Salimos desde Patones por no dar mucho cante dejando los coches en el Parking del pontón.
El camino del canal tiene ahora más piedra suelta, más (putas) chinas, se ve que no lo mantienen desde hace mucho. Eso me hace pensar que las instalaciones del CYII tampoco. Otra razón más para reducir la ingesta de agua ¡a saber lo que lleva!
En un ratito nos plantamos en el cruce con la carretera, en el alto próximo a la cueva de El Reguerillo. Bajamos por la pista vieja, esculpida en la piedra caliza, que te deja justo encima del pontón. De ahí más pista hasta la visita al Globero ¡allí sigue el muchacho! Y la placa, y el cemento que sujeta las piedras que cubren el hueco de las cenizas. Félix de dirige unas tiernas palabras reconfortantes: joder Jesús, qué rutas te estás perdiendo ¿por qué no te vienes?
Cuanto tomamos toda la altura, cogemos el sendero trialero que te lleva al arroyo de Alpedrete, el que sale al cruce de caminos. Se bajan muchos metros en poco tiempo y te ahorras unos cuantos kilómetros. A cambio, algunos aprovechamos el trazado para dar un buen paseíto a pata.
Luego la subida al collado Santo. Otro cruce de caminos mítico, de esos que te permiten ir para cualquier lado, según cuánto te quieras complicar la vida. Ahora ya nos la complicamos poco y optamos por la bajada a la presa.
Nos cruzamos con dos fulanos en moto de cross, con motor de dos tiempos, que dejan un pestazo horrible en la pista -Se supone que está prohibido- Son los únicos con los que coincidimos. Es domingo y no hay ni un alma por la zona que hemos estado. Pincho, noto que se va la rueda de atrás. El agujero debe ser considerable, porque el líquido no hace nada. Toca cambiar y poner una cámara. Como no hay cobertura, Alfredo y Rufi que van delante hacen un poco de camino de vuelta (tampoco tanto).
Continuamos ruta por el barranco cerrado, que está verde y mojado como el chocho de una golfa. La última subida es la de las abejas. La subimos a mala leche y me quedo el último. No valen lamentos…
Luego ya, dejarse caer por la carretera y llegar al pueblo para tomar una cerveza rápida y estar en casa a las dos.
Sorprendente lo bonito que está el campo y haber completado el recorrido sin mojarnos. No nos lo esperábamos ninguno.
(Alfredo: a Rufi y a mi nos sale la misma elevación…)
Ya teníamos ganas de que nos lloviera encima y hoy lo hemos conseguido. Alguna nenaza que dice que en la OJE se curtió en mil batallas, se ha encogido con las cuatro gotas que anunciaba la AEMET. Para mi que en vez de la OJE, estuvo con Las chicas de la Cruz Roja.
Por la carretera algunas gotitas amenazantes nos acompañan hasta llegar al polideportivo de Tielmes. El sitio elegido no puede estar más concurrido a eso de las 8:30. Todos los servicios municipales se congregan allí para repartirse el curro. Y nosotros que queríamos pasar desapercibidos, no podemos dar más el cante. A toda prisa nos cambiamos, no vaya a ser que l municipal nos haga el interrogatorio para el cual, ya tenía yo preparado mi réplica.
Cómo lo de Pepe no es elegir rutas, estudié con el IBPindex la que había preparado el día anterior. El recorrido tenía una pinta excelente si no fuera porque presenta unas cuestas del 19% de desnivel en algún tramos y otras cuantas que oscilaban entre el 13 y el 18%. Obviamente no era el día apropiado por el terreno embarrado y por el lamentable estado físico que el confinamiento nos ha dejado a los tres osados. Si más, decidimos hacer la ruta propuesta por Domingo.
Empezamos con lluvia apenas llevamos un par de kilómetros y va arreciando según avanzamos a buena velocidad dada la escasa dificultad del terrreno. El campo está guapo. Algunas partes muy verdes y otras más bien secas, lo que nos anuncia que queda poco de la primavera robada. Los pajarillos nos deleitan con sus trinos cada vez que para de llover y asoman claros con algún que otro rayo de sol.
