En la última crónica comentaba que hace tiempo que no coincidía con Mario y en solo dos días, deseo cumplido. Además de Félix, completa el grupo Fermín, que se apunta por primera vez y espero que sea solo el inicio. No en vano, la ruta elegida le queda al lado de casa y conoce la zona con mucho detalle.
Nos hemos quedado cerca, porque yo estoy sin coche y hasta Las Rozas se llega muy bien con el cercanías. El recorrido nos lo sabemos prácticamente todo pero, como novedad, la propuesta de Mario es en sentido inverso y resulta ser una buena opción.
Cada tren que coja su camino…
Salimos por páramos abiertos dirección Sureste, pista cómoda en su mayoría, con algún senderito muy llevadero. Hay un par de puntos nada más empezar donde Fermín nos muestra las ventajas de conocer la zona y tener buena técnica, esas rampitas de no más de 10 metros que, sabes o te bajas. Bien sea por el atasco o la indecisión, ponemos el pie tres de cuatro.
Las primeras fotos son aprovechando la infraestructura del tren, que nos da más visión de campo. La abandonada estación de El Tejar tiene su punto. Es que no me explico el por qué. Me encantaría verla funcionar por un agujero en el tiempo, pero lleva muchos años cerrada.
…que nosotros seguiremos el nuestro
Nos vamos a cruzar la autopista por Las Rozas, dentro del casco urbano. Tráfico y calles estrechas, empinadas, que cogemos mayormente en sentido contrario ¡vaya usted a saber por qué!
Cruzamos el pueblo y la dehesa de Navalcarbón. Aquí a Félix se le antoja cambiarme el sillín. No, no es rollo fetichista, es que quiere probar si el ruido de somier viejo de su bici viene de ahí. Como soy casi una madre, se lo consiento y nos sirve para comprobar que no, que la sintonía de esta ruta, amenizada desde su Trek de desguace, no viene del sillín.
lo de la aguja y el pajar
Nos dejarnos caer por la avenida que recorre Heron City y Rozas Village. Resistimos la tentación y no entramos de tiendas para aprovechar las últimas rebajas o el adelanto de la moda otoño. Ni siquiera para comprarle una bici buena al del ruidito…
Vuelta al campo en cuanto nos es posible. Rodeamos urbanizaciones y vamos en busca del Guadarrama. Paramos en el puente de Retamares para recobrarnos de las calorías que no hemos gastado.
Cruzamos Molino de la Hoz y subimos a la formidable ruina de El Gasco. Sendero exigente por pendiente y por pérdida de tracción debido a las piedras sueltas.
De la presa al sendero que recorre el canal y luego hacia Las Matas, donde Fermín nos busca sitio para comer, pero va con prisa para quedarse.
Los Clonados de la Presa del Gasco
El menú del día sencillito nos apaña. No es para tirar cohetes, pero a la sombra y con las bicis a vista, cumple su función.
Volver al pedal cuando ya has comido es duro, aunque sea de bajada casi todo. El sol ahora aprieta con gusto y llegamos al coche con la boca seca.
Ya estaba resignado a no salir a montar y seguir acumulando peso como oso pardo en otoño, cuando recibo un whatsapp salvador de Mario proponiendo una salida dominical. Sin pensarlo mucho acepto y le propongo que busque cualquier ruta que rehuya los rigores del calor. La propuesta inicial no es muy acertada y después de varios tomas y dacas quedamos en hacer la Hoya de San Blas.
El día amanece fresquito y salimos de la gasolinera en dirección sureste para ir cogiendo altura hacia el norte por una subida que nos corta el resuello y nos recuerda el sobrepeso acumulado por tantas Voll-Damm y siestas toreras de dos horas.
Cogemos la pista que sube a Morcuera y vamos hablando cuando los cuestones lo permiten. Le cuento a Mario el extraño y caprichoso ruido que me hace el sillín y resulta ser el mismo modelo que lleva él. Es curioso el paralelismo que tenemos en cuanto a materiales, puesto que su anterior bici también era la Trek Top Fuel 97. Parece ser que también tuvo ese mismo problema y me cuenta como lo solucionó. A la espera de que me empiece el dichoso chasquido, vamos llegando al desvío donde nos separamos de la pista que sube a Morcuera.
