Nos dijeron que iba a llover, pero es mentira. Si bien es
cierto que huele a humedad y que hay unas nubes negras hacia el Sur, de donde
viene el agua…
Salimos desde la estación, esa estación donde siempre dudo
que salgan trenes, pues ell aspecto de abandono es de novela. También hay un
restaurante, que siempre vi cerrado, a la ida y a la vuelta. Por vías que no
quede, pues hay muchas, con su pátina de óxido sobre el carril y sus traviesas
paralelas debajo.
Lo dicho, que empezamos a dar pedales con la vía a nuestra
izquierda, para separarnos poco después por un camino que torna en sendero al
principio y trialera después. Empezamos a recorrer una zona conocida, pero por
veredas nuevas, más bajas, más estrechas, en fin, otra cosa.
Nunca antes estuve en Navalafuente, donde andan hoy de
mercadillo. Tampoco creo haber parado en Cabanillas de la Sierra, donde no hay
mercadillo, pero si se observa un actividad constructora febril.
Cruzamos un arroyo, también la A-1 por debajo (evidentemente menos romántico) y vamos por un camino de cabras, que parece de ganado, pero también con rastro de motos, que lo han erosionado bastante.
Giramos al Norte y subimos un poco, pero sin exagerar, que
hoy el día va de rampas y no de puertos. Cruzamos una dehesa alta y otra vez
bajo la A-1, para venir a parar a La Cabrera, bajo el pico de La Miel, que nos
va sirviendo de referencia continua.
La Cabrera es un pueblo grande y alto, donde también
proliferan las viviendas de solaz descanso, donde vienen los curritos
madrileños a deslomarse el fin de semana.
El pueblo le cruzamos entero y seguimos subiendo, a la
sombra del Mondalindo, hasta la ermita de San Antonio. Otra vez rampas fuertes,
pero con firme de hormigón bastante cómodo.
Junto a la ermita tomamos un sendero en bajada que es
ciclable solo a ratos y solo para algunos. La bajada merece la pena, aunque
solo sea por los rincones que recorre. Sin darnos cuenta entramos en
Valdemanco. Aquí si hemos estado otras veces. Para llegar tenemos otra rampa y,
si no fuera por que renunciamos al trazado original, más cuesta todavía. Pero
no, esta vez hacemos un poco de carretera, que a mi se me va haciendo tarde y
Jesús dice que va justito.
La carretera a Bustarviejo no es un regalo y también quiere que demos pedales con fuerza, antes y después de llegar la pueblo. Aquí me separo del grupo, pues ya si que voy tarde, dejándome caer por carretera. Lo de dejarse caer es un decir, porque hay que subir y bajar.
Me pongo en el coche con 44 kilómetros, habiendo hecho una
ruta bonita y con bastante novedad ¡y eso que me he perdido la última parte!
Al día siguiente me contarían que llegaron un poco después,
también tuvieron que subir algún repecho y pasaron cerca de los restos de nieve
de cuando hacía frío, que lo que es hoy, nos ha sobrado la ropa y el paraguas.
Hemos saltado todos una semana y algunos un poco más. Hoy
hay ruta oficial, que cogemos todos con ansia y, la verdad, es que hacen falta
muchas ganas para ponerse a dar pedales nevando y con anuncio de una nueva ola
de frío.
Eso si, esta vez empezamos entrada la mañana y con el
compromiso de hacer una ruta larga y sin prisas.
Desde Valdepeñas salimos bien abrigados hacia el cementerio
y las primeras rampas nos ayudan a poner el corazón en marcha. Con campos
abiertos por donde corre el aire y cae la nieve, en un paisaje de invierno que
ya debería dejar sentir un poco la primavera.
En cuanto nos metemos en umbría aparecen las manchas de nieve y las placas de hielo. Enseguida nos damos cuenta de que esa nieve recién caída, suave y vaporosa, oculta unas placas de hielo compactas, duras y asesinas. Julio aterriza rápido con el culo y yo, mirándole y tratando de evitar lo mismo, también patino y caigo, aunque sin consecuencias. Lo demás serían todo “uys” repartidos homogéneamente por todo el equipo.
Pronto nos desviamos de la ruta que sube al Centenera y
tomamos la pista en dirección al Vado, por donde un aciago día decidimos bajar
campo traviesa hasta en El Charco del Chorro, en Valdesotos. No es fácil que se
nos vaya de la memoria por mucho tiempo que pase.
Ahora subimos y subimos bastante. Sin que pueda considerarse
un puerto, si que hay unas buenas rampas que nos hacen sudar y que sirven a
Julio y Félix para apretar y apretarse.
Coronamos y empieza la bajada por el pinar. Otra vez vuelven
las placas de hielo, pero esta vez ya nos cogen precavidos y entramos muy
despacio, con los pies fuera de las calas y compensando los resbalones, que se
siguen produciendo sin remedio.
Salimos a la carretera y nos dirigimos hacia el pantano del
Vado. En la carretera también hay hielo. Hace rato que ya no nieva, pero el
ambiente está desapacible, sin decir que haga un frío extremo, pero de vez en
cuando vienen ráfagas de aire y algunas nubes, que tan pronto te dejan helado
como permiten pasar un tímido sol que reconforta bastante.
Llegamos al Vado y Alfredo duda si ha estado antes ¡es pa
matarlo! Cruzamos sobre la siempre sobrecogedora presa con su ambiente franquista
de los cincuenta y continuamos ruta hacia Retiendas.
