Debido a obras en la
carretera, salida tardía y pereza en general decidimos hacer una salida
breve pero intensa de la ruta Boalo-Trialeras de Pedriza.
Empezamos subiendo con la
duda de si nos pillaran los guardas bajando por las trialeras y el multazo
correspondiente. Como vimos que el tema estaba tranquilo y era jueves decidimos
arriesgarnos.
En la ruta nos
encontramos una pareja donde la mujer llevaba una eléctrica con un carrito. El
carrito iba vacío y no entendimos para que lo necesitaba hasta que vimos dos
chuchos que los iban siguiendo. No pudimos aguantarnos y decidimos preguntar.
La mujer nos confirmó que era para meter a los chuchos en la bajada y cuando
iban por carretera.
Después de 500 metros de desnivel vimos a los chuchos que ya estaban pidiendo subirse al carrito. De hecho, Félix preguntó si admitía ciclistas y la señora taxativamente le dejo claro que “cada perro se lame su cipot…”
Al final llegamos
al inicio de las trialeras, que por cierto estaba lleno de árboles caídos. En
la foto adjunta Félix nos indica amablemente el inicio.
Gracias a dios no había ningún guarda forestal y pudimos bajar sin problemas. Os adjunto un video de Félix demostrando sus capacidades de descenso.
Al final de las trialeras nos encontramos con un rebaño de más de 100 Gremlins (niños) con sus respectivas cuidadoras. Afortunadamentes se apartaron todos al grito de “cuchaaaa…” y llegamos al final del recorrido. Aquí podéis ver a Felix y Domingo demostrando sus artes de llegada.
La ruta terminó con una maravillosa comida en el restaurante Don Baco en el Boalo donde entre otras viandas comimos pisto con huevo, rabo de toro, callos y pluma ibérica.
Pues eso, por no pasar la mañana en casa, una vuelta por la socorrida Casa de Campo. Cerquita, fácil y agradecida.
Al salir cruzo por los restos de la fiesta de
Aravaca. Todavía queda basura, los equipos de limpieza la empujan sin muchas
ganas, sorteando los cachivaches recreativos que reposan cubiertos de lonas su
particular resaca.
En la Casa de Campo mucho público. Me encuentro
con un triatlón que tiene limitado un montón de espacio, con vallas en la
carretera para las bicis, caminos con preferencia para los corredores… menos
mal que bañarme no lo llevaba previsto, porque tampoco se podía.
Me parece un coñazo que se organicen tantos
eventos en ese parque. Ya podían irse a la periferia, a La Jarosa o Manzanares
o Valmayor o a tomar por el culo, pero no todos en mi barrio, que me lo ponen
perdido.
Afortunadamente, en cuanto te separas un poco del bullicio pedaleas casi solo y la mañana se hace llevadera. He rodado casi 40 km sin repetir camino y aun así me he dejado una amplia zona sin hollar.
Pues eso, que para quitarse el gusanillo vale.
El próximo día trataré de rodar otro tanto sin pisar los caminos de hoy, a ver
si se puede.
La ruta tiene su gracia, por aquello de
entrar en prohibido.
Salimos desde Guadarrama, que es lo que
indica el recorrido original, pero realmente no aporta mucho, ya que el inicio
no es sino un vericueto para cruzar la A-6 y, de paso, conocer dónde compra Domingo
el cemento cuando tiene que hacer una ñapa.
En cuanto enfilas la pista en dirección a La
Jarosa te metes la primera cuesta. No es muy larga ni muy difícil, lo justo
para avisarte que la vuelta no va a salirte gratis. Bordeas el embalse y la
vegetación se va haciendo algo más densa, de dehesa, agradable y, a tramos
empinada.
En llegando al muro de piedra caída aumenta
la emoción y la vegetación ¡ya estamos en prohibido!
El monte me parece más cuidado, los caminos
más frondosos y la atención se concentra. Creo que vamos algo más atentos y
callados, pero pronto se nos pasa.
Recorremos el valle haciendo un tramo del vía crucis. Aquí las cuestas sí son más jodidas. No hay puertos como tal, pero las rampas son peleonas y no se puede darlo todo en cada una de ellas.
Como por arte de magia salimos a una escalera ¿pero qué coño es esto? Una escalera de granito inmensa, larga, ancha, perfectamente tallada y conservada. Miras a uno y otro lado y te encuentras una magnífica reproducción de la Gran Muralla. Esa sensación de ruta serpenteante por la cuerda de una loma, que no sabes si comunica dos puntos o delimita un espacio. Con unas vistas sobre le valle y la cruz que alucinas. Vale, sí, no es más que un viacrucis (esta vez todo junto, que también vale), pero si no te lo explican y contextualizan puedes imaginar cualquier cosa.
En la entrada de la ermita más alta nos encontramos
con la bombera. Se aburre mucho y pega la hebra todo lo que puede con quien por
allí se acerca, que si hay bruma, que si los incendios, que si los medios
terrestres y aéreos… venga, vamos, que a esta le queda mucha jornada y si la
dejas te mantiene allí clavado, como al protagonista del viacrucis.
Siguiendo camino cogemos algunos tramos de
carretera interior del parque, nos acercamos a la basílica para dar la vuelta
bien por encima. Otro cuestón, pero de firme sencillo. Pasamos por la puerta,
paramos, es grande de cojones. Estaría muy bien ser capaz de desafectarlo de
toda su historia para echar un vistazo más tranquilo por dentro y por fuera,
sin idea preconcebida y abstrayéndote de su origen y significado, como puede
hacerlo cualquier guiri o cualquier buche inculto.
Al no ser nuestro caso, seguimos camino y nos
colamos por la carretera al poblado. Ahí, mientras me esperan, es cuando se
para el coche del guarda para preguntar que dónde coño vamos y que salgamos de
allí.
Sea porque hay a quien no le apetece darse
más caña, por miedo a una multa potencial o porque la cubierta de la bici se ha
retorcido como tripa de botillo; decidimos hacer caso de la indicación y
ponemos rumbo de vuelta por el camino más corto.
Lo que iban a ser 40 km se queda en 35km y los 900mts en algo más de 700mts, pero ha sido suficiente, hemos pasado buena mañana y la visita, aunque fugaz mereció la pena.
Espero no dejar pasar otros 50 años hasta
volver a pasar por aquí.
La comida la resolvemos en el mesón la cabaña,
en Guadarrama.
Menú barato de diez pavos y muy abundante. El
camarero “salao” y con ánimo de bromear.
Otro día estupendo, de los que te dejan una
sonrisa, como de haberlo robado.
Hoy ya estamos de retirada.
Para aprovechar el día hemos decidido darnos una vuelta andando por la reserva
del bosque de Lizardoia, junto a Casas de Iratí. Para desayunar nos hemos
traído unos bollos y unos batidos, pues en este pueblo está visto que no son e
madrugar.
Mientras nos preparamos para echar a andar volvemos a ver a Javier y su yegua, que van a dar una vuelta alrededor del pantano. Nosotros salimos en sentido opuesto, junto al cauce del río.
La mañana está agradable, más bien fresca. Nosotros vamos paseando con nuestra bota de vino y la mochila con los bocatas. Nos avisan los guardas que por esa zona se pierden los caminos y en consecuencia los caminantes, lo que les obliga a salir en su búsqueda y nos desaconsejan ese paseo. Por otra parte tiene el acicate de que es una zona virgen de podas y cortas.
Naturalmente no les hacemos caso porque para eso llevamos el GPS y somos expertos. Jamás nos perdemos.
