Hoy vamos de grupo pequeño y es que Jesús anda
trabajando, Juan de mudanza, Ángel de vago y a Alfredo no le toca. Ellos se lo
pierden, porque nos ha salido un día magnífico, cerca de 20ºC y una luz que
molesta a los ojos.
A pesar de que Julito llega tarde, nos presentamos
todos allí antes de la hora prevista y en un momento estamos listos. Félix
estrena guardabarros y yo camiseta, aunque no sea más.
¿A que no sabéis como empezamos? Efectivamente,
cuesta arriba, pero muy cuesta arriba. Se sale del pueblo de Somosierra por una
pista a la derecha de la antigua carretera nacional, sobre la que han tenido
que echar hormigón en algunos tramos, para que no sea más barranco que pista.
No se trata de una rampita, no es un repecho, es una jodida cuesta que nos
lleva de 1.440m. a 1700 de altitud en 2 kilómetros, con desniveles desiguales
que deben superar el 20% en algún punto. Aún con el 1:1, doy un máximo de 176
pulsaciones, saliendo en frío y Julio tiene un amago de arcada por el ácido
láctico y se le cara blanca como el culo de Blancanieves.
Eso sí, en cuanto empalmamos con la pista que faldea por encima del 1.700, el camino se vuelve muy cómo, con buenas, llaneando o bajando un poco incluso, alrededor de La Cebollera Nueva ¡vaya nombre para un pico! La vegetación es principalmente de matorral, aunque también atravesamos un pinar de explotación maderera. Las vistas sobre el valle quedan un poco ensombrecidas por la autopista que hay al fondo y por el ruido que produce, que a pesar de la distancia, nos acompaña durante gran parte del camino ¡para que luego digan que no hay impacto ambiental.
A la vuelta de una curva nos encontramos con dos
buitres sobre una piedra, que levantan el vuelo a muy poca distancia de
nosotros. Parecen los buitres andaluces de El Libro de la Selva, con su acento
andaluz y cubano.
El llaneo termina en el arroyo de La Garita, que
empina la pista hasta casi 1.800m, en el cruce con la que va al collado del
Mosquito. Nos esperábamos un repecho peor.
Empezamos la bajada hacia Horcajuelo, por una pista
que cada vez es más bonita, porque empieza a aumentar la vegetación hasta
discurrir junto a unos robles de buen porte, en el segundo cruce con el arroyo
de La Garita. Vamos deprisa y en una de las zanjas tengo un sustillo, porque
estoy haciendo la bajada con una cala que no encaja bien y en un amago de salto
me quedo un poco de medio lado. Creo que Julio también ha hecho una filigrana
parecida.
En los 1.200m, antes de llegar al pueblo, giramos a
la derecha y nos ponemos de nuevo cuesta arriba. Es una pendiente bastante
fuerte, que nos lleva otra vez a los 1.500m y llegamos ya curraditos. Aprieta
el sol a pesar de la fecha y nos sobra el pantalón largo, los guantes y todo el
pertrecho de invierno.
Afortunadamente ya viene la bajada, en dirección a
la autovía, por una ladera frondosa y con ejemplares de acebo y roble de buen
tamaño.
En la salida a la autovía, cruzando en dirección a
Robregordo, nos encontramos con tres excursionistas, que están perdidas. Les
regalamos el plano y seguimos ruta hacia los acebos. A estas alturas ya tenemos
decidido que no vamos a subir hasta la horizontal, como teníamos previsto,
incluso yo propongo perdonar los acebos e ir directamente a Somosierra, pero la
verdad es que, después de estar aquí, da pena perdérselo.
Otra tiradita hasta el bosque de acebos y un pequeño paseo por su interior para disfrutar de zonas umbrías, junto a explanadas de luz cegadora, canto de pájaros, junto al ruido de la autovía.
Muy bonito, muy bucólico, pero vámonos que se está haciendo tardísimo. Félix se queda un poco más, para seguir recorriendo el parque, pero Miguel, Julio y yo nos vamos al coche, donde llegamos con 40 kilómetros recorridos y muchos más cansados de lo que cabría esperar para esta etapa.
Hemos previsto una ruta de día entero, que hace mucho que no lo
hacemos y para eso tenemos tres días de fin de semana.
La opción ha sido una ruta por la cara norte de Navafría, antes de que
haga todavía más frío del que ya hace.
Quedamos a las 8:30h en el puerto. No es mucho madrugar, pues el
cambio de hora nos ha dado un cierto margen.
Salimos bien abrigados a coger el camino que sale a al izquierda de la
carretera. Ya hemos estado otras veces por aquí y la primera parte es muy
conocida. Vamos todos animados y con ganas de broma. Tenemos todo un día por
delante. La primera parada es en el mirador, que con la niebla del valle no
deja ver nada, pero es igual, aprovechamos para echar un trago de vino de la
bota de Jesús. Aquí ya pisamos algunos restos de nieve sobre la terraza del
refugio.
Jesús, lleva una bota de vino bueno
Enseguida empezamos la subida que no es demasiado dura hasta que nos
metemos de lleno en la nieve. Rodamos sobre nieve virgen durante un buen rato y
acabamos pisándola, porque llega un momento que no hay quien de pedales.
Coronamos un 2000 y paramos un poco, pero enseguida empezamos a notar frío y
hay que empezar la bajada sin demora. Bajar sobre nieve da incierto respeto,
pero siempre hay quien se tira a saco y Alfredo y Jesús no lo dudan. Hay algún
susto y algún derrape, pero sin consecuencias.
Después de bajar un rato, volvemos a coger altura y nos metemos otra
vez en nieve. Ya nos ha chispeado un poco y vamos llevando el culo mojado. El
valle está precioso y la sensación de humedad le hace más bonito que en verano.
Otra vez estamos pisando nieve en la segunda subida que, aunque no es tan dura
como la primera, va pasando factura.
Ahora si que si, la bajada es larga, muy larga, tanto que nos saltamos la pista que teníamos pensado coger y le quitamos a la ruta casi 10 kilómetros.