Son siete kilómetros de carretera con mal firme, pero sin
mucho desnivel, se hace fácil. No entramos al pueblo y vamos directamente hacia
el monasterio del Bonaval, bajamos incluso hasta el rio, que no baja con mucho
agua. Está siendo un invierno más frío que otra cosa.
En el camino que discurre junto al Jarama encontramos
bastante barro. Hasta el momento nos íbamos escapando, gracias al firme de
pizarra, que drena estupendamente. Por el sendero vemos un zorro muerto. No se
aprecian heridas, así que puede que le hayan envenenado. Es un pena, el animal
es precioso, no abulta más que un gato grande y la cola es una belleza.
Salimos a la carretera y nos dirigimos hacia Puebla de
Vallés. Ahora empieza a granizar y la subida se hace durita, aunque corta.
Entramos al pueblo y cogemos agua. Reponemos fuerzas para
continuar, que ya van pesando los kilómetros en las piernas. Aquí cogemos un
camino nuevo, que baja junto al arroyo que se dirige al Jarama. Empezamos por
un valle cerrado, que pronto se abre en tierras de labor amplias y el camino es
paso obligado para los vehículos agrícolas ¡así esta! Bastantes roderas, muchas
piedras y las cervicales que no dejan de quejarse.
Aquí me la juegan un poco, por quedarme atrás. Llegamos a un
arroyo que ya han pasado todos y me animan a que cruce por el centro,
pedaleando. Raro en mí, que soy de natural cobarde, entro al trapo y me cruzo
el arroyo por todo el medio. No me caigo, pero es bastante profundo y me mojo los
pies por completo. Bueno, menos mal que ya no queda mucho.
Salimos a carretera de nuevo y vamos derechos a Valdepeñas,
para cerrar el círculo. ¡qué bien! Ahora llevo una rueda pinchada. No tengo
fuerzas ni ganas para cambiarla, así que doy aire e intento acabar los tres
kilómetros que me quedan.
A pesar del parón, todavía alcanzo a Alfredo, que yo creía
que me esperaba, pero es que va machacado. Lleva la cara blanca y dice que se
va mareando. Subimos juntos, muy despacio, y aun así hay que parar a la entrada
del pueblo, para que pueda reponerse.
Eso si, tal y como teníamos prometido desde le miércoles,
nos atizamos unos huevos con morcilla y algunas viandas más en el bar de la
plaza. Al tabernero le cuesta contenernos a base de patatas fritas y cortezas
hasta que está la comida lista.
Luego con la tripa llena ya se ven las cosas de otra manera
y emprendemos la vuelta a casa tranquilitos, con el deber cumplido y pocas
energías para dar guerra allá donde caigamos.
Otro día de frío, otro día plano. Sin planes elaborados
ni grandes expectativas quedamos en
nuestra conocida plaza de El Boalo para cubrir la etapa semanal. Nos cuesta
salir del coche, a Julio le tengo que animar un poco para que se baje.
Echamos a rodar hacia Manzanares, por ese camino de siempre
que en invierno está embarrado y en verano es una balsa de arena. Legamos a
Manzanares y seguimos por carretera, hasta coger el camino de la Hoya de San
Blas. Más de lo mismo, más rutina, encima no nos caemos al cruzar el arroyo,
con lo que no hay motivo para reirse.
Salimos frente a la gasolinera que hay pasado Soto y nos
dirigimos en dirección a las obras del túnel del tren. Esta parte es nueva, por
aquí no se nos había perdido nada. Son unas pistas anchas, a ratos con un firme
preparado para los camiones y otras veces tierra. El paisaje son todo llanos,
donde pega el viento y se deja sentir el frío.
Damos la vuelta por detrás de la cárcel de Soto, que ahora se llaman centro penitenciario, ¡ni que se vinieran a rezar aquí después de la confesión! Aprovecho para cantarles lo del Penal del Puerto y otras piezas destacadas de la copla española, pero por la reacciones deduzco que mis interpretaciones no son de su entera satisfacción, o simplemente no las consideran adecuadas para el momento. Probaré en otra ocasión.
Hacemos un poco de carril bici y luego nos vamos acercando
al pantano, por el puente de piedra, que los carteles antiguos marcaban como
“romano” ahora dicen que “medieval” y yo creo que se trata de un puente vulgar
y corriente, sin otra gracia que ser de medio punto, con la parte superior
totalmente plana, en lugar del tradicional lomo de asno.
El plan de Félix era alargar la ruta hasta Cerceda, pero ya
vamos estando un poco hasta los güevos de dar pedales, así que nos vamos
acercando por el camino corto, que va a parar a Manzanares y de allí a El
Boalo, por el mismo sitio que vinimos.
En los últimos tramos se monta el pique de rigor, del que
nos quedamos fuera Jesús y yo. Los demás se dejan la pelleja, a veces tratando
de llegar primero y otras solamente por dejar descolgado a alguien, que también
tiene su gracia.
Llegamos al coche poco antes de la una y nos largamos a casa
con los deberes hechos.
(Si, ya sé que ha salido cortita. ¡Compraros una novela, coño!)
Hoy cocina Gustavo. Como el tiempo ha estado frío y las
cumbres deben andar heladas, le hemos pedido a Gustavo que nos busque una ruta
nueva, bajita y cerca. La opción elegida nos lleva hacia el Este de Madrid, a
esas zonas que quedan poco más allá del cinturón industrial y que hacen límite
justo entre un mundo rural que subsiste sin que nos enteremos y un cinturón de
industrias feas del que nunca queremos enterarnos, pero del que sin duda
dependemos.
