos preguntan si todo va bien. Les decimos que queremos pasar la puerta; pero está cerrada. Nos sacan del error. Desde su parte se ve que se puede abrir sin problema y nos abren. Una breve conversación sobre las setas recolectadas y Alfredo ya ha desaparecido. Al llegar al río Moros saca el minidrón y hacemos pruebas de seguimiento para ver hasta que velocidad aguanta la persecución. Me quedo detrás y compruebo que alrededor de 30 km/h se planta en el sitio con desdén como diciendo: ATPC, ya no corro más. Le enseño mi mano amiga. Desciende mansa y dócilmente.

Esta época tiene algo especial. Ese olor a tierra mojada y el nuevo verdor en las plantas como un renacer primaveral, nos da un gran placer.

Con la humedad de los últimos días las setas proliferan casi tanto como los seteros. Se ven extraordinariamente enormes Macrolepiotas Proceras que no deben ser muy conocidas para el vulgar setero. Son excelentes comestibles y por un momento me dan ganas de coger algunas, pero son muy frágiles y en la mochila se van a hacer migas por lo que desisto. Las dejo en paz para que esporulen y así, en mejor ocasión pueda recoger o al menos volver a verlas. Eso si no las recolecta algún setero que las conozca.

Llegamos al final de la pista y comienza una dura cuesta, bastante técnica y muy pedregosa. Aquí es donde la e-bike demuestra su poderío. Coser y cantar. Donde con las MTB normales habríamos empujado un buen rato, vamos subiendo buscando la mejor trayectoria y sin echar el corazón por la boca. Las ruedas de 2,60, la doble suspensión con 140mm de recorrido y ese motor de 85 Nm hacen su trabajo. Nosotros ponemos el resto sin ese sufrimiento innecesario.

Cruzamos el puerto de El León sin tocar asfalto y por unas trialeras muy divertidas hasta enganchar con la pista que lleva a Los Molinos y en breve a Cercedilla.

Ya en el coche me pongo a limpiar la bici para quitar el poco barro que ha cogido y en un pispás Alfredo ya ha limpiado la suya, la ha metido en el coche, se ha cambiado de calzado y está listo para volver a casa. Es asombroso la rapidez con la que hace todo.

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Miraflores-Morcuera-Espartal-Pte-Vallito-Pto-Canencia y con suerte

Ruta realizada el Miércoles 18/09/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
42.9 km
1167 m
44 Km Distancia Madrid
4h11'
2h55'
Características Terreno Suelo normal (tierra con alguna piedra), 15% de trialeras, con un obstáculo, sin limitaciones de temperatura, 50 metros no ciclable

Participantes: Alfredo, Félix, Juanlu

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Temperatura media: 17.1
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Ruta de jueves que, por el maldito pronóstico de lluvia, adelantamos a miércoles. Además, había que terminarla rápido para que Félix pudiera llegar a tiempo, y en condiciones, al estreno de su clase de filosofía en la universidad.

Propuse la ruta pensando en una clásica «Miraflorada» con la extensión hacia la estación, pero cometí el primer error: me equivoqué de track y acabamos haciendo una machada con zonas de «peeling» para piernas, brazos y manos. Nada adecuado para mi «dentellada de tiburón», souvenir que me traje de Tarifa.

Desde el principio, la ruta parecía maldita. Yo, que siempre llego antes de la hora, esta vez me enfrenté al temido atasco de la M30 y, como era de esperar, llegué tarde, ¡10 minutos tarde! Para colmo, casi me dejo el bidón de agua, claro, es lo que pasa cuando no tocas la bici en tres meses.

Pero la odisea apenas comenzaba. A los 10 minutos de arrancar, ¡zas!, Félix rompe la cadena. Y sin el mecánico del grupo, pasamos 20 largos minutos intentando arreglar el desaguisado. Lo logramos… o eso creímos. Porque, 10 minutos después, la cadena se volvió a romper. Tras una reunión de «expertos», decidimos amputar dos eslabones, como si estuviéramos en una operación de emergencia. ¡Mano de santo! La cadena quedó impecable y pudimos continuar, aunque la sensación de que todo podía ir peor no nos abandonaba.