Nos desviamos un poco de la senda para ver una cascada. Está bien, pero se nota que falta agua, las señales en las piedras muestran que en los momentos buenos, el cauce del río supera lo menos en diez veces lo que vemos ahora. La roca está pulida y suavizada por un desgaste continuo, nada de una tromba ocasional. Hacemos unas fotos y volvemos a nuestra ruta original.
Poco más adelante dejamos la
pista por la izquierda y nos desviamos por un camino abandonado en pendiente.
Está cubierto de hierba y tiene marcas profundas de regueros, claramente no se
usa desde hace tiempo.
Un poco de ascenso junto al
arroyo hasta que el trazado prácticamente se pierde en el bosque. No está claro
si cruza sobre el cauce o hace un cambio de sentido brusco hacia una ladera
empinada. Probablemente se trate de distintas bifurcaciones.
Elegimos la primera opción y
nos internamos en un bosque en ladera, bastante cerrado, con el suelo cubierto
de hojas, pero sin vegetación baja, se nota que entra poca luz.
El paseo por aquí no es muy
cómodo, debido a la pendiente y la humedad del suelo, que propicia los
resbalones en cuanto de descuidas. Por otra parte, lo que vemos no nos
impresiona. Los árboles no son demasiado grandes, no hay ejemplares muy viejos
ni con troncos llamativos. La verdad, después de lo de ayer, esto no aporta
mucho. Lo que si es cierto, es que resulta fácil despistarse, pues al haber
avanzado por la loma en el sentido inverso que traíamos, el terreno de va
obligando a separarte del camino que discurre por el fondo, a la vez que las
laderas se inclinan más y más, dificultando seguir la dirección que desearías.
Cuando llevamos un rato
danzando por aquí, coincidimos en que mejor lo dejamos, ya vale para hacernos
una idea, preferimos volver pronto que seguir contando hayas.
Al volver cambiamos un poco
el trazado y nos bajamos hasta el cauce del arroyo, que es por donde mejor se
puede avanzar. En una de estas con la bici ya llevaríamos un rato bastante
incómodos. Cruzamos el arroyo y poco después recuperamos el camino.
Es el momento del bocata a la sombra, así que nos lo atizamos sin miramientos, pegándole buenos estrujones a la bota. Vuelta al coche y para el pueblo.
En Ochagavía recogemos los bártulos y nos despedimos de Maricarmen. Yo creo que se ha arrugado más todavía en el último rato, ahora que le da el Sol, parece octogenaria. ¡Y pensar que, la primera tarde, cuando bajaba por la penumbra de la escalera, parecía una grácil jovencita.
Nos ponemos de viaje por un itinerario diferente, dirigiéndonos hacia el Sur prácticamente en línea recta, a ir a empalmar con la A-2. Son muchos kilómetros de carretera de doble sentido, pero no se va mal. Hasta la hora de la comida todo casi bien, sin mucha pérdida de tiempo, pero después las cosas se complican poco a poco. Nos cae alguna tormenta, después hay algún tramo en obras, luego, cuando ya estamos prácticamente a la vista de la autovía, la Guardia Civil nos desvía otra vez hacia la carretera local. Parece que hay obras, o desprendimientos, o voladuras, ¡cualquiera sabe!
Consultamos el mapa e
identificamos los pueblos que debemos parar para llegar a la autovía más
adelante, pero cuando estamos casi allí, nos corta el paso un coche de obra,
con un fulano de tez oscura que no habla español y solo dice “no carretera, no
carretera” así que vuelta para atrás y a buscar otro acceso. El caso es que
según volvemos nos adelanta un coche que viene de donde queríamos ir nosotros,
pero consideramos inútil volver y pedir explicaciones al tarugo que han puesto
allí, así que seguimos adelante.
Salimos a la autovía, hacia
Madrid, ya sin novedad ninguna hasta llegar a casa, salvo que el tráfico es
denso hasta llegar a la R-2.
En definitiva, que no somos capaces de hacer un viaje normal, ni a la ida, ni a la vuelta. No me explico yo los Fitipaldi esos que van a la playa en cuatro horas, a esquiar al Pirineo en cuatro horas, llegan a trabajar en 20 minutos. ¡Mucho mentiroso es lo que hay!
Paramos en mi casa a dejar
los bártulos y nos despedimos después de un año más de excursión. Han sido
cinco días y no se me han hecho nada largos. Félix: acuérdate que el año
próximo me toca llevar el coche, ahora solo falta pensar dónde.
Como ya tenemos los bocatas comprados y sabemos que por aquí no hay ni café, compramos pan y enfilamos derechos hacia Aribe. Nos vamos fijando en cada pueblo, comprobando que está todo cerrado, no se ve ninguna actividad. Después de varios intentos es en Garaioa donde encontramos el primer bar. Es un establecimiento bien presentado, con habitaciones. Nos atiende una señora mayor que nos cuenta cosas de la zona, de la agricultura, ganado, etc. Nos hace el numerito típico de que aquí no se queda nadie, que los jóvenes de van a la ciudad. ¡Quién cuidará de estas casas cuando nosotros faltemos! En fin, lo de siempre. Toda la historia está llena de ejemplos de pueblos y ciudades abandonados, sino que se lo pregunten a los peruanos del Machu Pichu, o más cercano, a los pueblos manchegos, que no han tenido tanta suerte como éstos, ni tanta inversión.
Cuando empezamos la ruta en Aribe ya son las diez, se ve que es nuestra hora. Subimos por carretera hasta Villanueva de Aezcoa (Hiriberri en euskera). Es un tramo durito para empezar y mejor hacerlo ahora que a la vuelta.
Vamos a hacer un recorrido
que nos hemos preparado directamente sobre el plano, procurando evitar los
tramos que ya recorrimos el domingo en coche, sin renunciar a conocer esta
parte del bosque ¡y bien que lo conoceríamos!
En el pueblo preguntamos a un viejo por el camino adecuado. También encontramos un cartelón con un croquis de la zona. Damos con la pista correcta y todo para arriba. La subida es muy dura hasta el collado de Zelane. En una de las rampas echo pie a tierra, pues tiene mucho desnivel y no apetece desgastarse tanto al principio.
Cambiamos de vertiente e iniciamos
el descenso por una pista que nos lleva al mismo barranco que recorrimos el
sábado, solo que por la ladera de enfrente.
En la bajada pasamos junto a varias bordas para guardar ganado y en la última muere el camino. Pasamos la valla que delimita la propiedad y entramos en un hayedo de los de cuento de hadas.
A partir de aquí la cosa se complica poco a poco. Recorremos el bosque y las áreas limítrofes despejadas, todo ello en ladera y cuajado de espinos.
Se impone una parada para
comer algo de fruta y recapitular. Sobre el plano está clarísimo, hay un
sendero que da la vuelta a la loma y desemboca en pista ancha. Sobre le terreno
ya es otra cosa.
Subimos y bajamos varias veces los espinos, con y sin la bici a cuestas. Cada uno de los intentos va dejando rastro en nuestras piernas. En una de las subidas sin bici llegamos a descubrir restos de lo que podría ser un sendero, o quizá una senda de jabalíes. Nueva bajada, esta vez con los pinchos de brezo a la altura de los tobillos. Atravesamos un campo de flores, que también resultan ser matas espinosas y nos hacemos de nuevo el ascenso por la pared, pero con la bici a cuestas.
Conseguimos doblar la loma de Tres Mugas y perder el sendero de nuevo, pero en una situación todavía un poco más complicada que la anterior. Vamos perdiendo altura y nos internamos en un bosque de hayas muy oscuro, con el suelo cubierto por una densa capa de hojas que no ha debido hoyar nadie durante mucho tiempo. En uno de los puntos, la inclinación es tal que no puede bajarse por derecho, ni siquiera bajados de la bici, la cosa va de tirar la bici para bajar arrastrando el culo, o bien tratar de aproximarnos recorriendo la arista. Optamos por la segunda opción, aunque se da más vuelta. En nuestro recorrido espantamos a un grupo de ciervos que estaban tumbados a la fresca. Estamos abajo, en un rincón oscuro con orientación Norte donde se filtra poca luz. Los troncos están cubiertos de musgo y la sensación es sobrecogedora.