Vamos llaneando hasta llegar a la trialera que en bajada nos saca a la casa en ruinas de la pista principal del Monte Aguirre.
La trialera está razonablemente bien en la mayor parte del recorrido aunque hay que ir con precaución porque el terreno está muy seco y las ruedas hacen algunos extraños en las pendientes más pronunciadas. Aquí es donde se nota llevar cubiertas anchas. Estoy encantado con mis cubiertas de 2,30 y 2,25 pues se agarran de maravilla. Aunque para el ascenso sean un poco de lastre, estoy dispuesto a sacrificarme por la seguridad que aporta llevar cubiertas anchas y poco hinchadas. Mario lleva ventaja con sus ruedas de 29 y baja como un señor con su flamante bici, por lo que me espera de vez en cuando.
Una vez en la pista, divisamos la Hoya y justo antes de desviarnos para iniciar el ascenso nos encontramos el coche del forestal y a un señor entrado en carnes de forma rotunda que tiene ganas de conversación. Nos habla de ruedas de 28 pulgadas de las que no había oído hablar mientras observo que lleva la punta del sillín mirando al cielo. Se lo hago notar y se lo corrijo mientras continúa la conversación acerca de lo bonita que le parece la bici de Mario. Cuando se despide, me indica que efectivamente va más cómodo y me lo agradece.
Subimos a la Hoya los primeros tramos con más pendiente al tran tran y en silencio hasta la Fuentona, que es un depósito de agua con un caño al que no había prestado atención hasta ahora. En esta curva me surge el recuerdo de Jesús. En una ruta de hace años, dicha fuente desbordada por la helada nocturna dejó todo el espacio de la pista como un espejo. Y al entrar en la curva en primer lugar, a Jesús sólo le dio tiempo de decir: «Hieloooo», antes de darse una buena hostia que celebramos con las consiguientes risas el resto de compañeros. ¡Qué cabrones somos cuando se caen los demás!
Seguimos subiendo y paramos en los claros que nos permiten ver el espectáculo del valle y las montañas de enfrente.
El día avanza y no hace calor a pesar de estar despejado. Nos hacemos las fotos de rigor y pasamos junto al desvío que baja por la hermosa trialera que desestimamos porque nos queremos correr el riesgo de que esté el forestal esperándonos abajo para emitirnos una receta contra el trialerismo.
Así que seguimos hasta el final de la pista donde nos encontramos con unos senderistas que han perdido unas gafas y que van con dos perros, uno de ellos un rottweiler. Nos preguntan sobre la dificultad de la subida en bici y Mario le quita importancia a pesar de que ha llegado ya tocado.
Hay otros dos ciclistas de escasa experiencia observando el paisaje y le pido a uno de ellos que nos haga unas fotos, a lo que se ofrece gustosamente mientras hablamos de las vistas.
Ya sólo queda dejarse caer y disfrutar de la bajada por pista hasta llegar al embalse de Palancares que hacemos a buena velocidad. Luego un poco de llaneo hasta el coche. El puto sillín apenas se queja. Mamón. Seguiremos observando.
Me enseña Mario como hace para mantener su bici limpia con un kit y nos despedimos hasta la próxima.
Después del tormentón caído el martes, nos dirigimos a Miraflores aprovechando la bonanza de las temperaturas. Tenía mono de ruta y amigos después de una semana de vacaciones. Como siempre en hora, empezamos la consabida ruta cuando empezaron los primeros problemas con la orbeita de Pepe. El pensó que era el buje de la rueda trasera, lo cual no auguraba nada bueno. Lo ajustó como buenamente pudo pero el problema continuaba, así que ya me imaginaba una mañana de cañas, cuando se nos ocurrió que igual eran simplemente los frenos. Eso era, así que mis fantasías volaron y emprendimos el ascenso.
Chino-chano que diría mi madre, fuimos ganando altura a través del monte de la Raya y los pinares de los Cuarteles y del Umbrión. Esta ruta es una vieja conocida aunque siempre se te olvida algún repecho que te pilla desprevenido.