Ojo al termo que llevaba Félix
Nos damos cuenta abajo, pero ya no nos quedan ganas de volver a subir, así que bajamos más todavía hasta situarnos por debajo del pueblo de Navafría, al que entramos por carretera. Ya que estamos aquí, reservamos para comer en el restaurante y seguimos camino hacia El Chorro.
Al llegar nos sorprende que hay mucha gente en la zona para lo malo que ésta el día. Pronto vemos la razón, están en el parque que han hecho con pasarelas y tirolinas, aquél al que hicimos intención de ir en verano con la familia, pero que nos pareció un poco caro. Damos el paseíto que falta hasta la cascada y allí nos comemos unos bocatas.
Julio y Miguel demostraban poca pericia con la bota de vino
Al iniciar de nuevo el camino notamos el frío en el cuerpo y no empezamos a reaccionar hasta que se inicia la subida del puerto. Este puerto ya nos va sobrando a todos y hay quién insinúa que estaría dispuesto a esperar en el pueblo a que bajáramos a buscarle, pero todos entendemos que es en broma y apretamos el culo y tiramos para arriba.
En la subida se pone a llover, para hacerlo más entretenido. Como
vamos justitos de fuerzas, vamos bastante lentos, unos más que otros. Incluso
hay algún conato de calambre.
Antes llevábamos guardabarros, pero no valen de nada en estas circunstancias
Para cerrar el día, a los que vamos detrás nos cae una buena granizada
cuando estamos a punto de llegar al coche.
Finalmente llegamos y nos cambiamos de ropa ¡que gusto! Nos vamos a comer al pueblo y pasamos un buen rato alrededor de las fuentes de cordero y cochinillo. A todos nos saben a poco, la comida, que de ruta hemos ido sobrados.
Son las 8:30 y esto es Rascafría, así que hemos llegado. En poco tiempo estamos todos y empezamos los preparativos. Esto se parece cada vez más a la caravana de Marco Polo: ¡He pinchado! (el Glober, cómo no), ¿quién tiene una bomba grande? (Santi, siempre en busca de aires), ¡me roza el freno! (joder Félix, debes tener el freno irritado)… Una vez puesto en orden el material que traemos, discutimos sobre el que no traemos: -yo no he puesto el guardabarros… -pues hay muchos modelos… -a mi me gusta el que es articulado… -ten cuidado al ponerlo en una doble…
Ya casi estamos listos, solo falta echar un vistazo al pedazo cardio que se ha comprado Alfredo y la cámara de fotos de estreno Powershot S70 de Canon. Cogemos agua y nos vamos.
Abandonamos el pueblo al segundo intento, pasando junto a la iglesia, luego la calle de adoquines y después el campo de fútbol, para coger la pista de ascenso al puerto. Enseguida hay que quitarse ropa y quedarse en manga corta.
Como mola la subida al Calderuelas, es ligerita, con buen firme, ni muy plana ni muy empinada, con unas vistas sobre el pantano que son una maravilla. Yo creo que hasta las vacas son de buena familia. Vemos una víbora, que estaba aprovechando los primeros calores del sol en mitad de la pista. Son pequeñajas y flacuchas, pero con mala leche… La dejamos ir tranquila, que ya debe estar buscando refugio donde hibernar.
Los corrales
Subimos a buen
ritmo, pero nos permite incluso hablar un poco. Paramos en los corrales para el
primer avituallamiento y reagrupar el
pelotón.
Nuevo empujón hasta la los corrales de más arriba, ya cambiando de sentido y enfilando la pista de bajada. Lo que pasa es que no hemos llegado a los 2000 m. Se ve que lo que es el puerto queda un poquito más alto y no queremos quedarnos con las ganas de ver la otra vertiente de la sierra, así que vuelta y subimos más. Aun así, el gps no llega a marcar los 2000 m, pero se queda lo bastante cerca como para que lo demos por bueno.
La pista de bajada es muy buena y muy rápida –para algunos- pero el firme está seco y resbala cantidad, a poco que fuerces el freno tienes derrapes de lo más aparentes y vamos dejando una nube de polvo a nuestro paso. Aprovecho para comprobar que en estas circunstancias, es mucho más seguro y eficaz el freno delantero que el trasero, aunque de más miedo.
En el tramo
horizontal de la pista que sube paralelo al Lozoya vemos un par de fuentes con
mucho agua y cruzamos también algún arroyo. Contrasta ver este paisaje en el
momento más seco del año, con la abundancia que hay de agua. Estoy deseando que
caigan las primeras lluvias, para verlo más fresco y con color de otoño.
Fuente para el avituallamiento
Hasta las Peñas del Diablo, todo fácil. Luego más bajada todavía, que nos situamos prácticamente sobre El Paular y no debe haber más de 1300 m de altura. Lo malo empieza después, cuando hay que cambiar de pista e iniciar otra vez el ascenso hasta la Sillada.
Estas cuestas ya no son como las de Calderuelas. Aquí las rampas exigen plato pequeño y el firme hace perder tracción con facilidad. Nos desgastamos bastante en el ascenso. Parece que no se acaba nunca, tras cada curva una nueva rampa igual que la anterior, pero que te coge más desgastado. La variedad de vegetación está muy bien, aunque casi no podemos mirarla. Hemos vista los acebos con el fruto maduro, un día de éstos tenemos que acercarnos a ver los de la Fuente de la Reina.
Por fin se
termina el asunto y vamos llegando todos al punto de reagrupamiento. Debemos
estar prácticamente a la altura de Cotos.
Mientras
descansamos y nos comemos las últimas provisiones, pasan una manada de
caminantes cuesta abajo que van zurraditos. La imagen asemeja a los rebaños de
ñus que cruzan el Serengueti, cansados, sudorosos, con gran predominio de
hembras sobre los machos, y éstas igual de atractivas que sus compañeras
africanas.