Mientras nos vamos acercando en el coche nos damos cuenta de
la diferencia que hay entre esta carretera con las habituales de salida, aquí
la autopista deja enseguida de serlo y pasamos por una sucesión de pueblos,
cinturones industriales y zonas de expansión en las que han brotado los
adosados como de la nada ¿quién vendrá a vivir aquí?¿cómo te puedes mover sin
coche? ¡y los domingos todos al corredor del Henares! A pasear entre
franquicias.
Abandonamos ese mundo cambiante para encontrarnos de pronto
con Nuevo Baztán, que contrasta con lo anterior por su arquitectura de
conjunto, elegante y proporcionada. Diríase que llamada a un destino superior a
su uso actual. El estilo me recuerda a La Granja o a un Aranjuez venido a
menos.
El caso es que aparcamos y nos lanzamos a recorrer nuestra
ruta, que empieza por un descenso al valle que forma el arroyo Vega. Una bajada
muy bonita, entre encina, matorral y hoja caduca, que ahora queda un poco
deslucida por el invierno.
La bajada es un poco trialera, pero se puede hacer. En el
fondo nos recibe todavía la sombra de la montaña y algo de barro, con lo que el
frío y la sensación de invierno se sienten con intensidad.
Nos salimos del valle por Olmeda de las Fuentes o de las
Cebollas, que dice Gustavo, y es que
parece ser que el nombre se lo cambiaron no hace mucho, pues no debía
parecerles muy comercial.
Ya en el pueblo empezamos un poco se subida, que se extiende
como un kilómetro más y sirve para que entremos en calor y para que Alfredo y
yo coronemos juntos, mirándonos con saña pero dejando el duelo sin resolver.
Continuamos a buscar el valle del Tajuña y lo encontramos en Ambite, pueblo de aspecto alcarreño que conserva todo el sabor de estas tierras pobres, donde los forasteros te reciben con mirada aviesa y la sensación de pobreza invita a no prolongar la estancia. Aquí Félix nos cuenta un refrán que no me acuerdo como era, pero dejaba mal parados a todos los de la zona.
Añadido por Félix el 21/12/2019. Dice así el refrán: «Carabaña, legaña. Orusco, pestes. Y si te acercas a Ambite, peor gente».
También nos refiere su anécdota familiar durante las fiestas de este pueblo, que soporta claramente el refrán y la sensación que produce en el visitante.
Visitamos al encina de Ambite, hermoso ejemplar junto a una
antigua casa solariega de los marqueses de No-Se-Que-Coño (entiéndase que quizá
el título no fuera exactamente ese, pero eran marqueses), donde es típico
probar sus bellotas el día de San Valentín, para saber como serán tus amores en
un futuro. Si tenemos en cuenta que la bellota es fruto de otoño y ya estamos
bien avanzados el invierno, la conclusión más frecuente es obvia: tus amores serán
escasos, pues se te adelantaron los cerdos.
Estos no son los cerdos a quienes se refiere el texto de Pepe.
Ahora empieza la parte más fácil y agradecida de la ruta.
Tomamos el camino de bici que discurre por el antiguo ferrocarril del Tajuña y
recorremos un buen tramo del valle a ritmo fuerte, pero sin cansarnos, pues
llevamos el viento de culo y, quieras que no, vamos en el sentido de las aguas.
De este modo pasamos junto a Orusco, Carabaña y finalmente
Tielmes. Gustavo nos señala el molino de Rodrigo Rato, donde se entrevistaba
con Pujol.
Vacilamos un poco en el pueblo antes de encontrar el camino
que nos saca del valle. Es una calle muy empinada, que luego se transforma en
pista y nos obliga a tirar de plato pequeño. No podemos quejarnos, que llevamos
una ruta de regalo y en algún momento había que sudar.
Salvado el desnivel salimos a tierra de cereal, marcada por
caminos de tractor, totalmente llana y con el atractivo que da la perspectiva
de las grandes distancias, que tampoco está mal.
A partir de aquí parece que nos estemos quedando con ganas de desgaste pues, sin que lo exija el trazado ni el reloj, vamos subiendo la velocidad progresivamente y rodamos agrupados con el viento en contra y a ritmo alto ¡cómo le hubiera gustado a Julito! Esta sería sin duda su ocasión de demostrar sus poderes y ponernos a todos a raya, ¿a Félix también? No lo sabremos por el momento, pero quedarnos con la duda nos permite a todos los demás terminar juntos y dentro de un orden, conformándonos con los escarceos entre Alfredo y Miguel.
Pasamos Pozuelo del Rey, Eurovillas y ya vamos derechitos a
nuestro punto de salida, completando una ruta distinta a las habituales, pero
que ha salido muy variada y nos ha dejado a todos satisfechos.
Como es pronto y hay motivo, nos tomamos unas cañas, que hay
que celebrar la buena nueva: Estrella y Juan van a ser padres. ¡Enhorabuena! Y
ésta que vaya por ellos.
Pues vaya una coña, resulta que unos se ponen malos y otros
no se ponen, luego la apretada agenda del presidente. El caso es que nos
quedamos solos los tres y los otros dos dicen no haber estado nunca por aquí.
Vamos a intentar repetir la ruta del trébol, que hicimos
Félix, Alfredo y yo la temporada pasada. Y al principio parece que lo íbamos a
conseguir, pues enlazamos bien el inicio y el mapa iba ajustado al cuenta-kilómetros.