Intentamos desplazarnos en el sentido del río, que oímos mucho más abajo, al fondo de un barranco. El problema es que es doblar la primera curva del río, cambiando de orientación y el aumento de luz ha facilitado una vegetación muy densa, intrincada, que tendríamos que ir apartando con machete. La mayoría es rosal salvaje, que como es más alto nos va dejando las marcas en la parte alta de las piernas y los brazo. Ya no se trata de que “el gato es mío” lo que pasa es que además es muy nervioso y no para quieto.
¡Ahora que hacemos! Ya dudamos de que la pista del plano exista, además hemos bajado mucho, por sitios que no es fácil pensar en desandar. No sabemos si nos queda mucho o poco. En el gps vemos que el sábado estuvimos a 800mts de aquí en línea recta, pero separados por un barranco bastante profundo. ¡Es desesperante! Además no podemos culparnos el uno al otro, porque la rutita nos la hemos pintado juntos y a los dos nos pareció estupenda. Cada vez que dejamos las bicis para buscar un sendero, nos cuesta encontrarlas porque hay una vegetación muy espesa.
Nueva parada para comernos la fruta que nos queda y beber un poco más de agua. ¿Tendremos bastante?, ¿cuánto va a durar esto? Lo que está claro es que la ansiada siesta en la que pensaba Félix se aleja de nuestras posibilidades por completo.
La última parada ha sido sobre un pequeño reguero de agua, hay un barrizal removido, que debe ser donde se rebozan los gorrinos para desparasitarse. Aquí decidimos dejar las bicis y hacer un último intento en busca de la salida. Si éste no nos sale, tenemos que aprovechar las horas de luz que queden para salir por donde hemos venido, al menos hasta la pista que terminaba en la borda.
Son cerca de las 17:00 y aunque hay luz para bastante rato, no apetece pasar aquí la noche porque además hará frío. Hay que tomar decisiones ya. Félix marca un waypoint en el lugar que dejamos las bicis y nos tiramos ladera abajo, en dirección al río. Si conseguimos llegar la cauce, esperamos que al menos podamos ir por dentro del agua, llevando la bicicleta al hombro un par de kilómetros y procurando no resbalar en las piedras cubiertas de verdín. Esto permite imaginar cómo es la alternativa que hasta ahora venimos recorriendo.
Nos internamos en un bosque de árboles espinosos (creo que es espino Albar), que alterna con hayas que nacen en arbusto, con muchas varas juntas desde el suelo. Afortunadamente la altura de los espinos nos permite caminar por debajo, pues solo faltaba que nos marcásemos la cara y todos pensaran que, además de follarnos al gato, queríamos darle un morreo.
En un punto del bosque, ya
próximo al agua encontramos un sendero, que después se hace más ancho, aunque
difuminado. Es el resto de alguna pista de servicio o un acceso antiguo para
sacar madera.
Félix dice de volver a por las bicis, pero yo quiero asegurarme de que esta vez si hay salida, así que lo recorremos entero y vamos comprobando el estado de abandono en el que está. A veces va por el río, hay árboles caídos, alguna zona en la que está totalmente cerrado de zarzas, pero sólo la sensación de comprobar que vamos por donde en algún momento hubo trazada una pista, nos da confianza.
Son pocos arañazos más los que necesitamos para llegar a la pista principal. ¡Estamos salvados! Ahora ya solo queda esfuerzo, pero sin incertidumbre. Hay que volver a subir por donde vinimos hasta el punto donde estaban las bicis. Nos ayudamos del gps para poder encontrarlas, pues no es fácil. La bici de Félix está pinchada, pero esperamos a arreglarla a un punto un poco despejado. La ida y vuelta se lleva más de una hora, la repetición del recorrido arrastrando la bici también lleva lo suyo. Tengo la sensación de haberme pinchado tres veces con cada zarza.
Hemos salido a la pista, se acabaron los problemas, ya solo quedan las cicatrices de recuerdo, la sed y las ganas de llegar. Pedaleamos suave y contínuo por pista y luego por carretera hasta llegar a Aribe.
En la gasolinera del pueblo nos tomamos unas cervezas y patatas fritas para descansar un poco y recuperar fuerzas. Nos damos cuenta de que esta historia yendo los siete juntos hubiera sido un verdadero problema. No es posible ponerse de acuerdo y moverse por un sitio así tanta gente de forma coordinada.
Bueno, vuelta al pueblo. Hemos hecho 26 kilómetros de bici y no se cuantos andando. Está claro que cada excursión necesita de su miajita de aventura intrépida, pero reconozco que se me va pasando la edad y las ganas.
Hoy nos hemos follado al gato enfadado
A la entrada al pueblo volvemos a ver desde le coche a la moza pechugona que ayer por la mañana, no puedo reprimir una exclamación con la ventanilla bajada, creo que nos han oído.
Nos cambiamos de ropa y
echamos una sidra. Nos encontramos otra vez con Javier, el del caballo. Nos ha
prometido que nos enviará información de su tierra, para que le visitemos el
próximo año. Verdaderamente es una opción, pues queda más cerca y también tiene
su encanto.
Cenamos en Escaroz y de regreso nos tomamos nuestra copa en Auñamendi. Esta noche toca gin&tonic.
Nos levantamos a las ocho y
cuarto y nos vamos a desayunar. El bar está cerrado hasta las 9h. Así que ya
sabemos por qué nos clavaba Maricarmen, era por el madrugón, no por el
desayuno. Volvemos ya vestidos de ciclistas a tomar un café y unos bollos
industriales, pues no hay más opción. Conocemos a Javier, un tío prejubilado
que está por allí de excursión a caballo, luego coincidiríamos más veces.
Después del desayuno compramos vituallas en la tienda y nos preparamos para iniciar la marcha. La bici vuelve a estar pinchada, delante y detrás, así que otro ratito de reparaciones antes de salir. Mientras estamos con nuestro taller montado a la puerta de la casa, llega una pareja a preguntar si hay habitación para dormir. Ella es como la Angelina Joly, pero más a lo bruto. De verdad que impresiona y ella lo sabe. Su busto nos deja trastornados lo que queda de excursión, a partir de ahora, cualquier curva en el paisaje nos trae su recuerdo. ¡Lástima que no se quedaran en la casa!
Por fin nos ponemos en marcha a eso de las 10h. No había hecho falta madrugar tanto. Nos cuesta encontrar el enlace con el GR-11. Preguntamos a una vieja de la zona por distintos puntos de referencia y ella contesta que no sabe, que desde que le han puesto a todo los nombres en vasco, ya no sabe ni donde vive. Es el camarero del restaurante el que finalmente nos indica el camino adecuado.
Los primeros 4 km de subida inicial son muy duros, con pendiente pronunciada y de piedra suelta en el suelo, luego suaviza pero sigue subiendo. Hace calor.
El primer cruce importante se
llama Gatzarrapalda (1230). Aquí la pista llanea un poco, hay bosque de abeto
salpicado de algún haya, también algún terreno de cultivo.
Nos encontramos con un francés que está empezando la transpirenaica. El tío piensa ir y volver andando durante todo el verano, se ve que tiene tiempo. Nos pide permiso para hacernos una foto. A lo mejor es de este capullo la navaja Opinel que he encontrado hace un rato. ¡Pues va a cortar las rajas de chorizo con dos piedras!