La bici de Félix
Si, otra vez la bici de Félix
Y así nos fuimos acercando a la carretera. A este tramo por M-611 le tengo una especial manía, vete a saber porqué. Había mogollón de ciclistas de carretera que nos pegaban la consiguiente pasada, aunque nos lanzamos a la caza de dos que iban más suaves y que vete a saber de donde venían, sin alcanzarlos, por supuesto. Ya estábamos en la Morcuera
Aquí nos metimos nuestro platanito de rigor, viendo pasar a los rebaños de bicletas de carretera. Pronto empezamos a bajar, dejando el refugio a la izquierda, y el Raso de los Toros a la derecha (llenito de ellos, un nombre bien puesto, si señor). Nos cruzamos con un tandem en dirección contraria que más tarde nos encontraríamos en el alto de Canencia. Eso si que es afición.
La temperatura era agradable, un poco fresca quizá, pero sabiamos que venían unas cuestas que nos iban a poner a tono, así que empezamos a dirigirnos hacia el bosque que nos llevaba a Canencia.
Fue en el Collado del Hontanar donde Pepe se puso nostálgico y nos dijo con lágrimas en los ojos que quería ir a la Genciana, que la echaba de menos. Nosotros, personas sensibles donde las haya, no pudimos negarnos, a pesar del amenazante cuestón en formato cortafuegos que nos llevaba al dichoso cerro .
Pero después de este hubo otro. Y no fue el único. Pero valió la pena por ver a Pepe contento.
Pepe, henchido de gozo por ver su sueño cumplido
A la altura de Los Tres Mojones, nos pidió otro favor con voz trémula. «¿Podríamos ir al Pico Perdiguera?». Por supuesto, dijimos Félix y yo, que nobleza obliga. Sin dudarlo nos lanzamos a una desenfrenada subida por una sendero para coronar dicho pico.
La bici de Félix y Félix en segundo plano.Félix y mi biciFélix recortando siluetaDisfrutando de la Peña Perdiguera
La verdad es que hay que agradecer a Pepe que nos llevara a este lugar. Tenía unas vistas preciosas. Lo aprovechamos bien, estuvimos un buen rato disfrutando del espectacular paisaje y sobre todo, intentando bajar a Félix del hito…
Ahora teníamos que volver a retomar el camino que nos llevaba a Canencia. Nos encontramos las pistas bastante frecuentadas por paseantes accidentales. En cuanto hay una carretera cerca, ya se sabe.
La bajada desde Canencia fue rápida, desviándonos a la izquierda en el lugar que llaman La Cotilleja para meternos en un bosque de robles. Ahí tuvimos que intentar ir a más de 15 kms/h para evitar la puñetera mosca del roble, que nos comía vivos.
Con ritmo rápido, atravesamos la M610, bajando por las pistas habituales paralelas a la carretera, hasta que decidimos en Cabeza Rasa ir por la carretera para evitar la subida de la llegada a Miraflores. Probamos al opción de ir por pista, pero era necesario entrar en una finca que nos avisaba que «había un perro trabajando«. Optamos por ir por asfalto, aunque en un intento de atajar, nos chupamos dos cuestones en la odiada urbanización Las Encinas. En fin, nunca nos libramos…
En Miraflores estaba esperando nuestro restaurante de referencia, en el que nos tomamos los tres un pisto y una caldereta de ternera. Y como siempre bromeamos con la camarera sobre su moto y nos fuimos antes de que nos metiera una hostia, haciendo gala de un humor y gracejo encomiable, como siempre. Criatura.
Una gozada de día, como viene siendo habitual. Naturaleza, amigos y bici, ahí es na.
Cuando los rigores de verano dan un respiro, hay que aprovecharlo. Quedo con Paco, que llevamos días intentándolo y nos damos una vuelta por la socorrida Casa de Campo. Cada uno llega montado desde su casa, para encontrarnos en el lago.
El día está fresco y nos ponemos en marcha a dar la vuelta, más como paseo que como actividad deportiva. Pasamos por el Batán, el parque de atracciones, el zoo…. Vamos lo más estándar. Nos hacemos un par de desvíos, aprovechando el cauce de los arroyos, para cambiar un poco de paisaje y ver las riberas de hoja caduca, ahora verdes y recién lavadas con las tormentas de anoche.