Cuando nos damos cuenta estamos llegando a Estremera después de 22 kms que nos hacemos en un pispás. Ahí decidimos aceptar la oferta de Pepe de tomar un café antes de retornar por el sitio que vinimos. Con muchas reservas y tocando lo menos posible todo, nos tomamos un café después de despojarnos de las mochilas, guantes e impermeables totalmente mojados y llenos de barro a pesar de que hemos ido por la vía de lo que en su día fue de tren y ahora adecuadamente habilitada con asfalto.
En el camino paramos un rato para probar el arma mortífera que Pepe nos ha preparado. Un tirador de tamaño minúsculo hecho con alambre de percha de las que regalan en el tinte y unas gomas de Aliexpress. Nos sorprende lo fuerte que salen las piedras, capaces de llegar a unos 30 o 40 metros. Los primeros 10 con bastante fuerza y rectitud.
Domingo se tatúa el plato grande
Volvemos al cruce donde decidimos seguir hasta el otro ramal que nos lleva a Ambite. A velocidad crucero y a ratos mojándonos; pero menos que al principio, llegamos al final y retornamos hacia el coche.
Los campos de cereal, suponemos que es cebada, contrastan con el cielo oscuro.
Llamamos a Juan Carlos que está en Carabaña para decirle que reserve restaurante cerca de su casa. Al llegar a los coches nos cambiamos a toda prisa para no tentar a la suerte y nos dirigimos a casa de J Carlos, que nos recibe efusivamente con unas cervezas. Lavamos las bicis Domingo y yo, porque están hasta arriba de barro y después de descansar con las birras sentados en su porche, nos vamos a comer.
Nos apretamos unas judías asturianas y unas croquetas de espinacas y bacalao muy decentes acompañadas de un vino espantoso, -de los que joden la gaseosa-, su postre y café por sólo 11 euros.
Ya se nos va quitando el miedo del coronavirus aunque evitamos tocar lo que no sea imprescindible. J Carlos nos machaca con su discurso doctrinante a base de conspiraciones judeo-masónicas internacionales que se dedican a jodernos la vida. Todo argumentado con una serie infinita de datos, según el contrastados y que defiende vehementemente. A pesar de intentar varias veces que baje el volúmen y que cambie de tema, no lo conseguimos. Sólo cuando se percata de que ya nos está jodiendo la comida, se va relajando. Un poco conspiranoico el muchacho al que queremos a pesar de todo.
Con las mismas volvemos a su casa donde nos invita a un café que amablemente declino, pues me apetece más volver a casa para quitarme el barro y recoger todo.
En fin, otra mañana salvada del confinamiento a base de parecer unos delincuentes que diría uno que yo me sé.
En las terrazas se agolpan manadas de irresponsables que vociferan exhalando todo tipo de gotitas sospechosas y virulentas, mientras consumen cerveza como si no hubiera un mañana.
El carril bici es una peligrosa fuentes de contagio. En dos metros de ancho te cruzas con innumerables ballenatos con caras de color rojo chillón, que emiten más partículas altamente peligrosas que una central nuclear. Más aún, cuanto mayor es la cuesta que enfilan con sus anacrónicas bicicletas. Es curioso cómo una situación de alarma, ha generado un sinnúmero de nuevos deportistas.
Y nosotros esperando para que nos dejen salir a sitios en los que difícilmente nos cruzaremos con algún bípedo mamífero. ¡Ya está bien! Llevamos dos meses y medio en la jaula y estos pájaros ya no cantan. Y empiezan a perder las plumas.
Y así, por las bravas, decidimos que es el momento de salir a dar un rulo antes de que se agosten las flores y el campo pase de verde al amarillo (como los putos chinos, que nos han robado la primavera).
Elegimos El Molar y quedamos en las afueras. Aparcamos en la cuesta del cementerio, donde supongo que habrá menos posibilidades de que tenga que contarle al municipal, el recitativo que vengo preparando durante el viaje en el coche.
El saludo de Alfredo ha sido muy elocuente: «Te veo más fondón». Siguiendo el mandato de Dios, que con su infinita misericordia nos inculca cada día grandes dosis de benevolencia; decido no contestar con soeces a este facineroso que sin duda tuvo una infancia difícil, lo que le forjó un carácter tan hostil y falto de delicadeza.