Llegamos al alto de Zotrapea
(1318). Hay una zona de barbacoas y mesas. Desde aquí al portillo de Hilarión
(1350). Ahora ya toca bajar y lo hacemos por el GR13, que discurre junto al río
Binies. Es una bajada suave, con vegetación muy variada que va cambiando poco a
poco el pino por hayas, vamos despacio, disfrutando del paisaje. Paramos a
hacernos unas fotos junto a una presa de mampostería en ruinas. Bonito paraje.
Antes de llegar a Vidangoz hay otra presa, ésta más moderna, que está adecuada como piscina natural. El paraje está despoblado, así que aprovechamos para darnos un baño en pelotas. Ya vestidos y en la bici vemos que se acerca una jovencita, ella se lo pierde. ¡Que hubiera corrido más!
Estamos cerca del Roncal. En el pueblo nos cuesta encontrar un bar. Está todo cerrado y no se ve un alma. Finalmente nos abren la puerta de uno y nos cobran 4,90 por cuatro botellines. Encima con la poca vergüenza de decir que es por dos de los cascos, que nos llevamos para tomar el bocata en el campo.
Nos cuesta encontrar un sitio
agradable a la sombra, finalmente nos instalamos entre dos casas, ya a las
afueras del pueblo, en la parte alta. Las vistas son muy buenas. Me dan ganas
de tirar desde aquí los cascos, a ver si le doy a la del bar en la cabeza, pero
me corto y nos limitamos a dejar todo muy recogidito en una bolsa de plástico,
a la puerta de una de las casas, para que los dueños nos hagan el favor de echarlo
a la basura cuando salgan.
Seguimos por carretera hasta cambiar de valle. Pasamos por el pueblo de Igal, en el que tampoco se ve a nadie. Poco después del pueblo abandonamos el asfalto para subir por pista el barranco de Larraiza. Hace mucho calor, vamos parando en las zonas sombreadas del camino. La pendiente comienza suave, pero luego se empina y el firme se deteriora, con mucha piedra suelta. Tenemos que aprovechar cada sombra del camino para descansar un poco. No se como nos apañamos siempre para dejarnos un tramo duro de la ruta para después de comer, cuando más calor hace. Nos cuesta dos horas subir hasta los 1300 m de altitud, luego ya es un sube y baja suave por la misma zona que coronamos por la mañana.
La bajada hasta Ezcaroz también es por pista de piedra suelta, pero ya cuesta menos.
Luego carretera a Ochagavía y directos a la piscina natural del pueblo, que está fenomenal, con su pradera de hierba y zona de sombra. Hay chavales bañándose y sus madres tomando el sol. Rezongamos un poco en la hierba y llamamos a casa para dar novedades. Nos hemos hecho 60 kilómetros, que tampoco está mal.
Nos cambiamos en casa y
compramos provisiones para mañana, así no perdemos tiempo. El capítulo de
regalos no merece la pena, es todo caro y sin ningún interés.
En la terraza del bar de la
plaza nos echamos una botellita de sidra para reponernos y hacer tiempo hasta
la cena.
A cenar vamos a Hornos, al
hostal Salazar. Aquí coincidimos con Javier, que está alojado. Ya ha terminado
de cenar, pero cruzamos unas cuantas frases antes de que se marche, tiene casa
en la Sierra
de la Demanda
y vive en Miranda de Ebro.
Nos sirve la cena una chica
joven totalmente disfrazada de bruja. Nos cuenta que donde hay marcha es en
Ochagavía ¡cómo será esto entonces!
De vuelta en Ochagavía nos tomamos un whisky que nos ayude a conciliar el sueño y nos vamos casa Dukea. En el puente vemos a un alicantino con su hijo, intentando pescar cangrejos con un ratel. No nos habíamos fijado que hay unos bichos enormes, que parecen casi bogavantes. Tienen una marca blanca en una de las pinzas, nos dicen que se llaman cangrejos “seña”, que alguien echó algún día y se han aclimatado bien. El fulano se asusta cuando Félix dice que la pesca del cangrejo está muy castigada, tira el cebo y recoge. Me hubiera gustado ver uno de cerca, incluso probarlos con tomatito, cebolla y un poco de picante.
Nos reunimos todos en torno a
la mesa de Maricarmen (cada día que pasa la veo más arrugada) para que nos
clave otros cuatro euros a cada uno por el desayuno. Esta vez debió darle
vergüenza y nos hace un zumo de naranja. Aun así, es un sablazo impresionante.
Vista de Ochagavía
Ahora si que hay que tomar una decisión: montamos o no. Todavía estamos todos doloridos del día de ayer y con menos ganas si cabe. Alfredo sigue haciendo gala de su afición a las dos ruedas y se decide a montar en cualquier circunstancia. ¿Quién quiere montar en bici con Alfredo? Nos rajamos todos definitivamente y nos llevamos la lección bien aprendida: el próximo año no hay que exagerar tanto en la primera ruta.
Decidimos dedicar el día al
turismo por la zona, que tampoco está mal. Vamos en el coche de Miguel y el de
Jesús, que se lo juega a los chinos con Félix. Deberíamos haber llevado el de
Félix, pues a estos luego les queda un largo viaje a casa.
Nos vamos a conocer la fábrica de armas de Orbaizeta, que es lo más nombrado que hay por aquí. Se trata de unas ruinas situadas a la entrada de un barranco. La construcción debió ser grande, aunque nunca vistosa, pues los restos permiten identificar un edificio industrial del dieciocho, sin gracia ni arte. No hay restos del techo y solo quedan lo que fueron muros de carga, con los pasos con arcos poco esbeltos que tuvo originalmente.
Quizá el punto más llamativo
es que parece que corría un cauce de agua por dentro del edificio, una
canalización del pequeño río que viene del barranco que posiblemente se
utilizara para servicio de la fábrica, bien como fuente energética para un
molino o para enfriar piezas procedentes de la fragua, que para beber seguro
que tenían botijo.
La maleza nos impide recorrer
el edificio por dentro y la vista desde el exterior nos parece suficiente como
para no complicarnos la vida.
Cerca de la fábrica hay una
iglesia de porte alto, con mucha capacidad. Parece que estuviera en obras de
restauración, pero al acercarnos comprobamos que no, que lo que pasa es que
está destinada a cuadra de ovejas y almacén de materiales. La zona la completan
unas pocas casas aledañas, donde no hay ningún tipo de información ni
establecimiento hostelero ¡joder! Para esto no hacía falta poner carteles desde
tan lejos, ni anunciarlo en todas las guías de la zona.
Seguimos viaje por el GR-11,
que es una pista de hormigón por la que se circula perfectamente y ahorra un
montón de kilómetros en el camino a Saint Jean, que es donde nos dirigimos
después.
Es un ascenso agradable que
teníamos previsto como ruta alternativa en bici. Está muy bien, con bastante
vegetación y todo verde. Al alcanzar la cima vemos un rebaño de ovejas raras, con
cuernos, dicen que son mutones (mutton quiere decir cordero en francés, así que
seguro que son otra cosa), el caso es que llevan las lanas largas y colgadas
del lomo, dando la sensación de un abrigo desabrochado. Hacemos unas fotos al
rebaño, pero no se dejan mucho y nos enseñan el culo. Se ve que éstas ya son
francesas.
Disfrutamos de las primeras
vistas de la cara Norte. Se divisa un mar de niebla que deja intuir un paisaje
más verde todavía. Bajamos hasta el río por dentro de un frondoso bosque, de
los que impresionan, mientras disfrutamos de unos minutos musicales a cargo de
los CDs de Jesús, en concreto de uno que dice Julio que ¡es la polla! Luego
pasamos a otros ritmos más clásicos que les sirven a Félix y Jesús para porfiar
si el tango que escuchamos lo canta Machín, poniendo acento argentino.