Seguimos la charla, que si los hijos, que si el teatro y el puto virus, que se cuela en todas las conversaciones, como sucede a los ingleses con el tiempo.
Hablando de tiempo, nos ponemos el chubasquero, porque empiezan a caernos unas gotas y, como siempre, no hay nada mejor que poner el remedio para que desaparezca la amenaza.
Pasamos por la tapia de Somosaguas, subimos el Garabitas y consideramos que ya hicimos méritos para una parada en San Pol, en una terraza.
Arrancamos por el Madrid Río y nos despedimos en la entrada de Casa de Campo “frente a Palacio”. Cada uno coge su camino, que desde este punto es una distancia parecida para ambos.
De vuelta se desata la tormenta, una de las buenas, con aparato eléctrico y mucha agua. Como la temperatura es buena, tampoco importa, se va cómodo, se agradece la sensación de humedad y limpieza. Eso sí, llegas a casa como si en vez de haber quedado junto al lago, hubiésemos quedado dentro.
Hace tanto calor que no apetece salir. Así que haciendo un esfuerzo en aras de no seguir creando más panículo adiposo, propongo una pardada. Pepe se apunta ipso facto y Juanlu haciéndose rogar, es convencido por Pepe para que se nos junte en uno de puentes que cruza la M-30 de camino a El Pardo.
Llego a casa de Pepe a las 8 clavadas, ya vestido para matar. En la puerta me está esperando. Somos cada día más disciplinados.
Arrancamos por las callejuelas de su barrio y cruzamos Aravaca para llegar al punto de reunión antes que Juanlu, cosa que me extraña pues es sabido que siempre llega el primero.
Marchamos a ritmo suave por múltiples calles cometiendo todo tipo de infracciones de tráfico hasta llegar a una urbanización que enlaza con El Pardo a través de una puerta metálica. Parece ser que este recorrido fue explorado, por primera vez durante el confinamiento por Alfredo.
Cruzamos por encima de la M-40 y ya en la parte baja, llegamos a la puerta de Somontes donde infructuosamente esperan un grupo de periodistas a que el «emérito» aparezca después de la última espantada y pida de nuevo disculpas a los impertérritos españolitos, que como siempre presurosamente le otorgarán su perdón. ¡Como no!, si a un garañón como Fernando VII, le fue no sólo perdonado, sino vitoreado y aclamado con fervor a su vuelta y nombrado como «El Deseado» después de sus múltiples tropelías.
Al trán trán, llegamos al pueblo donde cogemos el camino peatonal que bordea el río. Y a poquito que diría un cantautor, llegamos a un punto donde el Ayuntamiento (o sabe dios) se han gastado el peculio en una obra absurda. Se trata de unos escalones para que faciliten a los peces subir un pequeño desnivel de las aguas, como si ello supusiera un alivio fundamental para la supervivencia de la especie. En pequeña escala debe tener la misma finalidad de la Ciudad de la Justicia o de los aeropuertos fantasmas de Castellón, Lérida, Ciudad Real… Lo digo porque a escasos 500 metros está la presa. ¿A ver si es que en ese tramo se dan unas circunstancias únicas y extraordinarias donde pueden desovar tan endémicos y magníficos ejemplares de peces? Barbos para más señas, como nos ilustra Pepe que fue un consumado pescador en sus años mozos.
Por la misma senda nos vamos retirando, que ya se va la fresca y no queremos que el sol nos aplaste como cucarachas. Se nos ocurre hacer una visita de cortesía a nuestro recién invitado de excepción a Mingorrubio. Multitud de parafernalia patriótica (o patriotera según se mire), antecede la entrada al panteón donde Doña Carmen lo esperaba desde hace unos pocos años. Juanlu, que es un sentimental se derrumba y le afloran unas lagrimitas que disimula sin éxito. Sus años al frente de la OJE le traen unos recuerdos añorables.