Comenzamos a bajar hacia el Azud del Mesto disfrutando de una temperatura fresca y una humedad que nos recuerda la tormenta del día anterior. ¡Qué delicia! Una vez dentro, recorremos su angosto camino que nos deleita con el verdor mantenido a pesar de los calores de días pasados.
Salimos a los caminos del Canal para enseguida meternos en la Dehesa de Moncalvillo donde de nuevo el olor a tierra húmeda, el cantar de los pajarillos y el constante saltar de los conejitos, de apenas dos meses de vida, me recuerda que estamos en primavera.
Varios repechones con subibajas constantes nos alerta de que nuestra mejor forma física está lejos y que nos costará algunos sudores y dolores musculares. Y en esto, que llegamos a la charca donde nos espera una cigüeña a la que interrumpimos su almuerzo a base de ranas y culebras. Y asoma tímidamente un galápago pequeño al que no puedo fotografiar.
Se nos cruzan varias veces parejas de abubillas que con su colorido y peculiar forma de volar, nos llama la atención. Algún cuco tardío sigue cantando su monótona canción. Milanos nos sobrevuelan en busca de algún inexperto conejito que llevarse al nido para disfrute frugal de sus polluelos y una decena de buitres leonados vuelan en círculos olfateando algún resto putrefacto de ganado o algún ternero recién nacido que atacar si su señora madre vaca no está atenta a la jugada.
Llegamos a la pradera donde retoza el ganado y los caballos con sus retoños de apenas unos días. Tengo que decirle a Alfredo que no tiente la paciencia de las vacas que estando recién paridas no están para bromas de su célebre grito: «Cuchaaa». O son sordas, o ya conocen a este ciudadano del barrio Salamanca.
Hacemos una variante para no repetir la subida desde el Azud. Bajamos una carretera harta conocida que luego hay que subir con su correspondiente 10% de desnivel para llegar a Pedrezuela. Nos encontramos a los municipales despistados y hacemos un mutis por el foro antes de que nos pregunten: ¿y vosotros dónde váis? Yo estaba mentalmente preparando el recitativo, a la par que daba pedales con mayor entusiasmo que en la cuesta previa.
Y nos plantamos en el coche a las 12:00 donde después de una brevísima despedida, cada mochuelo a su olivo.
Os dejo una famosa aria que a buen seguro Rufi conoce. Atentos a sus célebres nueve Do de pecho de Pavarotti y cuyo nombre va al pelo: «Ah! mes amis, quel jour de fête!» de Donizetti.
Más de lo mismo, otra Casa de Campo ¡y en sábado! Esto va a ser como el día de la bici, pero quedarse en casa es peor (creo).
Ayer en la sesión de video no se veían muchos ánimos. Las limitaciones en las salidas invitan a la pereza y la pereza es la simiente de una mala leche interna que no puede traer nada bueno ¡hay que salir! Si me quedo en cada estoy irritable, tristón, no me aguanto y ni yo. A que os suena…
Pues eso, que a las 7:30 estábamos en el Lago Alfredo y yo, para hacernos una ruta improvisada, tratando que el parque nos parezca más grande de lo que es en realidad. Ya viene desbravado, porque me dice que se picó con uno de carretera subiendo Gran Vía y coronó a 30 km/h (no me lo creo).
Empezamos la ruta paralelos a la L10, el antiguo “surbano”, que se construyó en medio del campo para dar servicio a barrios que no existían o estaban sin desarrollar. Claro que, no debe olvidarse que Metro tuvo una promotora inmobiliaria enorme que nació con el ferrocarril urbano de principios del XX y después bebía del desarrollismo de Madrid en los 50 y 60 ¿a que si digo Metrovacesa os suena más? (https://es.wikipedia.org/wiki/Metrovacesa)
Bueno, pues eso, que nos subimos hasta Batán y aprovechamos para dar una vuelta por la plaza de toros y los corrales que hospedan a los morlacos durante la feria del Santo. Este año los chiqueros se quedarían vacíos –también-.