Helechos en el pinar
Como ya lo hemos
subido todo, solo nos falta el retorno. Bajamos por un sendero hasta salir a la
carretera. Aquí es donde nos separamos. A pesar de que han renunciado a subir
el puerto de Cotos, como algunos osados pretendían en un principio, yo me
vuelvo por carretera, que se me va haciendo tarde. Es una lástima, porque lo
que falta es el camino junto al río, donde se disfruta un montón con poco
esfuerzo.
Vuelta al cole.
Esto se va calentando y hemos recuperado hasta a Angel, que ha hecho un papel
magnífico. O no hemos mejorado tanto, o éste ha estado entrenando a escondidas.
Lo que sí que mantenemos todos son las ganas de cachondeo desde la salida hasta
la llegada.
A las ocho de la
mañana quedamos en Miraflores y poco después ya estamos en marcha, según Juan
como si fuéramos una excursión de Mamut, (no sabemos a quién hace alusión)
La subida a la
Morcuera por pista es tan conocida, que no admite comentarios. La hacemos
ligeritos, pero sin forzarnos. Solo Julio y Juan tienen un rato de acelerón,
porque se han quedado atrás al principio y quieren unirse al grupo de cabeza.
Jesús hace toda la subida con Félix, para dejar claro que ya no está dispuesto
a ir a remolque, que si hay que subir se sube y si la tripa pesa, los cojones
mandan.
Al coger el
asfalto coincidimos con alguno que sube en bici de carretera y Félix se pone a
su lado para gritar al resto que eso de que las bicis de carretera suben mejor
no es cierto ¡haciendo amigos!
Al cruzar puerto se ve mucha gente mirando a la Najarra. Hay un equipo de Cruz Roja y Guardia Civil. Posiblemente se trate de una carrera de esas que hacen por toda la Cuerda Larga. Está bien que seamos conscientes de nuestro nivel y de que los hay que van más alto y con pruebas más duras.
Nos reagrupamos
en la fuente del Cossio, que ya no lleva agua, con lo que a partir de aquí hay
que racionar un poco la que llevamos. Julio ya aprovecha para lanzar el primer
puyazo a Jesús: … yo estaba esperando a
alguien que no llegaba… Seguimos a la Majada del Cojo y la pista ascendente
que nos lleva a El Espartal. Hace tiempo que no subo y en los últimos tramos el
camino está más cerrado de pinos pequeños, se ve que no tiene mucho tráfico.
Los gorditos en medio
La vista desde el
vértice geodésico es estupenda. Se divisan los pueblos del Valle de Lozoya y
los pantanos de Pinilla y Riosequillo.
Desde aquí
tenemos que buscar el camino que baja faldeando hacia Canencia, claro que,
primero hay que pasar las bicis por una alambrada (Félix por dos) que delimita
los términos municipales que coinciden en el pico. El camino se hace de rogar,
con lo que acabamos campo traviesa, un poco empujando la bici y otro poco
subidos. Cuando ya conseguimos coger la pista de bajada, disfrutamos un montón
en un camino pedregoso, por dentro de un robledal, que acaba sacándonos a la
carretera de Canencia.
La subida al alto
de Canencia podíamos haberla hecho por la Cabeza de la Braña o por el camino
del Abedular, pero finalmente la hacemos por carretera. Como tampoco lo
conocemos, por una vez vale…
Coronamos Canencia con pocos kilómetros recorridos, pero con bastante desnivel. Miguel llega con cara de cansado, Julio se queja de las piernas, porque salió ayer, Jesús ha tenido que suspender las bravatas y Angel ha resistido el envite.
Desde aquí ya solo queda bajada. Unos eligen la trialera de Bustarviejo, que sale a la estación de Miraflores y otros nos tiramos por carretera, bien sea por la hora, el cansancio o el miedo a caerse (categoría en la que me incluyo).
En la bajada
vamos deprisita, primero tiran los que saben y cuando la cosa llanea, aprietan
los que pueden. Julio y yo tenemos nuestro pique de rigor dando pedales a tope.
Me pasa a traición y sin avisar, pero cosigo recuperarme y llegar delante al
coche, pasándole también a traición dentro del pueblo.
Al final hemos
pasado una mañana estupenda, tan divertida por el recorrido, como por las
bromas y los piques ¡Ah! y algunos no nos hemos caído…
Empezamos a las
8h. en Cercedilla. Hoy recogemos a Julio de sus vacaciones en la playa, donde
dice que no ha usado la bici más que para los recados, aunque no ha perdido
forma en absoluto, va igual que antes, puede que sufra un poco más. Jesús se
une desde su retiro en Talamanca, buscando el fresco y huyendo de los tábanos
que nos acribillaban la semana pasada.
Empezamos por el
camino Puricheli, como de costumbre, con sus piedras y sus rampas. La primera
parte es muy desigual y vamos desagrupados, con tirones y paradas, estamos con
el fine tunning que diría un guiri.
Cuando cogemos la pista en el hospital, el ritmo se normaliza y empezamos la
subida continua y suave. Jesús va mejor que la semana pasada y se ilusiona,
incluso en algún punto aprieta a tope y se pone por delante. Está claro que el
coco hace la mayor parte del esfuerzo, las piernas sólo le siguen y el corazón
es el que lo sufre en silencio.
Ya bien mediada la subida, Julio y yo apretamos duro con nuestro pique de rigor. Esta vez las paso putas, porque no es lo mismo darle un tirón rápido de 200 metros, que aguantarle su ritmo con el aliento en el cogote. Al final llegamos juntos y con la lengua fuera al Mirador del Poeta. Aquí esperamos a Jesús y comemos algo.
Seguimos subiendo
ya más tranquilos, recreándonos en el paisaje, que está con nubes por encima y
por debajo de nosotros, nos asomamos en cada mirador y disfrutamos de paseo. En
un momento nos piden paso a toque de pito una tropa de globeros, todos vestidos
iguales y que se creen que van muy fuertes. Tengo que sujetar a Julio para que
no se pique y les pase por encima. La verdad es que, para el tramo de subida
que nos quedaba, podíamos haberles puesto las pilas sin despeinarnos, pero
Julio no se conforma con saberlo, le hubiera gustado demostrarlo.