La salida cuesta arriba se agradece, pues hace un frío que
pela. El terreno es fácil y el pinar está muy bonito. Acertamos bien con el
cambio de sentido y subimos al cerro de las Mucas, que en su último tramo tiene
una pendiente jodida, donde rematamos con el 1:1 y unos jadeos que suenan como
los mejores orgasmos.
El caso es que coronamos y empezamos la bajada trialera por
lado opuesto del cerro. Tiene tramos difíciles, con el firme suelto y mucha
pendiente. Yo arriesgo menos que los otros y bajo andando un buen tramo.
Salimos hacia la carretera y completamos la primera vuelta del circuito.
La segunda parte es la más agradable, pues es un paseo a lo
largo del embalse de Picadas. Aquí se vuelve a notar el frío. Estos tíos
alucinan con las vistas y el reflejo de los árboles sobre el pantano. Nos
despegamos del agua para subir por un barranco al cerro del Morro y seguir en
dirección Navas del Rey.
Hasta aquí el rutómetro va perfecto y ya son más de 26
kilómetros de ruta. Ahora nos desviamos hacia la izquierda, con dirección al
cilindro de hormigón que corona el cerro y que se ve desde la carretera, pero
¡a majetes! Aquí es donde aparece el bonito camino a la izquierda que nos lleva
por una bajada sinuosa, con la dificultad justa para que se pueda ir montado,
pero con mucha técnica, bueno yo con la que tengo, que tampoco es tanta. El
caso es que acabamos en la junta de dos arroyos, en un paisaje muy verde y
alucinante. Nos llama Jesús y aprovechamos para darle envidia.
Menos mal que no llamó 5 minutos después, par descojonarse
de nosotros, pues nos habíamos metido en un barranco impresionante, sin camino
a la vista y con una vegetación densa y dura.
Para hacer el pardillo del todo, en lugar de mirar el mapa y
reflexionar, sugiero que remontemos el río hacia la carretera. Si hubiésemos
ido hacia abajo, en quinientos metros estaríamos en el puente y volveríamos por
el camino cómodo que vinimos, pero no, nos metemos un barranco de los que hacen
historia. No tiene nada que envidiar ni al de Valdesotos, ni el que nos comimos
en la Tejera Negra, ni con ningún otro que yo recuerde. Como dice Julito,
seguro que Félix estaría orgulloso de nosotros, comprobando como somos capaces
de seguir sus enseñanzas sin parpadear.
Cada vez que avanzas un poco y crees descubrir restos de una
senda, aunque sea de jabalí, vas a salir sobre un precipicio de piedra, que te
obliga a trepar por la ladera o a descolgarte junto al río. Siempre teniendo
que tirar de la bici o incluso tirar la bici y bajar después. En resumen: desde
las 12h. que llama el globero, hasta las 13:50h que llegué al coche.
Estos tiraron hacia arriba y tardaron cuarenta minutos más.
Julio aprovecha para romper la cadena, luego también se da una hostia, por no
privarse de nada.
Pero lo mejor lo encuentro al llegar: me han reventado la
puerta del coche y me han robado la cartera y el móvil, que estaba en el
maletero. Ya no se si buscar la cartera, o preocuparme por éstos, que no llegan
o tumbarme a descansar, pues voy bastante desgastado.
Cuando volvemos en el auto Julito reflexiona profundamente y
se cuestiona si a todos los que montan en bici de montaña les pasan estas
cosas, con la misma intensidad y la misma frecuencia. Seguro que no. Creo que
si seguimos entrenando duro en esta técnica, seremos capaces de perdernos en la
Casa de Campo y romper cadena en el Juan Carlos I, todo es proponérselo.
En definitiva, una ruta de las que no merece la pena contar.
Todo sea por dejar recuerdo de los hechos por escrito y tratar de borrarlos de
la memoria.
Nos
hemos acojonado porque el día estaba anunciado gélido y sin embargo, no está
nada mal. Será por aquello de que empezamos a las 11h y ya calienta el sol.
Vamos a dar unos pedales por aquí cerca para hacer culo, que es lo que dicen
los que saben
En
principio iban a salir Julio y Jesús, pero luego se presenta también Félix y a
mi me llaman a casa, así que me enfundo el disfraz mientras vienen a buscarme y
salimos al parque, como los niños buenos.
Hoy
conduce Julio, que tiene marcada la Casa de Campo con un carril como el de los
tranvías antiguos. Solo hay que seguirle procurando que no se te salga la rueda
del surco, ni el trole del cable, pues ha elegido unos senderos tan ajustados
que la hostia te puede venir igual por un agujero en el suelo, que por una rama
a la altura del casco.
El
tío va deprisa y luciéndose, jugando para la afición. Encima tiene la coña de
decir que cuando va solo le zumba más y no tiene que esperar a nadie.
A
pesar de lo seco que está el invierno, las zonas de umbría siguen conservando
cierto verdor y vamos pasando por rincones con mucho encanto. No es fácil
encontrar una ruta en al sierra en la que hagas todo por senderos estrechos,
pero 100% ciclable. Además, como son recorridos enrevesados y sin mucha
perspectiva visual, no tienes la sensación de estar siempre dando vueltas al
mismo cerro, que en definitiva es lo que sucede.
Jesús
ya se lo conocía, pero Félix está encantado, yo creo que por eso se tiró al
suelo como un saco de patatas, parado y en el sitio que es más ancho el camino.