¡Olé!
puente de la culebra
De ahí tiramos en dirección Aluche, para dejarnos caer junto al zoo. Hacemos los senderitos pegados al arroyo Meaques y pasamos por el puente de piedra o Puente de la culebra, uno de los históricos del parque.
Dando la vuelta a la casa de las fieras, vemos los monos, escuchamos los ruidos de la jungla y olemos el pestazo de los ungulados, pero no aparecen los tigres. Se ve que no son horas para sus señorías.
queso y miel de la Alcarria….
Otra bajadita hacia el corazón más turístico del parque nos muestra cómo se va llenando de público. Llegan con coche, aparcan y se ponen en marcha desde allí. Coincidimos con un paisano que lleva unas alforjas de esparto que se ha hecho el mismo. Alucinante el trabajito del menda. Allí va todo orgulloso, con su muestra de artesanía carpetovetónica.
En la segunda vuelta recorremos el histórico pinar de las Siete hermanas. Usamos un sendero a media altura que nos separa un poco den gentío, pero no es que vayamos solos tampoco.
¡amén!
Esta vez sí, esta vez nos vamos derechitos a ver le jardín del Sagrado Corazón, con su Cristo y los obuses de la guerra rindiendo homenaje. Una mezcla de devoción, entretenimiento de jubilao y colección de chatarras reaprovechadas. Desde bidones de agua a una exposición de fotos o la valla perimetral, construida aprovechando cualquier cosa. La historia del sitio parte de una compañía sevillana que estuvo allí durante la guerra y cuyos descendientes visitan el lugar anualmente y celebran una misa de campaña.
Un poco más de mamoneo por el parque, que ya se pone imposible. Propongo escaparnos un poco y girar una visita a “la feria del campo”. Increíble la arquitectura de los pabellones antiguos. Algunos son preciosos. Todo muy abandonado, ruinoso. Es una pena que no se haya sabido comercializar bien. Quizá una suerte, para dar un descanso al parque, que ya tiene bastante soportando el zoo y Parques Reunidos ¿os imagináis que se hubiera desarrollado ahí “Rozas Village”? Más cerca, más bonito, más grande. Bueno es lo que es y abandonado también tiene su encanto.
knocking on heaven’s door
Senderito sorpresa de vuelta, corto pero intenso, con la vegetación cerrada que nos engulle según bajamos y subidita a carajo sacao, por la pista del puente rojo. Ya solo queda compartir camino hasta otro arroyo y separarnos, que el tiempo se ha consumido (las ganas no). Llego a casa a las 10 “sharp” y estoy seguro que Alfredo tocó la media. Menos mal que hay tolerancia.
Como seguimos en la fase I de la pandemia , hemos decidido hacer una globerada en la casa de Campo bajo la dirección de Pepe que se la conoce como si fuera su casa. Se ha apuntado su sobrino Santiago y Félix que sigue haciéndose el remolón ha decidido ir por otros derroteros.
Los currantes evidentemente no han venido (a pesar de que seguro que están en su casa pasando el mocho y atendiendo llamadas).
La jornada empezó a las 7:30 y Pepe nos ha llevado por zonas de la casa de campo que no conocíamos. La primera parada ha sido en la fuente de la casa de vacas , que según Pepe venían los octogenarios en pelotas a hacer no sé qué (creo que ejercicio, pero no me ha quedado claro de qué tipo). Se han debido morir todos porque hoy no vimos a ninguno.
Luego Pepe no ha llevado por senderos al cerro Garabitas donde hemos podido contemplar una maravillosa panorámica de la ciudad (fijaos en la pose de Juanlu ante semejante espectáculo).
Por cierto el sobrino de Pepe se ha traído una bici de carretera adaptada a todo terreno y nos ha seguido sin problemas por todos los senderos. Además las cuestas se la subia haciendo el caballito (esta juventud…)
El último tramo consistió en la subida al acceso de Somosaguas donde perdimos a Juanlu ya que no llevaba GPS y a Pepe le dio el ataque escalador. Después de contactar por teléfono le indicamos como llegar a donde estábamos, pero veíamos que seguía sin venir. Finalmente decidimos ir a buscarlo y lo encontramos parado esperando en la muralla. Juanlu, si no llevas GPS no te olvides de traer el cencerro.