No paramos en el
puerto, porque vamos frescos y apetece seguir hacia el collado Marichiva.
Repostamos agua en el pilón que hay de camino y seguimos.
En la bajada por
el pedregal, Jesús lo hace casi todo el camino si poner el pie, Julio baja en
plan patinete y yo me quedo el último con mucha parsimonia. Cogemos la pista
hacia la derecha, que es un poco más largo, pero creo que tiene mejores
perspectivas.
Ya avanzado el
recorrido por pista nos encontramos con el guarda forestal, que nos pregunta de
dónde venimos y adónde vamos –filosofía pura- Salimos del paso diciendo que
vamos hacia el puerto de Los Leones y nos deja continuar, indicando que está
prohibido acceder a esta parte del valle durante los tres meses de verano.
El tiempo amenaza
lluvia, incluso nos caen algunas gotas. En la bajada pasamos frío, lo que
contrasta con el bochornazo madrileño.
Salimos del valle
por donde dijimos al guarda que lo haríamos, después de haber disfrutado del
paraje casi en solitario, porque vemos a otro pollo que también se ha colado y
a un jubilado paseando un perrito por encima del muro del estanque.
Llagamos a la
N-VI y tenemos que subir un rato por asfalto. Aquí salimos otra vez Julito y yo
a por todas, pero cuando le voy echando el aliento en el cogote, esperando que
reviente de un momento a otro, me dice que si esperamos a Jesús, que no es
bueno subir separados por carretera ¡ese truco también me lo sé yo! Lo que pasa
es que le acepto la propuesta, no sea que me ponga chulo y encima me gane.
Enseguida dejamos
el asfalto y cogemos la pista que faldea hasta Los Molinos. Paramos un poco a
descansar y nos la hacemos seguidita.
Otra vez me pongo vago y me quedo atrás. Julio se emociona en la bajada
de piedras y va rápido, eso dice él, que yo llegué más tarde y no lo vi.
Un poco más de
camino y llegamos a Cercedilla antes de la una. Se nota un montón el ir poca
gente, porque esta es una de las rutas típicas de entretenerse y llegar a casa
tarde.
Tomamos un par de
cañas frente a la estación y rematamos una jornada veraniega más. Con esto me
despido del grupo por una temporada, porque ahora al que le toca desconectar es
a mí.
Esta semana cambiamos de tercio. Julito se ha ido a Altea y Jesús se apunta (la semana pasada quedó con los del gimnasio), Juan está pasando el mes en la playa, Miguel anda mariconeando y Alfredo mariacheando (es que se ha ido a México), Félix sigue en Huelva. Esto del verano no es serio, vamos a tener que hacer un cuadro de vacaciones que asegure el equipo ¿os imagináis algo así en el Kelme, en pleno Tour?
Hemos quedado a las 8:30h en Lozoya, ya que queda un
poco más lejos que la semana pasada. Nos ponemos en marcha hacia Navarredonda,
con unas subiditas que nos hacen entrar en calor enseguida. Es un aperitivo,
pero los 200metros de desnivel que superamos nos van desbravando. Salimos a
carretera y nos dejamos caer a San Mamés. A media bajada nos cruzamos con un
viejo con su perro. Es un mastín, que va suelto y se me arranca de cerca. No es
más que el susto, pero que poquita gracia me hacen estas cosas.
Llegamos a San Mamés y seguimos bajando hacia
Villavieja de Lozoya ¿No estamos bajando mucho? –dice Jesús- que todavía no se
le ha olvidado el repecho a Navarredonda.
Desde Villavieja sale la pista que asciende a la sierra por la falda de la montaña. Primero pasa por una colonia de casas con buen aspecto, amplias, de calidad alguna de ellas, sin masificar. Abandonamos la urbanización y seguimos subiendo hasta cruzar sobre la vía del tren. No está mal esta pista, es una buena variante que discurre por zona de roble, aunque no son ejemplares de mucho porte. Pasamos junto a un depósito del CYII y seguimos subiendo –craso error- internándonos en el barranco poco a poco. Cuando comprobamos que la falda de monte que llevamos a la izquierda no permitirá un paso fácil, comprobamos el mapa y nos volvemos a buscar la pista buena. Una subidita “de gratis”, ya nos ha pasado otras veces. Efectivamente, la pista buena salía junto al depósito y nos lleva faldeando hasta el camino normal de San Mamés.
Ya en la pista principal afrontamos unas rampas
durillas, que bajo el sol lo parecen más. Nos cuesta llegar hasta la casa
forestal donde empieza el bosque. El camino es ahora un poco más suave y
sombreado, hasta enlazar con el sendero que va al Chorro.
Chorrera de San Mamés
Llegamos al Chorro andando y dejamos las monturas
por el camino, hartos de cargar con ellas al hombro. Todavía baja agua, muy
fría, pero no es como en primavera. Con todo, no está mal. Unas fotos y
seguimos ruta.
Santi y Pepe
Ahora si que empieza lo bueno. Ya vamos zurrados y
hay que subir todavía hasta los 1800 metros. Alguna de las rampas es criminal y
nos hace emplearnos a fondo con el plato pequeño. Cuando crees que estás a la
altura de la Horizontal, el camino sigue subiendo y hay que apretar el culo.
Por fin coronamos y encontramos la pista que baja a
Lozoya. Una pendiente importante que pasa del pinar al robledal en un momento.
Nos embalamos (unos más que otros) y nos saltamos el desvío bueno, con lo que
acabamos en carretera a 5 kilómetros del pueblo. Ya no es cuestión de volverse,
así que nos dejamos caer hasta el coche, llegando pasada la 1:30h.
Pensábamos que la ruta iba a ser más suave que la de
la semana pasada, pero al final no tiene nada que envidiar. El desnivel
acumulado es, al menos, el mismo. A ver si la semana que viene nos la tomamos
más tranquilita.