A
pesar de toda la tropa que hay por aquí, la elección de senderos de Julito hace
que no nos crucemos directamente con mucha gente. Está bien.
En
cuanto al nivel de esfuerzo, pues la verdad es que no hay puertos, ni subidas
que te desgasten mucho, pero el conductor nos lleva a ritmo, para que no nos
durmamos, así que se suda lo suficiente para justificar el día.
Como
hemos empezado tarde y queremos volver pronto, a los 30 kilómetros enfilamos
para casa por el camino que va pegadito a la vía. Jesús le demuestra a Julio
que se puede subir la rampa en la que él siempre empuja. Creo que una vez que
ha visto que es posible, no se le volverá a resistir, pero queda claro que es
el glober quien le tiene que enseñar como se hace.
Para
cerrar la mañana nos tomamos una cervecita en casa y nos piramos tan
tranquilitos.
Quedamos
en que hay que repetirlo un día con los chavales, ejerciendo de padres. Y
también en que vamos a ir en plan familia a un centro de hidroterapia. Lo que
si que hay que hacer es pensar en una de sierra para la próxima salida ¡que ya
está bien! No puede ser que nos condicione el meteosat.
Hoy toca ruta nueva y en zona nueva. El equipo al completo
acusa el cambio y nos perdemos por el camino como pardillos. Hemos llegado
todos con media hora de retraso sobre el horario previsto.
El Hoyo de Pinares es un pueblo bastante grande, más de lo
que me imaginaba. Está encajado entre dos barrancos y sus casas y calles se
disponen en cuesta. No se puede ir a ningún sitio sin subir o bajar.
Hace frío, a pesar de que el día está claro, aquí hace frío
y tenemos que abrigarnos bien nada más salir del coche.
Salimos por carretera y en subida, lo que no nos viene nada mal para ir cogiendo un poco de temperatura. A poco más de 2 kilómetros nos salimos de la carretera por la izquierda y tomamos una pista ancha. Hay una zona curiosa, con un pequeño arco, un altar y un púlpito al aire libre, ideado para misas de campaña.
Piadosos
La explanada y el mástil vacío sugieren un campamento de la OJE, donde se venían los chavales a fomentar el Espíritu Nacional y los valores cristianos. Hacemos unas cuantas fotos irreverentes y recordamos por un momento lo que fue la juventud de los sesenta, con un peso político y religioso que debía calar hasta los huesos. Probablemente nos encontramos en “zona nacional”, que todavía guarda reminiscencias de los que fue y las expresa mediante símbolos fascistas y algún que otro mensaje xenófobo que vemos en las paredes de este pueblo y en el anterior, Valdemaqueda.
Bueno, nosotros a lo nuestro, que se me está viendo el
plumero. Para enlazar con la señal del gps nos vemos obligados a triscar un
poco hasta salir a mejor camino, afortunadamente no es mucho y enseguida
estamos otra vez sobre nuestras cabalgaduras.
Cruzamos por segunda vez el río Beceas, la primera fue junto
a la presa, y nos dirigimos en línea recta hacia el oeste, por un camino sube y
baja, de esos rompe-piernas, que no te permiten quejarte del puerto, pero van
consumiendo energía.
El paisaje es bonito, todo pino eso si, pero para esta época
del año es el único que te permite pasar por un bosque poblado. La hoja caduca,
ahora es un desfile de fantasmas. Tampoco viene mal para cruzar esta zona el
tiempo seco que llevamos este inverno pues aun así, por aquí se conserva el
suelo bastante verde y tiene pinta de encharcarse con facilidad en cuanto la
climatología sea un poco más lluviosa.
Pasamos junto a una zona de granja, donde nos ladran unos
perros. Afortunadamente están detrás de una cerca, pero hacen ruido suficiente
para alertar a su compañero, que sale de la finca al lado opuesto del camino
por debajo de la alambrada y se emociona con Julio , al que asusta un rato. Se
ve que elige bien el bocado.
Cruzamos un arroyo y damos la vuelta al cerro de Yuste, para
salir al río Sotillo de las Palizas ¡vaya nombre! En esta zona hay algunas
casas dispersas, de esas que se hacen
los alondras en ratos libres, aprovechando los ladrillos variados que distraen
de la obra en la que están currando. En fin, una muestra de mal gusto y falta
de control que tiene como resultado un paisaje precioso salpicado de chapuzas,
porque la verdad es que el río y la vega que forma en este punto está muy bien.
Nos hacemos una ida y vuelta por ambas márgenes antes de continuar un poco más
hacia el Oeste.
Poco a poco vamos trazando un semicírculo, cruzando la
carretera y cambiando de sentido, para ir dando forma a la ruta circular que
hemos pintado. Vamos acompañando durante u tramo el desfiladero del arroyo de
los Hornillos y luego el margen del río Sotillo. El paisaje está resultado
variado en su configuración, aunque la vegetación sea todo pino.
Nos separamos del río, lo que supone subir un poco, pero
nunca mucho, lo justo para facilitar algún pique en el que Miguel demuestra que
viene fuertecito y Julio que está intratable. Félix se defiende de los ataques
a duras penas.
Bajamos, paramos y nos distraemos hasta salir a la carretera
de Cebreros, pero solo por un momento, porque en el mismo sitio volvemos a
abandonarla formando una V. Ahora cogemos un desvío con firme de hormigón y
quitamiedos, totalmente una carretera, salvo por el asfalto, que no tardarán en
echar. No nos lo esperábamos, pero es un camino que se hace cómodo y al final
se agradece, aunque le quite emoción al trazado.