Llegamos a San Juan de Pie del Puerto. Es un pueblo bonito, muy turístico, con un casco antiguo amurallado y cerrado por grandes puertas. Su posición fronteriza debió exigirle una configuración defensiva.
Saint Jean de Pied de Port
Está bien conservado y
totalmente dedicado al turismo. Las tiendas y restaurantes parecen caras,
aunque por pasear no cobran –todavía- A Jesús le miran con mala cara por
ponerse una boina para hacerse una foto. Vemos algunos peregrinos y aderezos
típicos para la excursión turístico-religiosa que pasa por aquí.
Nos encontramos con el matrimonio ciclista, los que estaban en el alto de Tapla. Esta vez se enrollan mucho más y nos tienen un buen rato contándonos sus andanzas. Son de San Sebastián y casi se disculpan al decirlo. Se ve que son parte de la ciudadanía pija de aquella plaza. Ella va tan estupenda como siempre y flirtea con nosotros a su gusto, que si qué fuertes sois, que si que rutas tan largas, que yo también puedo… le lanza miraditas a Juan y se deja impresionar por su porte gallardo. El marido pasa, debe estar acostumbrado. ¿Os acordáis del año pasado? ¿Cuando se nos enrollaba una piba con mantón delante de su marido en el alto de la Farrapona?
Ya conocemos el pueblo, así
que nos volvemos por Roncesvalles. Desde el coche preguntamos a una por la
carretera de vuelta, pero no nos enteramos mucho, pues todos la miramos al
escote.
Llegamos a la basílica y damos una vueltecita por allí. Está bien esto, también muy turístico, con buenas vistas y algunos bares. Visitando la iglesia, Félix se fija en un cochecito de gemelos y en una imagen cabezona de Santiago apóstol. ¡Coño!, vamos a llamar a Santi. Efectivamente, ha sido toda una premonición. Su mujer acaba de parir hace media hora. Todo ha ido bien y los niños están perfectos. Recibe nuestra enhorabuena y también las primeras ofertas para comprarle la Merida, que ya no la va a usar mucho.
Para comer entramos en
Burguete, en el hostal Loizu. Ocupamos una mesa redonda, que nos viene muy bien
para vernos todos y charlar, pero colocan enfrente a una parejita, ella con un
pronunciado escote, que deja ver su piel nívea e intuir sus magníficas tetas.
Poco a poco vamos desplazándonos por la mesa redonda para quedar todos en el
mismo semicírculo, de frente a la moza. La situación es embarazosa, el pobre
novio no sabe donde meterse y evita cruzar la mirada con nosotros, ella no lo
evita pues se está divirtiendo un montón, nosotros hacemos fotos aumentando
progresivamente el descaro.
Desde el restaurante hablamos
con Alfredo. Va todo bien, está a punto de terminar la ruta prevista sin
incidentes. Parece ser que es una ruta bonita, que Félix y yo nos guardamos
para mañana.
Volvemos por Garralda sin mayor novedad. Alfredo ya se marchó, nos le cruzamos por la carretera. Los demás preparan sus bártulos y emprenden vuelta. Los que se quedan no les queda más remedio que dormir la siesta.
Cuando nos despertamos encontramos la cámara de fotos de Julio, que se la ha dejado en el portal. Cuando hablamos con él, le vacilamos un poco antes de reconocer que la teníamos a buen recaudo.
Nos damos un paseo andando por la pista de esquí de fondo de Pikatua. Ayer pasamos por el mismo punto en bici, aunque con otro recorrido. Después subimos en coche el puerto de Larrau. Hace aire. El atardecer por el lado Norte está muy bien, se ve cómo las nubes se arrastran por debajo de nosotros, pasando de una vertiente a otra, pegadas a las lomas próximas. Hay puesto de caza de palomas por toda la cuerda. Justo en el puerto hay unos montañeros preparándose para pasar la noche en pequeñas tiendas unipersonales, en un camino en cuesta bastante ingrato.
Ya de vuelta, pero muy cerca
de la cumbre, recogemos a un caminante en manga corta, que se dirige a
Ochagavía. Es maestro en el instituto del pueblo y salio a andar esta mañana a
las seis. Se apegado una buena paliza, creo que se ha despistado, pues está
atardeciendo y le quedarían cerca de quince kilómetros de vuelta por carretera.
EL dice que no, que conoce muy bien la zona.
Nos cuenta algunos detalles
del pueblo y de la historia de la zona, también nos indica algunas rutas y
sitios pintorescos para visitar ¡lastima no tener más tiempo! Nos despedimos en
el pueblo habiéndole salvado a este hombre de una noche casi segura al raso,
pues por allí no pasa nadie y en cuanto se vaya la luz, el que pasa no para.
Arreglo el pinchazo de la
bici que tenía pendiente y nos vamos a cenar. La sidrería está cerrada, el otro
restaurante es un carero, así que nos vamos a Auñamendi. Esta noche el local
está desangelado, solo hay una pareja de guiris enrollándose con el camarero y
atufando todo con humo de pipa. Después de cenar tomamos un whisky.
Hasta aquí hay que imaginar
el prólogo cursi de todos los años, que si ya van cinco, como Indurain, que si
qué bien lo pasamos juntos, cuánto nos queremos, hay que ver lo sano y
divertido que es esto. Pero bueno, ya nos lo sabemos todos y basta con leer lo
del año anterior.
Lo del viaje ya es otra cosa,
aquí cada año tiene su puntito y siempre hay algo que pone personalidad al
tema, dando lugar a las primeras anécdotas.
Hacemos una huída rápida del
curro –cada cual del suyo- para intentar ponernos en camino cuanto antes. Félix
lleva todo cargado, así que nos vamos a mi casa, añadimos mis bártulos y
comemos un bocata..
Los acoples de este año son
Juan y Miguel en el Passat, conduce Miguel; Jesús y Julio en el Scenic, no
conduce Julio; Félix y yo en el Honda, conducimos a ratos; y Alfredo solo, no
puede delegar.
Es increíble lo sincronizados que estamos todos (menos Alfredo), coincidimos en la carretera con muy pocos kilómetros de diferencia, aunque para ello sea necesario que alguno se pierda un poquito. Jesús se despista en la misma M-40 y aparece en el peaje de la R-2, preguntando en la garita que “cómo se va a la R-1” –no existe- es la lacónica respuesta de la empleada, así que se apañan como pueden para salir a la de Burgos por ahí por Algete.
Paramos a comer en un área de descanso, en el Km 152, y es cuando aprovechamos para saludarnos todos y cambiar impresiones. Los que no llevábamos comida compramos unas latas, yo una de pimientos, que le cargaría a Julito el día siguiente.
Seguimos viaje los tres
coches juntos. De Alfredo ya tenemos noticias, está en el atasco de salida de
Madrid. Por una vez, se ha puesto en camino antes de que anochezca.
Llegamos a Vitoria y, siguiendo la premonición de Julito, en vez de rodearla, nos metemos de lleno. Paseamos por sus calles y avenidas, visitamos sus parques y entablamos relación con alguno de sus ciudadanos, pues creo que llegamos a preguntar hasta dos veces al mismo. Bonita ciudad, buena gente, magnífico urbanismo, ¡pero joder!, nosotros a lo que vamos es a montar en bici.
Por casualidad o por
agotamiento del callejero, acabamos dando con la carretera de salida y
enfilamos a Pamplona. Más autopista de peaje, más despistes en la salida.