Luego bajamos por unos senderos, con rodada incluida donde Pepe estuvo a punto de besar la lona, pero su maravillosa Orbeita (alias comete el pollo) le salvó de una desgracia y terminamos todos en perfecto estado sin un rasguño.
Se acercaba la hora de la cenicienta (10:00) y decidimos que cada mochuelo se iba a su olivo. Han sido dos horas que hemos disfrutado entre amigos y que repetiremos la próxima semana. Félix, esta vez no faltes.
Mira colega, esto del confinamiento ya me va sabiendo a mucho ¿no?
Somos los únicos pardillos que solo se ven la jerol con el marco de la screen y el culo en la poltrona.
Sales con la burra al amanecer, con cara de autista y el desayuno aun entre las muelas, para cruzarte con bandadas de tiñosos globeros que llevan el culo escocido de montar con los “bro” durante el encierro.
Ya está bien ¡hostias! –eso digo yo también-
Mañana “alpardo”, rulito de desquite y cada uno a su keli –compro-
En el chat se respira la envidia de los que no llegan por la franja horaria, de los que dudan e incluso de los que callan.
A las ocho en Somontes.
Allí estamos Alfredo y yo, con ilusión de críos y mirando a los lados.
Nos damos una vuelta de tranqui por las márgenes del río, con parada y café en el pueblo. Aprovechamos para contarnos y ponernos al día. También para dar un toque a Fernando, que está que si sí, que si puede, que… vamos, que vi chorbas más echadas palante.
Finalmente el trío tiene cita en casa Paco, Mingorrubio, que suma morbo. Vuelta rápida por la road y subida al Cristo, para que el de la bici de carretera nos unte el morro. Un puntito más de forma y no hubiera sido así, por mi “bata” que le clavo los tacos en los riñones.
El de la flaca dice –niño, escríbete algo- a la que se disuelve por la cinta que sube a Fuenca de vuelta. Nos regresamos la pareja por la ribera.
Los ilegales a menos de 2 metros sin mascarilla
En el punto de salida, selfie con el coche de los maderos al fondo y jalando cada uno a su guarida.
Típica ruta de
jueves. No muy larga y sin desnivel excesivo, pero como siempre tendremos
algunas sorpresas,
Esta es la salida que estrenaremos la nueva cámara de 360 que podréis ver más abajo en algunos ejemplos de fotos.
La ruta empieza
en el restaurante La Laguna en Collado Villalba donde comeremos al finalizar.
La primera parada
se produce en la Ermita del Cerillo donde nos hicimos las primeras fotos.
Casi a continuación visitamos Navalquejigo donde entramos en otra Ermita y vimos el poblado perroflauta y por fin probamos la cámara 360º.
Acto seguido pasamos por el embalse de Valmayor y pudimos admirar las tortugas y aves varias que Juanlu seguro podía identificar.
Hasta ahora todo
correcto, aunque con tanta parada parecía que no íbamos a llegar nunca,
teníamos tiempo de sobra (o eso creíamos).
Seguimos hacía
Galapagar con la esperanza de visitar el Marquesado del Coletas, pero solo vimos
un pedrusco en equilibrio llamado Canto del Peso que no pudimos acercarnos
debido a que habían cerrado todo los accesos.
También hicimos
algunas prácticas de conducción en un circuito de la Navata, donde una madre
nos miró de mala manera por compartir el
circuito con sus retoños.
Cuando llegamos a
Los Jarales vimos el Puente de la Alcanzorla de origen musulmán (entre los
siglos IX y XI) sobre el río
Guadarrama. Aquí el que escribe la
crónica se subió con la bici para hacer una Felixada.
Cuando ya creíamos
que la ruta estaba hecha y que comeríamos como unos señores, nos encontramos
con las sorpresas; primero un cuestaco en la que Félix y yo casi echamos el
bofe, segundo nos cerraron la pista y tuvimos que improvisar saltando vallas varias y finalmente el último tramo en el parque regional del rio Guadarrama
nos pasamos andando sobre piedras la mitad de la ruta.
Al final llegamos
afortunadamente sobre las 2:30 al restaurante y pudimos comer un menú más que
aceptable en una terracita al sol donde, por cierto, el camarero nos avisó que
iban a cerrar todos los restaurantes en la próxima semana.