Estamos de verano y nos puede la pereza. Llevo sin
salir desde que estuvimos en Asturias (a ver si escribo la crónica) y ya va
siendo hora de volver a la acción.
Tenemos la tropa disgregada, así que salimos solos Julito, Santi y yo. Santi llamó con ganas de estrenar su super-Mérida en la montaña y la verdad, es un bicicletón de cojones. Todo acabado en XT y el resto de componentes –sillín, tija, cubiertas…- no desmerecen en absoluto. Lástima esos frenos de zapata, que ya no se llevan.
Hemos quedado a las 8h. en el aparcamiento de
Majavilán, en Cercedilla, por aquello de ahorrarnos el camino Puricheli y hacer
la ruta un poco más corta.
Empezamos la subida con la fresca. Santi y Julito
arrancan con ritmo fuerte y mis piernas se quejan. No en vano llevo tres
semanas sin montar.
Subimos solos y con el ambiente fresco, incluso
pasamos frío hasta bien iniciado el ascenso. Poco a poco voy cogiendo el tono y
ya sufro menos, aunque sigo yendo detrás.
En mitad del camino vemos una salamandra de esas
negras y amarillas, como las que aparecían en nuestro libro de ciencias de
cuando éramos pequeños. Es la primera que veo fuera del papel impreso. Seguro
que están muy protegidas. Es un bicho pequeños, de unos 5 centímetros, y está
como amodorrada. La cogemos con cuidado y la dejamos a un lado del camino, a
ver si se espabila.
Seguimos subiendo en grupo, hasta coronar la
Fuenfría con el pique de rigor poco antes del final (gano yo). Continuamos
camino a la Fuente de La Reina, todavía sin gente. Cogemos agua y continuamos
ruta hacia la zona de los acebos. Un poco de duda al cruzar los arroyos, como
siempre, y un buen apretón de riñones para superar las rampas que siguen al arroyo.
El paraje sigue solitario y maravilloso. Santi alucina y le hacemos prometer
que no se lo va a enseñar a nadie.
Tras la bajada empinada que nos deja en la
carretera, ya aprieta el sol. Hay que empezar a dar pedales iniciando la
vuelta.
Santi y Julito siguen delante dando pedales y yo
chupando rueda bastante detrás. Se ve que son tíos con espíritu deportivo y que
además están fuertes. La subida de Matabueyes nos desgasta bastante al
principio, luego ya entre pinos la pendiente se suaviza y nos reagrupamos. Un
poco antes de llegar a la fuente, le hago una seña a Santi y supero a Julito
que va delante ¡por supuesto que entra al trapo! Pero demasiado tarde. Ya no me
coge y le marco el 2 – 0 Hay que joderse que cabrón soy y como me aprovecho en
el último momento.
Descansamos un momento en la fuente, que ahora
parece una romería, antes de enfrentarnos a la subida pedregosa que nos queda
para coronar nuestra última cima de hoy. Esta vez Julio no perdona y sale a
muerte desde el primer momento, Santi le sigue a ritmo y yo me quedo descolgado
un buen rato. Al cabo de 1 kilómetro, me aburro de restregar el culo por los
cascotes y decido meter caña, pero ya están muy lejos. A pesar de emplearme a
tope, solo consigo remontar hasta ver llegar a Santi 200 metros por delante y a
Julio sentado arriba esperando ¡qué lástima! Si hubiera dado la batalla desde
el principio, seguro que habíamos pasado un buen rato (o malo) y gane quien
gane tendríamos unas risas al final.
Bajamos la Fuenfría sin dar pedales –yo el último- y
llegamos al coche poco antes de la una. Nos tomamos una caña y a casa, a comer
a buena hora.
Nos queda la última. Después de varias
consideraciones, rechazamos las rutas serias que nos habíamos marcado, pasamos
del mítico Angliru y nos vamos a hacer la Senda del Oso. No se si más por
acabar pronto, evitar sufrimiento o encaminarnos hacia el pote de castañas que
nos vamos a comer.
Desayunamos en Pola, recogemos los
bártulos y hacemos cuentas con el Dioni. Finalmente, lo de la rusa no pudo ser
¡ella se lo pierde! No se como puede andar perdiendo el tiempo con ese maromo
joven y cachas en compañía de quien la vimos, en lugar de nuestro tipo maduro y
carpetovetónico. Estas mujeres del Este no hay quien las entienda.
Como decía, con todo cargado en el
coche y vestidos de colorines, nos vamos hacia San Martín para rematar la
excursión.
Aparcamos en el mismo pueblo y empezamos
tranquilos. El día esta despejado y fresco y salimos con el Wind-stopper
puesto. Enseguida cogemos la senda, que es un camino asfaltado, con muy poco
desnivel, que aprovecha el trazado de un antiguo ferrocarril como ruta
turística de tipo familiar. Una vez más, nos damos cuenta de lo que mola hacer
la ruta un martes de primavera, en lugar de un domingo de verano. Tenemos para
nosotros solos un bosque de ribera que discurre junto al río Teverga, casi
siempre encajonado en un desfiladero. Hay gran variedad de árboles, nosotros
solo conocemos algunos. Aunque poca, la pendiente es suficiente para hacer
kilómetros y kilómetros sin dar pedales, por la sombra húmeda del bosque y con
una temperatura fresquita. Lo que empezó como fresco agradable se convierte en frío,
bastante frío, a veces mucho.
El camino nos lleva por túneles
estrechos excavados en roca, algunos con algo de luz, otros no. La sensación de
pedalear por un túnel oscuro es extraña, ya que no ves dónde apoyas ni qué
tienes cerca, solo un punto de referencia, que es la salida en el lado opuesto.
Las paredes oscuras tienen algo que te atrae y tienes que poner atención para
no irte hacia ellas. A veces quisieras pedalear a tope y en línea recta hacia
la salida, para volver a tener referencias reales cuanto antes, otras sientes
la necesidad de ir más y más despacio, para tratar de encontrar a tu alrededor
esas referencias que la falta de luz te niega.