Tenemos que casi sobornar a uno en la taquilla de pago, para que les asegure a
los de atrás que este camino es el bueno, que no vamos mal y que llegaremos
enseguida.
Damos también una vuelta no
intencionada por Pamplona, salimos por la carretera de Donostia y tenemos que
retroceder, todo sea por ir esperando a Alfredo.
Luego ya llegamos a
Ochagavía, pues una vez abandonada la autopista no nos perdemos más ¡eso para
que hablen de las nuevas vías de comunicación!
El pueblo está bien, el río
está bien, las casas están bien y nuestro alojamiento está bien, pero en cuanto
a la gerencia, María del Carmen es una chiquita rubia que regenta la casa del S
XVIII donde nos alojamos, y creo que lo hace desde su inauguración. Todos
coincidimos en que molaba más la rusa del año pasado, con sus carnes abundantes
y su sonrisa infantil, desinhibida.
La casa tiene un portalón
amplio en la planta baja, con el suelo empedrado y muebles de madera antiguos,
probablemente la antigua cuadra. En la primera planta hay un pequeño salón y
las habitaciones de Maricarmen, permitirme que lo ponga así, es más cariñoso. Aquí
desayunamos, junto a la cocina, qué intimo. En la segunda planta hay un pequeño
distribuidor y las habitaciones de todos, con dos baños a compartir. Molan los
suelos de tarima antiguos y algunos detalles de arquitectura de la casa, como
el balcón o las vigas, pero el acabado final, sobre todo el de los baños, se
queda bastante justito. Es que debe ser muy difícil y muy caro poner en
funcionamiento un caserón de este tipo con todos los detalles al nivel que
merece el edificio.
Casi no nos ha dado tiempo a
instalarnos cuando llega Alfredo, que a poco más nos come la diferencia de
horario en la salida y nos adelanta, claro como nosotros nos íbamos equivocando
por él… Seguro que no ha parado a comer, ni ha vacilado con el coche, ni a
intimado con todos los habitantes de Vitoria ¡joder que envidia me da!
Nos vamos a cenar a
Auñamendi, que es el hostal-restaurante que hay en la plaza del pueblo. Tienen
un menú de 12 euros que no está mal, pero tampoco para sorprender. Las alubias
son ricas y efectivas, y el pato que
tomo de segundo pondrá un perfume picante a los gases propios de la combustión
intestinal.
Para que nos baje la cena vamos al pub del pueblo a tomar una copa. Nos la sirve un camarero mayor, con la cara muy triste. Hay un grupo de chavalines jugando a las cartas y tres viejos siguiendo la retransmisión en euskera de un partido de pelota ¡que ambientazo! Para alegrar un poco el fin de fiesta y que no nos vayamos a la cama decaídos, Jesús nos hace un pase de modelo en tanga negro, y luego que cada uno apague su lívido como pueda.
RUTA DE BICI, Sábado18-06-2005
Los desayunos con Maricarmen. Debería ser un programa de
radio o un espacio de televisión local. Aquí estamos, todos juntitos, vestidos
de colorines, alrededor de una mesa camilla, mientras nuestra chica nos provee
de tostadas, café y zumo de bote. Es un desayuno sencillo, abundante y caro de
cojones, a 4 euros cabeza. Estamos pagando las viandas como si lo tomáramos en
un hotel de lujo, o como si lo sirviera una camarera de lujo en paños menores,
que también podría ser.
Preparamos las bicis,
compramos el pan y llenamos los depósitos de agua en la fuente. Alfredo se ha
traído Solan de Cabras, que suena cursi, pero cuando probamos lo que daba el
ayuntamiento por el caño, lo echamos todos en falta.
Salimos por carretera hacia
el alto de Tapla. Son 14km cuesta arriba, pero suave. Jesús y yo nos quedamos
atrás para hacer una subida cómoda. Luego se nos uniría Miguel. Es un ascenso
suave gracias al firme, que pendiente si que hay. Poco a poco cogemos altura y
los prados se hacen más verdes.
En el alto encontramos
pastores con sus rebaños. Hay unas cercas de madera donde están agrupando
ovejas con algún criterio oculto que se me escapa. Mientras los pastores
también se agrupan, pero el criterio es más entendible: charla y cigarrito.
Una escena bucólica, con los
perros esos de lanas que resultan tan graciosos –al que le gusten- y los corrales
de madera ¡por cierto! Sorprende que las vallas son de maderas nuevas y
tratadas, con tornillo y tuerca de acero inoxidable. Esta región exuda pasta
hasta en las alturas.
Nos cuenta uno de los
pastores que hay 3000 ovejas, muchas me parecen, pero no es cosa de ponerse a
contarlas. Ya decía mi abuelo: cuesta menos creerlo que ir a verlo.
Mientras enredamos por el
alto, llega un matrimonio madurito con bici de montaña (con bici, no en bici,
ya que éstas van subidas a un Volvo 4×4 putamadre). Paran por allí y miran el
plano de la zona, como nosotros. Cruzamos algunas frases y es evidente que se
trata de una parejita de diseño: sus pendientes, labios pintados y ropita a
juego. Entiéndase que me refiero a ella. Sus canas onduladas, guantes de los de
agujeritos y retrovisor de globerazo en el manillar de la bici. Entiéndase que
no me refiero a ella.
Aquí dejamos el asfalto por
la derecha y tomamos un camino ascendente que está como grabado en el suelo,
hundido. Sirve a la vez de camino y arroyo. A ratos vamos por roderas que nos
obligan a guardar fila (véanse fotos del globero dando testimonio). Alcanzamos
el alto de Auztarri, con las primeras vistas del pantano de Irabia y los
bosques que rodean. En la cuerda sopla aire, nos ponemos a resguardo. Paradita,
barra energética y revisión de planos. Vemos algunos caballos y buitres.
La bajada nos va metiendo
poco a poco en un bosque de hayas. El Globero grita al pasar junto a los
primeros ejemplares y se tira corriendo de la bici –no sea que se vayan a
escapar- para preparar la cámara y hacer fotos de los árboles. La bajada es un
poco trialera, con el suelo cubierto de hojas y un bosque que se va haciendo
más frondoso. Hay puestos de caza situados en alto, con escaleras que suben a
los árboles o con montajes de andamios. El suelo está sucio de cartuchos.
Parece una de esas zonas de espera para zumbar a las torcaces migratorias. No
le veo la gracia.
Hacemos otra paradita y más
fotos. Ya nos hemos dado todos cuenta de que el agua que llevamos en la mochila
es imbebible. Está malísima. En cuanto Alfredo se descuida, Julito le pega un
tiento a su botella, que es de marca. A partir de aquí tendrá que estar al
quite, si no quiere compartir agua y babas.
En la bajada me araño con los piñones o con el pedal y estrenamos el botiquín de Félix para limpiar un poco la herida. Seguimos por una pista rápida hasta el río Iratí, que se cruza por una plataforma de hormigón sobre la que corre una corriente fina de agua. Hacemos más fotos y nos mojamos los pies un rato. Se ve que vamos sin prisa.
Vamos en paralelo al canal de
Irabia, algunos tramos por encima. Es un sendero estrecho y frondoso, con
puntos un poco más difíciles. Jesús, por no querer poner el pie, pone el culo y
además con fuerza. Se hace daño, pero no hay grandes consecuencias. Juan pincha
con un alambre, resto de la valla que llevamos al lado. Sin nada más que contar
salimos a la presa. Hace calor y hay que pararse buscando las sombras. Aquí ya
coincidimos con más turistas, que hasta el momento veníamos muy solos. Uno de
ellos echa pie a tierra en un repecho y le pega al sillín con rabia.