Con subidas y bajadas alternativas –más de las primeras- nos
vamos acercando a Hoyo de Pinares, pero por la parte de abajo. Con los últimos
piques entramos bastante espaciados en el casco urbano y nos encontramos con
una cómo calle que nos lleva casi en línea recta al coche, claro que recta no
quiere decir llana. Tiene una pendiente que debe superar fácilmente el 20% y
nos obliga a apretar los riñones y subir sollozando, para que no se diga que
llegamos fríos.
Sin conocerlo nos ha salido una ruta maja, variada, con
buenos paisajes y con claras diferencias a las zonas por las que montamos
habitualmente. Creo que se nos abren nuevas posibilidades y que tendremos
ocasión de volver, a ver si así nos aprendemos el camino y no nos volvemos a
perder todos
Empezamos otro año, y ya van unos cuantos. Hay veces que me
da pereza salir a la sierra, cuesta madrugar, las rutas se me hacen largas y se
que estaré toda la tarde dolorido, quizá estoy perdiendo la ilusión por la
bici; pero no, todo cambia una vez que paras el coche, con el frío de la
mañana, los abrazos de bienvenida de todos, las bromas, los preparativos, la
pista por delante y todo el campo alrededor. ¡Qué coño! ¡Esto mola!
En un alarde de condescendencia con los dormilones, hemos
quedado a las 9h en Alpedrete, nosotros y todos los cazadores de diseño que hay
en la provincia de Madrid. Llegan en un montón de todoterrenos cargados de
gordos y de viejos, incluso en alguno de los individuos coinciden ambos
factores.
Nos ponemos en marcha con mucho frío, con dirección a
Valdepeñas, pero enseguida nos desviamos por la pista del canal que sale a la
izquierda, que viene a ser la continuación de la que sale del Pontón de la
Oliva. Un poco de páramo y entramos en la zona boscosa del arroyo de la Concha.
Aquí empieza la subida, suave pero continua. Hay algún repecho con más
pendiente, que hace que se nos pase todo el frío que traíamos. A la vez que
nosotros cogemos altura, el sol va también accediendo a puntos más bajos, con
lo que pronto vamos pedaleando protegidos del Norte y con un sol brillante.
Hace tiempo que no hacíamos este ascenso y es uno de los que
me gustan, no hay demasiado bosque y las zonas arbóreas son casi todo pino,
pero hay unas vistas del valle increíbles.
Nos vamos dando cera, cada cual a la medida de sus
posibilidades, pero las diferencias arriba no son tantas. No hacemos más que
parar nosotros en la cumbre y llegan los coches de los cazadores, que se han
debido estar poniendo hasta el culo en el bar del pueblo, venga cazalla y
platos de migas.
Encontramos el sendero por el que debemos hacer el descenso
y verdaderamente, tiene un aspecto bastante difícil, pero se distingue
claramente el tratado en todo lo que nos alcanza la vista. AL menos parece que
no habría que improvisar.
El problema es que ha llegado también el guarda forestal que
acompaña a la cacería. En el pueblo tragó cuando le dijimos que íbamos a coger
la pista hacia arriba, pero aquí ya no traga y dice que de salirnos de la pista
nada, que se trata de una cacería autorizada y regulada y que no quieren
accidentes (nuestros, que los de los jabalís no les importan).
Han enviado más de cien perros por el otro lado del cerro,
con sus ayudantes. Ahora un chaval del pueblo se encarga de ir bajando a los
gordos e irlos repartiendo por los puestos que hay en la ladera, donde se
sentarán cara al sol, bien resguardados, a dormitar el almuerzo hasta que les
pongan los gorrinos por delante y tiren de escopeta, a ser posible sin mover el
culo del asiento.
No hay opción, hay que seguir por la pista hacia Alpedrete,
bueno opción si que hay… Nos cogemos el camino que cambia de vertiente y
tiramos hacia el Atazar, para adornar un poco la ruta. Pero como estamos
aventureros, nos metemos además por la primera pista de la izquierda, que
desciende en buena dirección, sobre un firme de pizarra suelta. Desciende más y
más, hasta meternos en uno de los barrancos de la zona, por donde no debe haber
pasado más cristiano que Lucas, que es el nombre que lleva por aquí la cuerda
de la sierra.
No hay más remedio, hay que dar la vuelta y remontar el
pedregal. Empujamos la bici un poco, otro poco montamos, hasta volver al camino
principal y hacernos la bajada vertiginosa hasta el pie del Atazar. Desde aquí cogemos la pista ya conocida que
se dirige al collado del Santo, conocida pero no tanto, porque también hay otro
despiste que nos regala una subidita innecesaria, que tendremos que desandar
para coger, ahora si, la pista definitiva.
Ahora ya si que estamos en camino, solo que una hora y media
más tarde de lo que debiera ser, y lo que más me jode es que no puedo echar la
culpa a Félix, no puedo llamarle torpe, no puedo decir que no tiene ni idea de
usar el gps (que en cualquier caso no la tiene), pues todos los errores de hoy
me corresponden, he sido yo solito el que ha sugerido adornar la ruta, el que
estaba de acuerdo en coger la pista de pizarra y el que ha dudado también en la
segunda pista.
Llegamos al pueblo casi a las tres, así que de perdidos al
río, nos tomamos unas cañas con unas pocas migas de las que han dejado los
cazadores y nos vamos para casa ¡que ya está bien!