Otra ruta en la que hemos disfrutado, visto parajes nuevos y comido entre amigos hasta que el coronavirus nos permita.
Esto del wikiloc es
un gran invento. Después de tantos años haciendo rutas, nos continuamos sorprendiendo con nuevos recorridos que desconocíamos.
Quedamos en el
parking de El Boalo. Hace una fantástica mañana para dar pedales. La patrulla
está preparada, pero El Jefe siente la presión de ser el último en el protocolo
de acicalamiento y relamido, y le estamos agobiando un poquito. ¡Qué prisa
tenéis, coño!
Sin más demora, iniciamos la marcha. Los primeros kilómetros son por carretera. Como no puede ser de otra manera, Alfredo comanda el pelotón con un ritmo ágil. Pronto se nos pasa la ligera sensación de fresquito que teníamos con los 3 grados de la llegada a la sierra. Los senderos que continúan hasta llevarnos a Becerril de la Sierra, no los habíamos trazado nunca en ese sentido.
Atravesamos dicho pueblo sin más, y nos dirigimos al embalse de Navacerrada (o el primo). Aprovechamos, como no, para inmortalizar el momento. Desde ahí, cogemos un caminito muy bonito que nos lleva hasta el pueblo de Navacerrada. Pero antes vivimos dos momentos muy memorables; uno con la valla sexual y otro con el piñazo “modo bolo” de Fernando.
A poco que dejamos a nuestra derecha el hotel Arcipreste de Hita, en el inicio del Puerto de Navacerrada, cogemos la bifurcación de la izquierda, para desde ahí iniciar la subida hacia el Ventorrillo. Aquí, ya, Pepe se deja de tonterías e impone su ritmo constante que nos va poniendo en nuestro sitio y las conversaciones empiezan a cesar. Como somos perros viejos, vamos todos al tran tran y listo. Una vez nos agrupamos en la curva de las quitanieves, es el momento del farol mío. Y es que cuando huelo La Bola del Mundo cerca, me pongo brutote. Pero, por supuesto, no era el día de hacer machadas. Ya llegará mayo, ¿verdad?
Continuamos con mucha precaución cuesta abajo, por carretera, para enlazar con la pista que nos lleve hacia La Barranca. Este camino se hace tedioso, hasta qué punto nos vuelve a apretar Pepe, que es noticia ver a Alfredo sufriendo a cola de grupeta. ¿Será el coronavirus , la alimentación en la India o la excitación de ese pedazo de volvo que no se ha traído? Es el momento de decidir si vamos de furtivos o no, porque tenemos que elegir entre continuar por el rampón de la pista por la que vamos o coger el Camino Ortiz. Y claro, cuatro contra uno, pues el pobre Pepe solito, y los demás disfrutando de lo lindo por lo prohibido. Senderitos preciosos, técnicos, pero no excesivamente difíciles. ¡Vamos una gozada!, aunque en algún momento nos tocara empujar para cruzar ríos.
Mientras bajamos desde La Barranca hacia Matalpino, no puedo dejar de acordarme de uno de las mejores anécdotas que vivimos con nuestro añorado Jesús. Aquel momento en el que se salió se la senda natural, para acabar hincando la rueda delantera hasta la horquilla en el barrizal oculto por la hierba, y la inigualable caída al lodazal de cabeza. ¡Apoteósico, querido Jesús!
Nos reagrupamos con Pepe en Mataelpino y desde ahí acabamos los últimos kilómetros por bajadas muy divertidas hasta El Boalo, pero no sin antes poder evitar el segundo piñazo del día, que por suerte salgo indemne.
Ayer jueves fue un día triste para el grupo, murió la madre
de Rufi un integrante del grupo, desde esta modesta crónica la rendimos
homenaje y esperamos que ocupe ahí arriba el lugar que le corresponde. Gracias
por habernos dejado a un tipo estupendo como es su hijo. Descanse en paz.
Salimos el viernes, llegamos primeros los de siempre, al lado del campo de fútbol de donde dirán ustedes, pues sí resulta evidente, de EL MOLAR. Porque yo creía, verdad Pepe, que hay campos de fútbol por todos los sitios en Venturada , en Redueña, no, no, en EL MOLAR.