Nos retiramos y volvemos por el mismo sitio. Cruzamos varios pasos elevados y calles semidesiertas para dejar a Juanlu en el mismo lugar donde le recogimos un par o trío de horas antes. La vuelta a casa de Pepe la hacemos esta vez por la Casa de Campo, donde el sol ya aprieta sin indulgencia.
Ya en su casa nos apretamos dos Coronitas en el jardín mientras charlamos animosamente a la sombra del enfermizo roble que plantó con una bellota y que ya sobrepasa los 10 metros. ¡Cómo pasa el tiempo! Hideputa.
Starnbergersee, también conocido como „el lago de los pijos”, es un gran lago al sur de Múnich donde viven los cirujanos plásticos con sus familias y donde los pijachos de la ciudad se sacan el carnet de conducir barcos… qué pintamos nosotros en el lago? Pues poco efectivamente, pero el camino es muy agradable.
Nuestra ruta empieza en Marienplatz a las nueve de la mañana, concretamente en la tienda de deportes de Múnich. Yo pretendía comprarme unos pantalones de montar en bici antes de empezar, pero cuando vi que pretendían cobrarme más de 100 Euros por unos Dodotis pegados a unos leggins pensé que más me valía atarle un cojín a mi sillín de plástico.
Ana y La Perla Negra en Marienplatz
Desde el centro de la ciudad empezamos a pedalear hacia el sur. Salir de la ciudad siempre es un poco rollo porque el carril bici está lleno de torpes, lo que más rabia me dan son las mamás que dejan a sus hijos gatear por el carril bici… y si lo aplasto es culpa mía, no? Qué injusto!
Una vez superado el tramo difícil (como os decía, el tramo de la ciudad), empieza un camino de tierra por dentro de una reserva natural que es muy agradable. Está pensado para familias y durante varios kilómetros vamos encontrando distintas estaciones para niños con sus respectivos carteles explicativos; la granja de las vacas, el recinto de los caballos, la zona de apicultura, la charca de las ranas… me imagino que en fin de semana se llenará de críos, en este caso íbamos nosotros prácticamente solos.
Parque natural – camino de tierra
El tercer tramo es a lo largo de una autopista. Me daban un poco de pena los chavalillos con los Porche descapotables y los Alfa Romeo Spider, estoy segura de que se morían de envidia al verme con La Perla Negra a toda velocidad mientras ellos tienen que encoger las piernas para meterse en sus vehículos.
Ana dando envidia a los del Porche subida en La Perla Negra
En este tramo del camino pasamos por campos de cereales y de maíz, seguimos sin cruzarnos con nadie por el carril bici y a mí empieza a dolerme el coxis… Tendría que haberme comprado los malditos pantalones, pero es que además de caros eran feísimos.
Según nos vamos acercando al lago, empiezan a aparecer las casas bonitas, se ve alguna moderna, pero casi todas son de madera, con las vigas a la vista y flores en los balcones, como le gustan a mi madre.
Casas de las que le gustan a mi madre
A mí me va entrando hambre y ahora viene la cuesta arriba. Lo difícil de este tramo es que a estas alturas ya vamos sin agua y tenemos que esperar a llegar al lago para comprar bebidas isotónicas (así es como Bene llama a la cerveza cuando estamos haciendo deporte, pero no os dejéis engañar, no tiene ninguna intención de beberse un Gatorade)
Cuando por fin llegamos al lago conseguimos el último sitio en la terraza del restaurante bávaro que nos gusta, menos mal porque mi estómago se está auto-devorando. Bene pide Schnitzel de ternera (que no es otra cosa que filete empanado) y yo un risotto de verduritas.
El lago Starnberg – Los Alpes al fondo
Después de comer y de tomar un helado nos ponemos rumbo a Múnich, el camino es prácticamente el mismo pero ya más cansados y sin ganas de tararear la canción de Verano Azul en bucle (esto último Bene lo agradece).
Llegamos a casa a las cuatro de la tarde aproximadamente, buen momento para tomar café y ponernos a hacer cosas productivas, que no va a ser todo pedalear y zampar!
Hemos quedado un poco antes, para que no nos coja “la caló”, pero demostró ser una chica rápida y nos alcanzó enseguida.