Unas cañitas, un rato de cháchara, lo mejor para
terminar una ruta tranquila y rápida. Hemos llegado a El Molar después de 47
kms al sol, con un tiempo estupendo y a una hora record: las 12:30h. Creo que
después de las anteriores, lo hemos agradecido todos nosotros y también
nuestras respectivas.
La vuelta la empezamos hacia el cañón del Guadalíx,
en esa pequeña presa de mampostería escondida dentro de un cañón, que no tiene
un uso muy claro, ya que no parece que nunca pudiera haber embalsado una gran
cantidad de agua como para abastecer a la población o regular un cauce que
nunca debió pasar de exiguo. El caso es que desde aquí se enlaza con un sendero
sinuoso, fácil de ciclar, que se refugia del páramo en un cañón donde abunda la
hoja caduca, chopos en su mayoría. En algunos tramos está cubierto por
escarcha, aunque no hace mucho frío. Vamos jugando por el camino, a veces
charlando, otras solo molestándonos unos a otros. Disfrutamos del recorrido
hasta salir a una pista del CYII más amplia.
Seguimos por camino asfaltado, que llevaremos casi
toda la ruta, hasta la carretera que conduce a San Agustín de Guadalix. Al
abrirse el valle se ve la zona industrial del pueblo al fondo. Es un paisaje
amplio, abierto, el límite de una dehesa de encina, con tierra de labor y
expansión industrial.
Cruzamos la carretera y seguimos por pista del mismo
estilo, a ampliar hacia el sur nuestra ruta, por unos tramos de pista que no
hemos hecho anteriormente. Es un poco más de lo mismo, aderezado con un par de
cueles de Félix con el gps, que nos sirven para subir unas cuestas “de gratis”
y reírnos un rato a su consta, y es que hoy el día va de tranqui, buscando más
la broma que el desgaste físico. Aún así damos algunos tirones para subir de
pulsaciones e ir tocándonos un poco las pelotas unos a otros.
Giramos rumbo norte cuando paramos a comer algo. Ya
nos hemos comido más de media ruta y vamos como nuevos. Hacemos algunas fotos del
otoño, aunque por aquí la mayoría de los árboles son encinas y sabinas, que
disimulan su savia otoñal manteniendo el follaje verde, igual que hace Marujita
Díaz a base de cirugía y brocha.
Vemos de vuelta la misma pareja de aves que
planeaban a la ida y dejémonos de dudas sobre si son águilas o buitres, pájaros
grandes… Ahora vamos paralelos al cañón del Guadalix por el que bajamos antes,
pero en sentido contrario. Pasamos por la dehesa de Moncalvillo, un poco más
verde y de vegetación más variada que el resto de la zona. Hay algún roble y
otras especies que no conocemos, creo que algún alcornoque. Hemos pasado
también junto a algarrobos, que ahora están cargados de vainas que desprenden
un olor dulzón.
Ya salimos a la carretera y tenemos opción de ir hacia
la presa de Pedrezuela o dirigirnos hacia el Molar. Optamos por la opción más
corta, así que nos dejamos caer hacia el río, para remontar el cuestón del lado
opuesto. Por poner un toque de emoción, rompo cadena y nos toca parar a hacer
la ñapa. Menos mal que no me ha cogido subiendo el repecho de pie sobre la
bici, porque me podía haber calzado una buena hostia. No son ni diez minutos y
ya estamos otra vez en marcha. Coronamos en Pedrezuela y seguimos, ya llaneando
hacia El Molar. Ahora es cuando llega lo de las cañas que decía al principio y
es que no siempre va a ir de llegar tarde y deslomados.
Mucho mariquita vamos conociendo. Les dices que está
lejos, que hay que madrugar, que quizá haya un poquito de nieve y todos los
homosexuales de la mountain se rajan como el coño de una parturienta.
Hemos quedado en El Cardoso a las 8 de la mañana. El día está frío y con bastante aire, pero en la plaza del pueblo todavía no se nota. Llegar hasta este punto de la sierra pobre es toda una excursión, a Félix y a mi, que vamos compartiendo coche, nos ha dado tiempo a confesarnos, casi hasta enamorarnos, hasta que suena el móvil y es Alfredo, que ya está allí.
Damos unas cuantas voces en la plaza antes de
ponernos en marcha, creo que los cuatro vecinos que haya por aquí deben
acordarse de nuestros padres, pero afortunadamente, dejamos el pueblo antes de
que abran las ventana y nos vacíen el orinal en la cabeza.
Salimos por carretera y encima con un poco de
bajada, con lo que el frío se deja sentir en las orejas y en la punta de los
dedos. Es bajada hasta cruzar el río Berbellido, luego empieza la subida y el
desvío hacia Bocígano. Seguimos por carretera y casi se agradece el repecho
para entrar un poco en calor. El cauce del río está marcado por robles que, con
el traje de otoño brillan de amarillo (toma cursi).
Volvemos a cruzar sobre el Berbellido y enfilamos la última subida hacia el pueblo, donde nos encontramos con un buen rebaño de vacas, que llevan bastantes chotos jóvenes para la época del año en la que estamos. Hace un aire infame, cuando entre las vacas descubrimos una pareja de viejos.
Pepe, melancólico, enamorado o cansado.