Fue un día de estrenos y novedades. Entre las novedades las
del Jefe, un par de flamantes zapatillas con lengüeta y todo, con las que le
aseguraron que casi no había que dar pedales, ¡lo que le faltaba encima ayudas!, como si no
fuera bastante “sobrao”. La otra novedad
fue que el Sr. D. José se nos presento con una maravillosa chupa de marca GORE,
¡iba como un pincel!, y encima se quejaba porque decía que le sobraba, mira
Pepe ibas muy guapo y si quieres rellenarla ya sabes, haber “engordao”. El
estreno de este año es Gustavo que se conserva muy bien y es un placer dar
pedales con él. Te animo desde aquí, si tus obligaciones te lo permiten, a que
te vengas más veces.
La ruta la eligió Domingo porque el día anterior había
llovido y parece que el firme, ya que discurría por caminos del Canal, está en
buen estado y no hace barro. Ruta rodadora entre El Molar y Torrelaguna sin
apenas desniveles, con pequeños acueductos e infraestructuras hídricas propias
del CYII. En la bajada a la carretera de Torrelaguna se coge variante por un
sendero, camino de Redueña, donde nos metimos un par de plátanos, para coger
fuerzas y subir a Venturada, para luego bajar y volver a subir a Cotos de
Monterrey, que nombre más rimbombante. Cuando se corona hay un aparcamiento
desde donde hemos hecho alguna ruta que partía del mismo y al lado hay una
atalaya del siglo X, que ofrece unas vistas fantásticas hacia Miraflores y
Morcuera. Luego prácticamente todo es de bajada hasta el Vellón y luego hasta
El Molar.
La Atalaya
Ya por fin llegamos al restaurante asturiano, donde daban
fabada “asturiana” servida por sudamericanos y cómo se pusieron! ¡Alfredo,
menudos pucheros! Y alguien dijo, si Fredy hubiera estado aquí, no hubiera
sobrado tanta comida. Ya sabes es un clásico, estas muy delgado de tu viaje a
la India y nos dio pena que se llevaran el puchero. Igual que ya es un clásico “cuidadín
con el verdín”. Besos a todos y un placer como siempre la compañía.
Esta rutita por el Parque Natural de los Cerros, al lado de
Alcalá de Henares, la encontré por pura casualidad buscando algo que no
hubiésemos hecho por los alrededores de Madrid, en dirección a Guadalajara.
Nunca había oído hablar de este parque, aunque parece que es bastante famoso. Y
es que a Alcalá solo voy de tapas…
Nos amaneció un día estupendo, no muy frío. Dude en ir de corto, pero tampoco era cuestión de pasarse. El Waze me llevó por Mejorada del Campo. Fue un gran acierto ya que pude disfrutar de un amplio abanico de modelos de furgonetas de Amazon que amenizaron mi viaje llevándome a 60 kms/h durante gran parte del recorrido. Al final llegué unos minutos tarde al aparcamiento, porque sí, este sitio tiene hasta aparcamiento.
En cuanto nos pusimos en marcha, el lugar nos sorprendió. Era un bosque de pinos en toda regla, entre colinas escarpadas, repleto de veredas y caminos. Enseguida empezamos una agradable subida por pistas anchas donde Alfredo nos contó cosas de su reciente viaje a la India y Nepal. La cuesta terminó alargándose lo suyo y dejó de ser agradable, claro. Allí sólo hablaba Alfredo. El camino se volvió de nuevo razonable en el Alto de los Reventones (en este sitio los nombres lo dicen todo…).
Una vez aquí, tiramos por un senderito de los que no ves hasta que estás encima, el de Los Lagartos, y nos metimos de lleno en un tobogán superdivertido, estrecho y limpio de obstáculos, repleto de giros con sus peraltes y todo. Una fiplada de sitio, donde Alfredo, el Tigre del Rajastán, se vino arriba, perdiéndole de vista (como siempre, por otra parte). Como la ruta pasa varias veces por este lugar, le vas cogiendo el puntillo y al final parece que estás haciendo bobsleigh, esos trineos que se lanzan a lo loco por un tubo de hielo.