El arranque es fresco y cuesta abajo, muy agradable. Eso sí, en cuanto cogemos el camino nos encontramos con una vallita, nada, un pequeño salto sobre un muro de hormigón. Están de obras y han cerrado el acceso al camino del Canto de Castrejón. Seguimos sin más, no importa.
Cruzamos la dehesa repartida en fincas privadas, cada una de las cuales con su puerta, su cadenita y su candado. Pues eso, que saltamos alguna valla más.
El camino se pierde por el cierre al tráfico desde la pasada primavera y no hay muchas pistas. El track nos lleva “por lo peor” y nos va enfrentando a obstáculos sucesivos y variopintos: obra, mampostería de calidad, piedras sueltas, alambre de espino… así hasta llegar a un camino digno, donde no paramos de cruzarnos con ciclistas a mansalva, que claramente se lo sabían.
Bueno, pues ya está –no, espera- ¿por qué vamos contra la vía del tren? ¿habrá un paso? ¿quizá un túnel? En realidad hay dos vallas juntas –DOS- una la de la finca y otra la del ferrocarril. Pues nada, se saltan y listo.
Ahora el track va sobre la plataforma, pisando el balasto, con un desnivel a ambos lados de piedra apisonada en pared (vamos, lo que es el balasto).
Ya subidos en las traviesas, un par de convoyes, uno en cada sentido, nos pitan de malos modos ¡joder! Ni que la vía fuera suya. La bajada tiene su miga. Se decide primero Fernando.
Lo peor no es el descenso, es que si el intento es fallido, hay que subir por la cuesta de piedras que se desmorona.
Por fin alcanzamos el camino de Navalquejigo y la colada de las Cebadillas. Pistas facilonas y bien marcadas, como se hubiera esperado en toda la ruta.
Sendero maravilloso hasta el embalse y a lo largo del mismo. Rápido, tratable, con mucho tráfico. Eso sí, en una variante me encuentro con un saltito que fuerza el rehúse y apoyo mano. Ahora me molesta un poco, pero sin más.
Pista a Valdemorillo, que ya hemos hecho muchas veces, bordeamos el pueblo y nos enfrentamos al subidón. Camino roto de piedra suelta, con desnivel generoso y el Lorenzo en su esplendor.
Desde el camino vemos un incendio en la ladera por encima de Robledo. Desde que empezamos a ver humo hasta que aparecen los helicópteros pasa mucho tiempo, el fuego crece y no nos parece que traigan agua, no se ve el saco ese típico colgando.
Un fulano nos dice que ha sido causado por el accidente de una moto, que en la caída se incendió el depósito. Ni la causa, ni el sitio nos lo parece, pero allá cada uno.
Enfrentamos el camino de regreso sin muchas ganas, Zarzalejo, Silla, Herrería, evitando la calzada romana, que no apetece.
Por rematar, nos subimos al monasterio en lugar de ir directos a la estación. Bueno, al monasterio no, a la plaza que hay más arriba, que dice Rufi que así luego todo es bajada.
Cervecitas que invita Juan Luís, mientras Fernando aprende a pagar con el móvil, y cada uno a su casa, que ya está el día cumplidito.
Primer día de agosto, anunciaban 38 grados en Múnich (que es lo equivalente a 43 en Madrid). Uf, demasiado calor para ir a los Alpes a hacer senderismo, demasiado calor para ir al lago Starnberger en bicicleta, demasiado calor para quedarse en casa… Pero el día perfecto para ir al Jardín Inglés!
Vivir a 5 KM del parque más grande del mundo es maravilloso, en verano no hay más que ponerse el bañador y subirse a la bicicleta. Tenía suficiente comida como para organizar un picnic sin pasar por el supermercado, suficiente cerveza como para invitar a nuestros amigos sin que nos doliese compartir y además tenía pendiente probar la app Strava para grabar rutas de bici y subirlas al blog. No hay excusa!
Salimos de casa con la espalda empapada en sudor, Benedikt ya con una cerveza en la mano y yo peleando con la app nueva para grabar la ruta. La app no es que me encante, pero es gratis!