Fue entonces cuando me di cuenta de otro desastre: mi eslabón de enganche rápido era para la cadena antigua, de cuando la bici era solo muscular. ¡Necesito comprar uno nuevo y una tenaza para cerrarlo, porque claro, ninguno llevábamos!

Tras la segunda reparación, por fin comenzamos a rodar. Una hora más tarde de lo previsto, pero al menos estábamos en marcha. Subir la Morcuera con la eléctrica es una delicia. El camino estaba tranquilo, apenas nos cruzamos con un par de caballos que pastaban libremente bajo el sol de la sierra.

El día era perfecto, con el cielo despejado y el aire fresco. Apenas vimos un alma hasta llegar a Morcuera, donde hicimos una parada rápida para el clásico plátano y continuamos hacia Canencia.

Pero, como si el destino quisiera seguir riéndose de nosotros, decidimos desviarnos por un sendero alternativo hacia el Espartal. Allí nos encontramos otro grupo de caballos, y Juanlu, como si fuera un encantador de animales, se hizo amiguito de un potrillo que lo siguió fielmente hasta que su madre apareció para marcar límites.

Después de alcanzar el monolito, el verdadero calvario comenzó. Nos desviamos hacia el collado de la fuente y allí, entre jaras y matojos que desgarraban nuestras piernas y manos, luchamos por avanzar. Mi herida de tiburón, recién curada, seguramente estaría haciendo que mi médico se retorciera en su consulta. Y como si eso no fuera suficiente, perdimos a Juanlu. Gritamos el nombre de guerra, ¡JUANLUUUU!, pero nada. Ni un rastro. El teléfono, por supuesto, sin respuesta. Félix y yo solo esperábamos que llevara el GPS encendido porque el lugar era un verdadero laberinto.

Finalmente, llegamos a un sendero que nos llevó a la carretera de Canencia. Para la próxima, será mejor seguir por la pista pasada el monolito y evitar el castigo de los matojos. Ahí volvimos a llamar a Juanlu y esta vez contestó. ¡Milagro! Resultó que estaba apenas un kilómetro detrás. Nos reunimos en el puerto de Canencia, él en modo turbo y nosotros en modo eco. La táctica funcionó: cinco minutos después, Juanlu aparecía.

El tiempo se nos había echado encima y Félix ya estaba casi corriendo hacia su clase. Bajamos a Miraflores por la carretera a toda velocidad, con la idea de comer algo rápido en Soto, en La Perola. Pero como si la maldición del día no hubiera terminado, ¡estaba cerrado! Claro, era miércoles. Buscamos otro sitio, pero todo el pueblo parecía haberse puesto de acuerdo para cerrar sus puertas ese día.

Sin más opciones, cancelamos la comida y cada uno se fue a su casa con hambre y cansancio.

P.D. He usado ChatGPT para añadir dramatismo a la crónica.

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Aguilar de Campoo y Senda de Ursi

Ruta realizada el Jueves 30/05/2024

Dificultad Física
Dificultad Técnica
46 km
913 m
269 Km Distancia Madrid
4h16'
3h16'
Características Terreno Suelo arcilloso (problemático con lluvia), 15% de trialeras, con tres o mas obstáculos, no adecuado para temperaturas altas, con algunas fincas privadas, zona de fotografía interesante, muchas puertas

Participantes: Alfredo, Domingo, Félix

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Temperatura media: 22.1
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Hoy quedamos unos minutos antes para preparar el desplazamiento hasta Aguilar de Campoo. Tenemos que cargar las bicis y las maletas antes del copioso desayuno, que como todos los días es a las 8:30. Hace frío. El día se ha levantado nublado y llovizneando. Menos mal que salimos a hacer la cuarta y última ruta hacia el sur donde esperamos mejor tiempo. Hemos tenido una suerte inmensa con el tiempo, porque lo habitual en el PN de Saja-Besaya es nublado y lluvia. Este año además llevan todo el mes de Mayo lloviendo, tal como nos comentó la camarera de La Montañesa en Los Tojos. Por eso está tan exuberante (la zona).

Pagamos el alojamiento y nos despedimos de dueña de La Colodra que resulta ser una madrileña del barrio de Canillejas afincada en Los Tojos desde hace 17 años. Curiosamente estuvimos trabajando en el el mismo edificio de la calle San Romualdo, 26 durante el mismo periodo aunque en distintas empresas. El alojamiento es majo. Por 59 euros la habitación sencilla y sin alaracas, pero tranquila y limpia. Los desayunos abundantes y variados. Más que suficiente para unos sufridos espartanos como nosotros.