Los intervalos entre túneles a veces te
ofrecen balcones al desfiladero, directamente sobre el río o con perspectivas
de las curvas del camino. Estamos disfrutando de lo lindo, lástima que no
hiciera un poco más de calor. Otra buena opción hubiera sido hacer el recorrido
en sentido contrario, pedaleando río arriba, con lo que el leve desnivel a
superar serviría para desentumecer los músculos.
Pasamos por Entragu y por Las Ventas, pero no nos enteramos, porque vamos pendientes del paisaje natural y no del urbano. Pasamos también junto al pequeño embalse de Oliz y el sitio en el que se supone que están encerradas las osas que encontraron de cachorros en el monte, pero no podemos verlas, porque coincide con un tramo que está en obras y nos hace salir de la senda.
Sin darnos prácticamente cuenta, llegamos a Caranca de Abajo, donde el Teverga se une al río Trubia. Creo que es aquí donde nos despistamos un poco y en lugar de seguir el curso del Trubia hacia Proaza, nos vamos a la derecha, en dirección Bárzana. El camino es del mismo tipo, solo que ahora el desfiladero se abre en un valle más amplio, que permite cultivo de huerta y áreas recreativas. Nosotros seguimos parando y haciendo fotos ilusionados.
Al ver que la senda no se acaba nunca y
que ya hemos llegado a los 25 kilómetros, nos damos la vuelta e iniciamos el
ascenso del río. El desnivel es poco, pero ahora damos pedales por donde antes
nos dejábamos caer.
Durante el camino de vuelta Félix
recoge hojas de todos los tipos de árboles que encontramos, con lo que nos
vamos parando a cada paso, yo creo que con la intención de eludir ese final de
excursión que se nos echa encima.
Llegamos al coche y cargamos la bicis para irnos a comer a Bárzana, que este hombre está emperrado con el pote de castañas desde que empezó a planear la ruta. Comemos el pote en Casa Jamallo, un restaurante típico, bien presentado y con encanto. El plato no es tan suave como prometía, sino un guiso que une las calorías de las castañas al picante del chorizo y la morcilla asturianos, es calificable como plato de invierno, de carácter reconstituyente, para estómagos con doble forro. Además del pote, tomamos carne y postre, con lo que iniciamos el viaje de vuelta con la tripita bien llena, para que no nos lleve el aire.
Pepe con cara de cansado y de haberse comido el pote de castañas con mucha sidriña
El viaje es tan tranquilo como la ida eso sí, con menos ilusión. Nos hemos comido nuestro permiso de solteros un año más. Al menos, podemos decir que le hemos sacado un buen partido y que siguen en vigor las ganas y la ilusión del primer año. Puede que para el próximo año nos aventuremos a Pirineos, que indaguemos las sierras de Zamora o los montes de Navarra y el País Vasco; porque lo que es a mí, Carolina ya me ha dejado claro que eso de irme a los Dolomitas italianos o a las selvas de Guatemala “no le viene bien…” A buen entendedor, pocas palabras bastan y en este relato ya van demasiadas.
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Nos levantamos solos en el hostal, todo
para nosotros, excepto los desayunos claro, pues nos tenemos que ir a otro bar
del pueblo para tomar un café.
Hoy toca senderismo y nos lo tomamos con calma de hecho, ya tuvimos ayer un buen aperitivo. Vamos a hacer una de las rutas típicas del paisaje de esta comarca. El valle de Villar de Vildas. Hay que bajar en coche hasta el fondo de nuestro valle, para luego remontar por el lado opuesto de la sierra y llegar prácticamente al otro lado del monte que tenemos en Pola. Había una opción alternativa, con menos coche, cruzando por La Peral, pero nos hubiéramos perdido la parte más típica del valle.
Ya redicho que vamos tranquilos, así
que no es de extrañar que estemos aparcando el coche a eso de las 10h. para
empezar nuestra ruta.
Desde el principio se nota que es un
camino muy turístico, perfectamente preparado para que las hordas de visitantes
lo recorran sin dudas ni dificultades, todas aborregadas por la misma pista,
pero como hoy es lunes, lo tenemos para nosotros solos.
A la salida del pueblo vemos una pareja
de bueyes, con un macho de esos de estampa, de los que deben quedar pocos. No
me creo que todo el chuletón de buey que se come en Madrid venga de animales de
este porte ¡no los hay! También pasamos junto a una escena familiar típica,
tres generaciones juntas segando un prado de heno a guadaña, un prado muy inclinado,
como debe ser en esta zona.
Ascendemos despacito por el valle y
vamos disfrutando de una postal más de la comarca. A Félix se le va calentando
el dedo sobre la cámara y quiere llevarse recuerdo de todo, así que si cuando
veáis las fotos tenéis la sensación de que los paisajes están repetidos, ya
sabéis que son los del lunes por la mañana. Hay alguno de los ejemplares de
acebo más grandes de la zona y el río, que va quedando al fondo, parece la casa
de Heidi en verano.
Braña de La Ponarcal.
Andando, andando, nos situamos en la
Ponarcal, que es uno de los ejemplos de braña mejor conservados. Parece la
aldea de Asterix. Ahora es un buen momento para apuntar aquí que la braña es un
conjunto de teitos o teitus y que los teitos son construcciones de planta rectangular y techo de brezo
(eso ya lo he dicho antes), que la reposición o arreglo del tejado se llama teitar y el pastor, que es el habitante
de estas construcciones durante el verano, se llama brañeiro. En el interior tienen dos plantas, la inferior es para el
ganado (las vacas suben mal por la escalera de mano) y el altillo para almacén
y dormitorio del pastor. A la puerta pueden tener un pequeño porche y un poyo
para sentarse; pero bueno, eso ya lo veis en las fotos.
Pues bien, después de enredar un rato
en La Ponarcal seguimos subiendo hasta donde el valle gira a la izquierda.
Pasamos entre un rebaño de vacas con sus terneros. Félix se encarga del perro y
yo de las vacas, que cada uno tenemos nuestras manías.