Modificamos la ruta original
y, en vez de pasar junto al pantano por el lado sur, le damos vuelta y media
¡que no se diga! Vamos por un camino suave, entre árboles, del que nos
desviamos en dirección al agua en un punto llamado “El Paraíso”
Es el momento de la comida.
Antes o después nos bañamos todos en el pantano, menos Juan y Alfredo, que son
más cohibiditos. Jesús nos demuestra la difícil técnica del melocotón
submarino, que requiere de un culo redondito y peludo, para darle realismo. Hay
alguna foto de las mejores escenas de pareja, que me recuerdan esas tomas que
hacen los paparachi a Ana Obregón todos los veranos: que parezca que no quiero, pero que salga guapa. Nos hacemos unos
buenos bocatas y damos cuenta de la lata de pimientos que ha cargado Julio todo
el camino. Si se descuida no los prueba. El agua sigue estando malísima y
Alfredo sigue vigilando con celo su aljibe personal.
Después de comer iniciamos la
ruta despacito, pero como siempre, por poco tiempo. Acaba siendo todo un sprint
a treinta por hora, poniendo al píloro en un aprieto digestivo.
Llegamos a la frontera con
Francia, en el puente de “La
Cuestión”. Se trata de una zona que fue objeto de disputa
territorial durante mucho tiempo y se resolvió con algún tipo de acuerdo de
compensaciones que ahora ya no le importan a nadie, creo que a las reses que
por allí pastan no les importó nunca ¡lástima que los humanos tardemos a veces
tanto tiempo en llegar a la inteligencia animal!
Completamos la vuelta al
pantano en un punto que se llama Casas de Iratí. Hay un centro de información,
una zona de aparcamiento, mesas y por fin una fuente con agua como Dios manda. Algunos
pegan la hebra con la guardabosques, aunque no nos suministra ninguna
información de interés. Creo que está más especializada en lo que es el cuidado
de rebaños de domingueros. Se ve una panda de gente con bici, de los que no
montan nunca y pretenden salir una vez al año con cara de ventura y cabalgando
un hierro infame.
Hay que seguir, así que tomamos la carretera de subida y nos alejamos de la manada. Juan decide entretenernos con un magnífico caballito, que le hace tirar la bici de lado y aterrizar, casi de barbilla, con las manos fuera del asfalto, junto al zarzal. ¡Tiene güevos! En la subida pincho.
Dejamos el asfalto a los dos
kilómetros y cogemos una pista frondosa, que después de subir un poquito,
inicia una bajada rápida entre hayas y abetos. Es precioso. Lástima que vayamos
tan rápido, pues es de los tramos más bonitos de la ruta. Vamos a parar junto
al embalse de Kousta. No es muy grande, pero ésta todo verde alrededor y se
reflejan los árboles. Sigue haciendo calor.
Ahora hay que subir y, por una vez, lo hacemos todos despacito, dejando que Jesús marque el ritmo. Ahora va muy bien el tío y los que se quejan de agotamiento son Miguel y Julio, creo que Juan también rezonga un poco. Las próximas referencias son el barranco de Pikatua y la Cruz de Osaba, donde estiramos un poco el ritmo y aprovecho para ponerle las pilas a Alfredo muy limpiamente, empezando desde atrás y sin truco (coño, para una que gano…) Félix se para antes de coronar, según él para esperar al resto y que no se pierdan, ¡ya!
Tocamos la carretera en un
punto y hay un bar, pero cerrado. Rápidamente cogemos pista de nuevo y a seguir
subiendo. Estamos a 1400mts y la temperatura se suaviza un poco, corre algo de
brisa y se ésta bien. Hay unas cuantas pendientes muy duras, donde más de uno
echa pie a tierra. En algún tramo hay que ir por profundas roderas de coche o
por fuera del camino, donde la vegetación te frena mucho. Además un cabrón deja
el landrover parado en el camino, a mitad de pendiente.
El alto de Abodi (1500mts) queda
justo a nuestra izquierda. Subimos y seguimos por la pista de esquí que recorre
la cuerda hasta el pico Dukea. Estamos todos bastante cansados. Aquí podríamos
haber hecho una bajada por carretera, con lo que la ruta nos hubiera salido redonda,
casi perfecta, pero no, mejor seguimos por la bajada trialera hasta el pueblo.
Vuelvo a pinchar, pero esta
vez ya solo doy aire y continuo. Llegamos al Paso de las Alforjas. El atardecer
tiene una luz preciosa y aprovechamos para hacernos una foto “culo al sol” apoyados
sobre un dolmen. Alfredo se corta.
Bajamos por unos montículos
sin camino hasta Arburria, entre rebaños de ovejas. A Julio le da un calambre y
además se da un planchazo. Cruzamos el arroyo y tomamos el GR11, que no es
ciclable ni de lejos. Aquí hay que bajar una especie de escalones, entre
piedras y arbustos que te cierran completamente el paso. Algunos son acebos. A Julio
hay que curarle el arañazo. Estamos sacándole partido al botiquín.
Otra vez rampas de subida muy
duras, me pico con Alfredo y le paso, pero me despisto y esta vez pierdo ¡hay
que contarlo todo! Salimos a la carretera que va a la ermita de Muskilda. Aunque
no llevo mapa, vemos el cielo abierto y nos tiramos por carretera hacia el
pueblo, pero elegimos mal y vamos a la ermita de todos modos. Aparecen Alfredo
y Félix, que han elegido pista, y ya bajamos todos juntos por un camino
empedrado, que con las pocas fuerzas que me quedan hago casi todo andando.
Estamos un poco hasta los
cojones cuando vamos llegando al pueblo, entre las diez menos cinco y las diez
y diez, según la habilidad de descenso de cada uno. Estamos muy jodidos, con la
clara sensación de que se nos ha ido la mano y Julito además de mala leche.
Lleva rato diciendo aquello de que “yo ya no me estoy divirtiendo” Además rompe
un zapatilla.
Duchas, cambio y cena a eso
de las once. Nos vamos a Ezcarroz, a un restaurante que está bastante animado
para lo que se da por aquí. Parece increíble, pero en un local que no tendrá
más de quince mesas, hay una con siete tías solas, cenando juntas en un pueblo
de montaña. Podría ser perfectamente la historia de siete novias para siete
hermanos, pero no, basta con verlas la cara.
El camarero es grandote y
vacilón, creo que tiene un ramalazo, pero cualquiera sabe, con ese tamaño mejor
evitar bromas. Lo que si que nos deja muy claro es que no tiene torrijas y se
lo repite a Julio con desparpajo. Los garbanzos están buenísimos.
Durante la cena se repasan las vicisitudes de la ruta, lo del 100% ciclable, las excelencias del paisaje y lo jodidos que estamos todos. La experiencia es lamentable y nos está dejando sin ganas de dar pedales al día siguiente, pues hemos tenido bastante con los 85 kilómetros de hoy. Solo Alfredo insiste que él quiere montar a toda consta. Félix parece decir que sí, pero sin convicción, Miguel que no le importa quedarse solito, Julio sigue enfurruñado, pensando en su zapatilla rota. A mi no me apetece, pero acepto la mayoría. Hacemos un sondeo democrático y, sin necesidad de recuentos complejos parece que estamos todos un poco vagos. Aplazamos la “cuestión” para el día siguiente, que más tardaron españoles y franceses en resolver la suya por estas tierras y a los montes y bosques no les importó esperar.
Reencuentro con Santi después de un montón de tiempo. Parece
que su embarazo se estabiliza y le da un respiro hasta que nazcan la pareja,
que luego…
El día se presenta claro y frío, aunque nunca hubiéramos
esperado que tanto, tenemos por delante una ruta larga, con buen paisaje y un
par de puertos de los que bien conocemos.