Paramos junto a él, un hombre de mucho pelo y muy blanco, con los ojos claros y más vitalidad que fuerza. Nos explica que las vacas son suyas, que los terneros le llegaron tarde porque no las retiró la guía ¡a saber que cochinada es eso!, así ya no le valen lo que le tenían que pagar, también dice que los cerros de alrededor son el Cerrón, el Santuy y el Ocejón de Majaelrrayo. Las cabras las tiene en el monte y la hija en la ciudad; a las vacas las resguarda en la nave que construyó cuando tenía 64 años. También nos dice que ayer hizo un día muy malo, de mucho frío y con nieve. Nos despedimos y seguimos ruta ¿cuántos viejos de estos pueden quedar todavía en su pueblo de origen? Creo que nos estamos perdiendo algo importante por no dedicar más tiempo a escucharlos. Juan dice que sería interesante compartir con ellos una sobremesa y estoy de acuerdo.
Damos un rulito por el pueblo y volvemos a por la
pista que se dirige a la sierra. La primera parte es muy agradable, sube con
poca pendiente y hay bastantes robles centenarios, paramos un poco en los
corrales de las Canalejas y luego ya seguimos a tomar la subida seria.
Enseguida se me pone el corazón a tope, aunque no parece que el esfuerzo sea
para tanto. La pista es un pedregal y yo voy sin suspensión, porque se me ha
debido joder el cartucho de aire, así que resignación y paciencia.
Juan también empujaba a ratos
No tardamos mucho en encontrar las primeras nieves, que se vuelven hielo en las partes del camino por donde ha corrido el agua. Hay que echar el pie a tierra muchas veces, en una de las placas, Alfredo casi echa también el culo.
La subida es bastante penosa y cada vez que nos quedamos desguarnecidos del viento, éste sopla hasta casi tirarnos de la bici. La subida hasta el collado del Santuy la remato a pie. Creo que Juan es el que más aguanta sobre la montura y Alfredo también lo intenta con ahínco, a mi me vale con dar unas pedaladas lo justo para la foto, encima se ve a Félix que viene por detrás ¿qué más se puede pedir?
Pepe, me parece que quien iba detrás eras tú.
Seguimos ruta sin hacer sufrir la próstata, pues continuamos empujando más que pedaleando. En el collado de la Hortigosa nos hacemos unas fotos contra el aire, de esas que parece que el aire te sujeta. Nos cuesta pasar la bici, en algunos momentos te tienes que estar quieto, sujetarte con fuerza y avanzar sólo entre las rachas de aire.
Por fin llegamos al Cerrón, son 2030 m. está todo nevado y el aire levanta placas de hielo que arroja contra la cerca que discurre junto al camino, los matorrales están cubiertos por carámbanos y en el suelo hay algunas placas de hielo. Hemos coronado y no parece que haya mucha gente por aquí, tan solo las huellas de un animal ¿perro, zorro, lobo? Que ha ido marcando el camino un rato antes que nosotros.
El aire me sujeta completamente inclinado hacia delante
Hay un momento que el aire es tan fuerte que nos da miedo porque la sensación térmica es muy baja y perdemos calor con rapidez. Coronamos lo más rápido posible para guarecernos del fortísimo viento que lanza trocitos de hielo que levanta del suelo y nos impacta dolorosamente en la cara.
Cannondale, un bicicletón para la época
Empieza la bajada. Parece increíble, pero hay que dar pedales también cuesta abajo, en un desarrollo corto, con el sillín bajado y poniendo el pie en tierra continuamente, vamos descendiendo por unas zetas con mucha pendiente. Los pocos tramos del camino que deja ver la nieve muestran una pista infame, un auténtico pedregal que tiene que ser un infierno incluso en verano.
El viento levanta el hielo que se fija en el brezo
Paramos en una cascada helada a hacer unas fotos, es el primer contacto con el río Ermito, que seguiremos en bajada ya mas suave, por un valle bastante abrupto y salpicado de roble, hay incluso algún haya, que debe venir de Montejo, huyendo de los turistas que las asedian continuamente.
Pasamos junto a las ruinas de la Casa del Tío
Agustín y a los restos de los corrales antiguos. Aquí ya nos cruzamos con
algunos excursionistas andando, que llevan una cara de frío horrible ¡qué
sabrán ellos!
Vamos ya castigaditos y es muy tarde, pero no nos vamos a quedar sin pasar por el valle del Hayedo. Llevo ya dos años con ganas de meterme por este tramo del Jarama y no me lo quiero perder, así que iniciamos otra vez la subida, que aunque suave, las piernas la reciben con desgana. El valle es ciertamente lo que prometía, más frondoso y más bonito que el de el Ermito, con una magnífica perspectiva del hayedo, lástima que ya está muy pobre de hoja y la mayor parte del color rojo característico haya que observarlo en el suelo, en lugar de en las ramas.
Hayedo de Montejo visto desde arriba
Coronamos la excursión en unas ruinas y nos dejamos caer suavemente hasta la carretera bueno, también hay repechos.
Ya en el asfalto sólo hay que rodar unos pocos
kilómetros, cuesta arriba, cómo no, para llegar a El Cardoso.
Derrotados, con calambres en ascenso y todos juntos ¿qué creéis que podía pasar? Bueno, eso que lo cuente Alfredo si tiene huevos, que luego dicen que hay mucha prensa amarilla.
Con esta ruta decidimos dar por cerrada la temporada
de los dosmiles hasta la próxima primavera y además prometemos quedarnos un
poco más cerca de casa, para no comer a las cinco ¡a ver si lo cumplimos!