Poco más y nos damos la vuelta, que
esto ya está visto y hay que volver para la comida. En la bajada también
tiramos muchas fotos y es que la perspectiva es otra. Nos presentamos en el
pueblo a eso de las tres buscando donde comer. Hay un par de establecimientos,
pero están cerrados. Ni es día, ni son horas de andar importunando.
Verde que te quiero verde
Nos enrollamos un poco con una vieja
que tiene montada una tienda de chuminadas en madera en su garaje. Para comprar
hay que esperar que llegue el chaval,
que es el que conoce los precios: caros. Por fin aparece el individuo que ya no
cumplirá los 50 y compro una chorrada para mi hijo.
Nos vamos echando hostias, a ver donde
comemos algo. Un par de intentos baldíos por el camino para recabar en Pola,
casi ya para merendar. Comemos de todas formas y nos vamos a dormir la siesta.
empinadísima que nos hace sudar un rato. Félix está un poco vago y tengo que ir tirando de él, Esta mañana también decía de volvernos antes que yo. No se si se está haciendo viejo o es que yo no le pongo.
Lo que debía ser una cabezada se convierte en una siesta de más de dos horas. Nos levantamos a las 19:30h. Aun así, no renunciamos y nos vamos echando leches al Coto de Buenamadre, próximo a Pola. Desde aquí sale una pista que se interna en zig-zag en un área de uso restringido. El paseo de la tarde transcurre por un bosque de hayas, sobre una pista
Llegamos a una fuente con abrevadero
donde descansamos un poco y damos la vuelta. No hemos coronado, pero falta ya
muy poco y la vegetación empieza a clarear. Ahora, cuando lo escribo mirando el
mapa, me arrepiento de no haber llegado hasta arriba, pues parece que hay un
pequeño poblado o unas cárcavas, que siempre es interesante cotillear ¡quizá
fuera allí donde nos esperaba el oso para hacerse la foto con nosotros!
De vuelta en el pueblo nos vamos a
cenar donde el camarero cubano, que nos pone un menú de esos que se te sale por
las orejas. Damos buena cuenta de las viandas y nos vamos a dormir, que una
siesta bien entendida no tiene por qué dificultar la pernocta.
Descarga ruta: Vuelta-Bavia-GPS.gpxEl dicho «estar en Babia» viene de la trashumancia de los extremeños que extasiados de la belleza de estas tierras se quedaban pensativos al volver a sus resecas tierras.
Domingo:
El domingo suena la diana en el pasillo de la pensión a eso de las 8h. Todos escuchan la corneta y se preparan para el desayuno, no sin lamentar haber olvidado la mascarilla anti-gas para salir de la habitación.
Cuesta estirarse, a pesar que ayer no exageramos demasiado la ruta, el periodo de recuperación no ha sido suficiente. El Dioni nos pone el desayuno mientras comentamos la jugada del día anterior: La caída de Alfredo, la niebla, la parejita perdida, el frío… Hoy el día parece más claro, aún así, para asegurar decidimos hacer la ruta de Babia, que queda más hacia León y debe estar más despejado. Cargamos las bicis y los que se tienen que marchar, también los trastos. Liquidan cuentas con el Dioni y nos ponemos en marcha.
Hay que hacer algunos kilómetros por
carretera estrecha hasta situarnos en Torre de Babia, de donde sale nuestra
ruta.
Es un pueblo pequeño, que se diferencia
claramente de Pola. Estamos en León y con sólo haber pasado el puerto, tenemos
otro paisaje, otra arquitectura e incluso otras gentes, aunque hablan con
acento asturiano.
Convenzo a Félix para que hagamos la
ruta en sentido contrario a las agujas del reloj. Él no es muy partidario, pero
después de haber visto el perfil, creo que de esta forma es bastante más
llevadera.
Salimos de Torre de Babia casi a las
10h por un camino facilón, sube y baja suave por una zona despejada. Pronto nos
quedamos sin camino y nos encontramos pedaleando por mitad de un prado,
haciendo camino entre el heno y las flores,
que nos llegan a las rodillas. Es una sensación curiosa y agradable,
queda muy de peli romántica, así que nos hacemos las fotos de rigor. Cogemos
otra vez camino que sube entre árboles y acaba sacándonos a Robledo.
En Robledo charlamos un rato con un
paisano, que al contarle la ruta que pensábamos hacer nos avisa que el camino
está intransitable, totalmente cegado de espinos y que no puede pasar ni el
ganado. Es mejor que giremos a la derecha, lleguemos al abrevadero y tomemos el
camino de la izquierda, que nos lleva derechos a Cospedal y La Majúa. Sería
demasiado evidente, pase por que hagamos la ruta en sentido contrario a como
estaba pensada, pero de eso a hacer caso a un lugareño, ni de coña. Félix le
dice claramente que pasa de él y nos dirige a todos hacia el camino de espinos, que dicho así, parece
que fuera la senda de la virtud, pero
no. Incluso pasando junto al abrevadero y habiendo visto el magnífico camino
indicado, nos tiramos de cabeza a la senda de los espinos, saltos de cercas y de
los charcos pringosos. Sucios y arañados, no queda otra solución que salir a la
carretera y llegar a San Emiliano –fuera de nuestra ruta- por asfalto…
Repostamos agua y salimos por carretera
a La Majúa. En el pueblo muere la carretera y se convierte en pista ascendente,
que no supera muchos metros de desnivel, pero lo hace a golpes, con rampas muy
empinadas y otros tramos más llevaderos. Como hemos perdido bastante tiempo,
subimos el ritmo para que no se les haga tarde a los que tienen que viajar.
Desde la cola nos llegan los lamentos de Jesús ¡no corráis!¡que no me importa
llegar tarde!¡que a los niños los veré mañana! Apretamos los dientes y se van
produciendo descuelgues. Alfredo pide paso en una de las ocasiones, pero luego
se queda descolgado y quedamos en el pelotón de cabeza Félix, Juan y yo. Hace
calor y las rampas se endurecen, paramos un rato para reagruparnos y comer
algo.