Nos ponemos en camino hacia la Morcuera, por la pista
habitual que, no se si es por lo manida, se sube con facilidad, sin forzarnos,
reservando fuerzas. Julio reserva un poco menos ¡y es que le sobran al jodío!
Los robles todavía no tienen hoja y el suelo conserva
frescor, pero no la humedad que correspondería a esta época del año. Me parece
que esta temporada la hoja será escasa y algunos ejemplares no resistirán. Aún
así, el paisaje de la subida es inmejorable, el ambiente está muy limpio y la
visibilidad es buena.
Tres párrafos después supóngase que ya hemos llegado a la
última vuelta del camino, donde pega un aire de cojones antes de salir a
carretera. Además es aire frío, con una sensación térmica muy inferior a la
temperatura real. A pesar de la subida, vamos abrigados y no nos sobra nada.
Pasamos el puerto de largo y paramos en el refugio, que está
un poco más resguardado. Poco negocio les dejamos, pues nos comemos nuestras
provisiones y seguimos ruta. Eso sí, nos llevamos nuestra basura, pues nos dan
a entender que si no es así, la tienen que bajar ellos.
En la bajada por pista hasta El Paular pasamos más frío
todavía. Cada uno se ha puesto todo lo que llevaba y yo, además, el chubasquero
de Jesús. Creo que se ha pasado al ofrecérmelo, eso sí, ha quedado como todo un
machote.
Como detalle curioso, en una parada de reagrupamiento nos
cruzamos con un fulano envuelto en un anorak y cabalgando una auténtica bici de
supermercado, que nos echa en cara que vallamos por el llano y que no nos
hayamos subido cuestas como las que viene de hacer él –mejor callar-
Salimos frente al monasterio y nos hacemos unas fotos en el
puente de El Perdón. Seguimos ruta por el camino habitual, a Rascafría,
Oteruelo y luego Alameda. Bonito valle nunca lo bastante reconocido.
Ya hemos pasado todo el frío que correspondía, o casi,
cuando empezamos a subir hacia Canencia por la Majada del Cojo. Nunca antes
habíamos hecho esta subida, que siempre la cogemos de bajada, ni que decir
tiene, mucho más cómodo.
Paramos a quitarnos ropa y me hacen todos la de Alfredo,
entiéndase, empezar a dar pedales un poco antes que los demás para que el otro
ya empiece jodido.
El caso es que hay que ir adelante y cada uno a su ritmo,
que la cuesta selecciona y ordena sin disimulos.
La llegada es escalonada y tampoco se trata aquí de
reproducir el ranking (solo si gano yo), el caso es que llegamos todos a la
casa refugio bien sobaditos.
Gustavo continúa enseguida, pues ha quedado a comer y ya va
tarde. Los demás mariconeamos un rato, charlamos con la excursión de niños que
van andando, donde damos con Ángela, compañera del Banco, que va de instructora
aventajada con la clase de su hijo.
Todavía hay que subir otro buen repecho hasta la pista del
GR y como Julio es así de chulo, se deja el macuto abajo, para tener excusa de
volver atrás y redondear el desnivel acumulado hasta los 1.500 mts.
Por el GR vamos bajando suave. El terreno está blando y ya
estamos de recogida. En la carretera se produce la bajada a tumba abierta que
era de esperar, pero Félix y yo nos desapuntamos y lo hacemos más suave. Parece
ser que ha tenido su encanto. Se han enfrentado la técnica contra la potencia y
el resultado ha sido muy discutido. Al final se cuela Jesús por sorpresa y
dentro del pueblo. No me hace mucha gracia estos riesgos con el aire que hace y
las consecuencias que pueden tener.
Como ya es tarde y no hay nada que perder, aprovechamos para
comprar pasteles por consejo de Jesús, los ¿famosos? piononos y pestiños de
Miraflores. Cachondeo en la tienda, mosqueo de los dueños, que van de serios e
intento de timo a Miguel y Julio, a pesar de la seriedad. Por cierto, los
dulces muy empalagosos, hay que ser muy goloso para esto.
Bueno, puede decirse que prueba superada. Hemos pasado el
día de campo y se han cubierto todos los tópicos de una ruta así: risas,
piques, bromas, discusión por el camino a seguir, error del gps (increíble,
pero es Julito el que corrige a Félix subiendo Morcuera). La semana que viene
nos vamos de familia al Jerte y el rulo será por allí.
Vaya por aquello de que no se quede una salida sin crónica,
pero en realidad, no hay mucho que contar de esta semana.
Pensaba venir Gustavo y al final le ha debido de dar pereza o le han desanimado las trialeras. Tampoco a mí me atraen, pero qué le vamos a hacer…
Salimos de Patones de abajo, en dirección a “el de arriba”,
enseguida dejamos la carretera para subir por la senda que va por dentro del
barranco, donce empujamos un poco para ir abriendo boca. Otra vez la pista y
continuamos ruta por la pista del canal, hacia el Norte.
Salimos a la carretera donde el cruce que hay frente a la
cueva del reguerillo, ya lo hemos hecho otras veces, bajando al Pontón por un
camino antiguo, que son más escalones que pista. Recuerdo la primera vez que
hicimos esta bajada, Félix y yo fuimos empujando y José Luis Peña nos enseño
cómo se hace. Hoy la cosa va mejor y seis años después algo hemos aprendido.
Salimos al muro del pontón y lo cruzamos por arriba, saltando las vallas, aunque solo sea por enredar.
Desde aquí no cogemos más pista del canal, hacia la Casa de La Lastra. ¿Es nuevo este camino?, ¿hemos pasado por aquí alguna vez? Cuando coronamos nos desviamos por un sendero de la izquierda, que baja junto a unas cárcavas y, en tramos más o menos difíciles, nos lleva hasta el cauce del río.
Durante la bajada nos encontramos con unos motoristas que
suben ¡joder que manía los tengo! También nos ronda un moscón ruidoso, en forma
de helicóptero de la Guardia Civil, para que luego digan de la tranquilidad del
campo y sus parajes solitarios…
El caso es que entre subidas y bajadas nos presentamos en el río, que hay que cruzar. Afortunadamente lleva muy poca agua y lo hacemos sin mayores consecuencias. Parece mentira, la cantidad de veces que hemos pasado por parajes cercanos y, sin embargo, llevamos bastantes kilómetros nuevos, al menos para Julio y para mí, que los otros están repitiendo.
Ya vamos un poco justos de tiempo, pues Julio ha quedado a
comer con su madre y no quiere llegar muy tarde. Sin embargo, no queremos
quedarnos sin la subida nueva, que parte de una pista bastante empinada y
cubierta de verde, claramente sin uso. Subimos hasta la carretera con bastante
pendiente, pero se deja llevar. Solo hay un punto donde se pasa por debajo de
un árbol cruzado, a la vez que superas una tubería. Jesús entra montado, pero
el tronco del árbol se encarga de desmontarle de un testarazo ¡ya ha amortizado
el casco!
Salimos a la carretera y aquí nos separamos. Félix y Alfredo
intentan liarnos, diciendo que no queda nada, que nos perdemos lo más bonito,
que vamos a tardar lo mismo, en fin, lo de siempre. Yo ya voy estando mayor
para estos enredos y me pongo el windstopper sin hacerles mucho caso para
afrontar la bajada. Julio y yo completamos la ruta volviendo por encima del
canal histórico hasta Patones, donde llegamos a eso de la una, que está muy
bien. Los otros tres completan la ruta por sendero, con sus subidas, bajadas y ratos
de empujar la bici… Seguro que es más bonito, pero tendrá que ser otro día.