Tomamos la carretera con algo de lluvia fina y no es hasta que salimos de Cantabria cuando empezamos a perder de vista los nubarrones y a ver cielo azul. Aguilar de Campoo es un señor pueblo de Palencia. Es «el pueblo de las galletas». El de las marías de Fontaneda de nuestra infancia que ahora es del Grupo Gullón. Nada menos que 2000 habitantes de los 7000, viven de las galletas que aquí se fabrican.

Dejamos los coches en la puerta del restaurante que Alfredo con gran criterio ha elegido para despedirnos de este viaje. Se trata del Restaurante Posada Santa María la Real. La ruta empieza llaneando por caminos arcillosos que nos mosquean cuando atravesamos charcos que casi siempre somos capaces de bordear. Un largo pinar se alterna con fincas de labor antes de llegar a un aeródromo de ultraligeros (según nos explica Domingo) en Cillamayor. Poco después llegamos a Villabellaco, vaya nombre, donde hay un museo de Herminio Revilla que si hubiésemos tenido tiempo quizás habríamos visitado, si bien es cierto que es un arte que no nos ofrece mucho interés por lo poco que se divisa en la puerta y a través de la valla.

Aquí empezamos a subir y a justificar a las e-Bikes pues comienza la Senda de Ursi. Para llegar al Mirador de la Umbría tenemos que empujar las pesadas máquinas por la escalinata que lo precede. Allí nos encontramos a dos matrimonios de nuestra edad con los que entablamos una breve conversación y nos hacen unas fotos antes de sacar el dron para inmortalizar las vistas.

Seguimos el camino ignorando las supuestas obras de arte que salpican los robledales. A mí esta moda de los últimos 25 o 30 años no me agrada. Generalmente son patochadas del «artista local» carentes de encanto y dudoso gusto que ensucia un entorno natural de mucha belleza rompiendo la armonía y la ilusión de estar en zonas donde la mano del sapiens apenas se aprecia.

En estas que llegamos a Valle de Santullán otro pueblo sin más, donde siguiendo un camino parcialmente embarrado ascendemos hasta el Mirador de San Julián, un espléndido lugar donde sacar de nuevo a Retortijón por última vez para grabar una imágenes muy bonitas.

A partir de aquí es todo bajada, pero no quiere decir que empiece lo fácil. Un sendero boscoso de robles con trampas cenagosas nos espera. Las pisadas de las vacas baten el barrizal y sólo gracias a la potencia de las e-Bikes conseguimos a duras penas no caer en las arenas movedizas.

Salimos finalmente del cenagal para encaminarnos a los manglares. El track recorre la orilla del embalse de Aguilar de Campoo. El problema es que este año está muy crecido y en varias ocasiones el sendero va varios metros dentro del agua. No es que nos dé miedo mojarnos, es que no hemos traído la escafandra.

Alfredo hace oídos sordos, a las indicaciones de Domingo que va buscando alternativas. El caso es que su intuición acierta y nos saca entre matojos y árboles caídos hasta un ansiado camino despejado donde vemos la posibilidad de llegar a comer y no a merendar. El restaurante lo ha reservado a las 14:00 y nos mete presión con su habitual grito «Ankawa» cuando la putansia le hace cosquillas en el estómago. Sin embargo, ya son las 15:05 cuando llegamos a la presa que está soltando agua sobre el Pisuerga.

Tras la fotos de rigor, llegamos al restaurante. Nos adecentamos y preguntamos si aún nos dan de comer. No hay nadie y ya pensaban que hoy no daban ni un menú. Comemos unas magníficas lentejas de primero mientras vigilamos las bicis que Domingo ha atado a un árbol del jardín. Eso de estar en un restaurante y que el servicio sea para nosotros sólo es algo que me pone, y más aún que los manteles sean de hilo.

A las 16:30 salimos del local para limpiar y cargar las ensuciadas bicis. Este viaje se acaba, pero pronto diseñaremos otro para el otoño.

Ya sólo nos queda ver como el Real Madrid gana la 15 Champions.

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