Continúa la subida con bastante
pendiente y mal firme, hay que meter el 1:1 casi todo el tiempo. Félix pierde
tracción y echa el pie a tierra, teniendo que empujar un rato. El globero le
ataca sin piedad: me pareció ver a
alguien que subía andando por aquí, uno de color butano ¡aquí no se perdona
a nadie! Julito llega el último en uno de los tramos, le afecta el calor, con
lo que también se lleva un sonoro abucheo, así que para los tramos siguientes
aprieta fuerte, este tío es todo orgullo y sufrimiento . El que no afloja es
Juan, se ve que el pique al que le estuve sometiendo toda la noche de ayer le
ha hecho efecto, lo que en un tío tan tranquilo como él, es de destacar. Un
poco más de 1:1 hasta coronar y descansar de nuevo. La ruta está saliendo
durita, aunque sea corta.
Hacemos unas fotos al río y a la
cascada del fondo, por donde tendremos que pasar después. Vemos venir una
manada de asturcones por el fondo del camino, con algunos potros jóvenes. En
prevención nos salimos de la pista y subimos las bicis un poco a la ladera, no
sea que se pongan nerviosos y nos pisoteen. Los caballos se muestran recelosos
al pasar por nuestro lado y paran un rato antes de decidirse, lo que nos
permite hacerles fotos a placer: fuerte, de crines largas y patas gordas, de no
mucha alzada y con pelaje variado. Al final se deciden ellos y nosotros, cada
cual para su lado.
Ahora toca una bajada suave hasta
ponernos otra vez a la altura del río que venimos bordeando. Hay una cascada
que justifica un nuevo descanso y más fotos. Vemos a uno de los críos que
subieron en moto y vemos también a dos mujeres que están de merendola. Se han
pegado una buena caminata para llegar hasta aquí, porque no se ve ningún
vehículo cerca.
Aquí nos refrescamos en las aguas límpidas de la cascada
Ya solo queda el último apretón para
coronar Puertos de Amarillos. Me
exprimo todo lo que puedo para llegar el primero y meterme luego con Juan ¡lo
prometido es deuda! Y esta vez me han valido los años y la mala leche, que
normalmente no es así.
Paisajes de ensueño
Arriba hay un pequeño altiplano, que
enlaza con una bajada vertiginosa, empinada y de piedras sueltas. Este es el
terreno donde Jesús se saca la espinita y yo me quedo el último, con diferencia.
En poco rato estamos todos entrando en Torre de Babia.
Me fijo que por este lado del pueblo
hay unas ruinas de una construcción tipo defensivo, con base circular. Puede
que sea esta la torre que da nombre a la localidad. Junto a los coches nos
refrescamos un poco y los que van a viajar se cambian de ropa. Para algunos ya
se está acabando la excursión, otros estamos en el ecuador.
Caminos de locura
Como aquí no hay donde comer, salimos
dirección San Emiliano y paramos en un restaurante junto a la carretera. Tiene
buena pinta, que luego lo confirmarán las viandas: una menestra excelente y
carne de la zona. A la salida, abrazo y despedidas para los que se van. Lo
hemos pasado bien y las rutas han respondido a las expectativas. Es una lástima
que se piren, porque todos juntos nos reímos más.
Félix y yo no volvemos a Pola, bajamos
las bicis y nos cambiamos. Como queda tarde por delante y nos quedan fuerzas
suficientes, nos ponemos en marcha de nuevo. Acercamos el coche a Valle de
Lagos, donde tomamos la cerveza el sábado y decidimos subir a ver el Lago del
Valle, que ayer nos lo ocultó la niebla.
Hay 5 ó 6 kilómetros andando y ya son
las 7 de la tarde, así que no se puede perder tiempo.
Empezamos el camino junto al río, por
donde esperábamos bajar con la bici. Discurre por un bosque con mucha variedad
de vegetación y es un paseo agradable. En algunas zonas encontramos barro
cubriendo todo el camino, teniendo que entrar y salir de los prados vecinos y
de la zona de bosque. Llega un momento que es imposible avanzar sin ponerse perdido,
así que decidimos salir a una pista más ancha que va por el otro margen.
No sabemos en que punto la pista
coincide con la ruta del sábado, ya que la niebla nos quitaba todas las
referencias.
Vamos subiendo a buen paso, con unas
rampas de hormigón muy duras. Hay bastante ganado, con becerros de pocos días.
A pesar de ser domingo, no nos cruzamos con nadie, la subida es larga y el
atardecer agradable.
Llegamos al Lago del Valle después de hora y media a muy buen ritmo. Está muy bien, rodeado de montañas que se reflejan en la superficie del agua, con una isla en el centro.
Lago del ValleMi amigo Pepe con 40 añosFélix con 45 años
Ahora si que vemos con claridad el punto por el que deberíamos haber aparecido en nuestra ruta de bici: una ladera escarpada por la que, con mucha voluntad, se dejan adivinar tramos de un sendero. Esto no es ciclable ni de lejos. El que haya dicho que era ciclable 100 % se lo ha imaginado, no puede haberlo hecho. Disfrutamos un poco más del paisaje e iniciamos la bajada. Llegamos al pueblo con las últimas luces, supongo que coincidiendo con la llegada de los demás a su casa, solo que nosotros hemos visto el lago… Ya les enseñaremos las fotos para que se mueran de envidia y que el próximo año se queden más días.
Para cenar nos volvemos a Pola. Hoy
probamos el otro restaurante, el de la morenita de las tetas gordas (no me sé
el nombre del local, ni de la moza). Cenamos bien y nos vamos pronto a la cama,
que estamos bastante curraditos.
Al llegar al hostal el Dioni nos avisa
que el lunes es su día libre y que se van todos a Oviedo, así que nos deja las
llaves de todo el hostal y que nos apañemos como podamos ¡qué gente más maja y
más confiada!
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