Llegamos encantados, con una sonrisa tonta en la cara. Habíamos encontrado un parque de atracciones para bicis. Pero no es oro todo lo que reluce. Al llegar al final, doblamos en uno de sus múltiples giros 180 grados. Y ahí nos estaba esperando el sendero que nos llevaría al Barranco de la Zarza. Aquí la cosa cambió drásticamente. De repente la ruta se volvió muy técnica, sin tolerar ni un despiste, con subidones explosivos de 1:1, continuos badenes, senderos estrechos con peralte negativo y bastante expuestos. Un lugar nada recomendable para tener vértigo o miedo a la altura. Nuestro amigo Juanlu tuvo un pequeño incidente en esta zona, aunque su experiencia le protegió y salió victorioso y triunfal, sin apenas un rasguño e inmaculado como es su costumbre. La subida no acababa nunca, los senderos dieron paso a una pista más ancha pero llena de piedras. Siempre deslomados (al menos un servidor), nos dimos de cara con unos cuestones que me acabaron convenciendo de poner pie a tierra. Así es como llegamos al “Banana Point”, el alto llamado el Ecce Homo, con unas vistas que merecen la pena (después de la paliza lo valoras más, eso ya te lo digo yo).
Esta ruta es complicada de seguir. Todos mirando el GPS como tontos.En el alto del Ecce Homo (836 metros cabrones)Félix, tomando posesión de los nuevos territorios de ultramarJuanlu, el gladiador de los peraltesEl Tigre de Rajastán marcando su territorio
La bajada por pista en medio del bosque es gozosa. Nos desviamos por un sendero y al final del mismo, nos metimos por un pequeño túnel que pronto nos hará subir de nuevo. Otro palizón por sendas estrechas nos lleva de nuevo hasta arriba para, inmediatamente, bajar por otro barranco, más abierto esta vez, que se llama Salogre, vaya usted a saber por qué.
Cuando finalizamos ya sabíamos lo que nos esperaba. Con paciencia, iniciamos una nueva subida, esta vez por por pista. En la parte alta retomamos el camino que hicimos la primera vez. Aquí, en la 3ª subida, fuimos conscientes de dos cosas: que estábamos follados (bueno, fatigados) y que se nos iba la hora de la comida si tratábamos de finalizar el track marcado, que constaba de 5 subidas y bajadas. Fue en ese momento en el que, ¡oh providencia!, el Tigre del Rajastán tuvo una avería en el desviador trasero (se rompió el muelle de recuperación; a mí me pasó lo mismo hace menos de un año, tanto XTR y tanta hostia pa’ na…). Así que, con gran dolor de nuestro corazón, tuvimos que volvernos al parking, prácticamente todo el tiempo cuesta abajo.
Para comer, intentamos ir a una pulpería que estaba a escasos 250 m. del parking sin éxito porque sólo abrían fines de semana. El restaurante donde había reservado Juanlu estaba en el mismo Alcalá de Henares y fue imposible aparcar, así que decidimos dirigirnos de vuelta a Madrid y ver si encontrábamos algún lugar en el camino. Misión imposible, todo era un polígono industrial. Sólo encontré un lugar lleno de camiones en la via de servicio, pero como no llevaba un calendario con una tía en pelotas detrás del asiento del conductor (imprescindible para integrarse en este hábitat), decidí seguir camino a casa, donde me esperaban las sobras del día anterior.
Así acabamos esta ruta, llena de sorpresas, muy recomendable y divertida, aunque exigente y técnica. Y para acabar con esta brasa, queridos niños, voy a incluir algunas recomendaciones:
Las múltiples vueltas de que consta el recorrido hacen que haya que estar muy pendiente del GPS y de los waypoints. Al menor despiste, ya te has salido y estás en otro barranco.
Posiblemente no es buena idea ir en fin de semana, porque debe haber una gran afluencia de gente al estar tan cerca de Alcalá. Y en los toboganes es fácil empotrarte con alguien…
Tampoco es recomendable acercarse por allí después de que haya habido lluvias. El terreno arcilloso y los peraltes negativos no lo hacen nada recomendable. Acabarás perlado, seguro.