Los 10 km por carril bici fueron toda una odisea, papá se queja de subir puertos de montaña pero nunca se las ha visto con los hipsters muniqueses que bloquean el carril bici con sus tablas de surf y sus bicis sin frenos, en fin… aquí hay que venir lloraó!
Por suerte la ruta no tenía demasiadas cuesta-arribas, porque Múnich es una ciudad muy planita, pero sí que nos las tuvimos que ver con algún bache del carril bici! No os vayáis a creer que esto es todo coser y cantar! Estamos hablando de toda una hazaña! Un auténtico despliegue de técnica y resistencia!
Pedaleamos sin descanso casi 17 minutos, manteniendo el ritmo respiratorio constante y tratando de controlar las pulsaciones por minuto que marca mi FitBit, siempre con la vista fija en el horizonte, fantaseando ya con el agua fresquita del río y la sombra de los árboles de hoja perenne.
Cuando llegamos al Jardín Inglés a mí ya se me escurrían los muslos en el sillín, es lo que tienen los sillines de plástico, el calor infernal y los pantalones cortos que no absorben el sudor. Por suerte encontramos un trozo de césped vacío y pudimos extender la manta de picnic sin quebrantar las reglas de distanciamiento social (y sin que se nos cuele ningún feo en la foto de Instagram, que el postureo es lo primero)
Jardín Inglés – Amigos sonrientes y marido zampón
No voy a contar los detalles del picnic con amigos, del queso recién traído de la granja de nuestro amigo Hannes, del jamón que me regaló la Yayi cuando estuve en Madrid, ni de las empanadillas recién hechas que había cocinado la noche anterior, que esto no es un club gastronómico!
Río Isar a la altura del Jardín Inglés
Ni voy a hablar de lo que mola bajar el Isar dejándose llevar por la corriente ignorando los carteles de “peligro de muerte”, no se vaya a enterar mi madre y se asuste!
«Peligro de muerte» – Somos unos intrépidosSurfistas en el Isar – De esos que luego bloquean el carril bici con sus tablas y sus bicis sin frenos
Ni de lo chulísima que es la bicicleta que me regaló papá, La Perla Negra, no les vaya a dar envidia al resto de miembros del grupo, que sé bien que no todos tenemos una quipación tan técnica…
Ana y La Perla Negra en el Jardín Inglés
Así que haré un fast forward a la parte en la que volvimos a subirlos a las bicicletas, ya mucho más fresquitos y con la tripita llena.
La vuelta en bibicleta fue más dura aun si cabe, se acercaba la hora de acostarse de los menores de seis años y las madres con carritos de bicicleta son más lentas que papá explicando matemáticas. Además se forman atascos de abueletes con sus e-bike y hubo que hacer auténticas virguerías con el equilibrio para no poner el pie en el suelo.
Por suerte una vez pasado el puente del Jardín inglés se puede coger velocidad y pedalear casi sin parar hasta llegar a casa, digo “casi” porque a diez minutos de mi casa está la mejor heladería de Múnich y aun no he conseguido pasar por delante sin pararme a por un helado de chocolate y jengibre o uno de vainilla y nuez de macadamia.
Ahí ya paré la app del todo y dejé de grabar la ruta porque me pareció de mal gusto pausar la app dos veces, que esto empieza a parecer una ruta gastronómica.
Vale, me habéis pillado, esta ha sido una ruta de broma, pero os diré que una vez identificada una app que graba bien las rutas, estoy lista para mi primera aventura real la semana que viene!
Que se preparen los que están en el podio de jubiletas, los de los currantes y los de la Champions League, porque Bene y yo estamos de vacaciones y pretendemos pasear todos los caminos de los Alpes (Ya sea cuesta arriba con las botas de senderismo, por los valles llanitos con las bicis de paseo o rio abajo con el bikini y las cangrejeras!).
A las 9 horas habiamos quedado en la plaza de toros de la localidad de Cercedilla. Los tres mosqueteros (Pepe, Domingo y el que suscribe).Precioso rincon de la Comunidad de Madrid, dispuestos a darlo todo, a pesar del calor (que no hizo) ; a pesar del puertaco a Fuenfria ( que luego y a ritmito se hizo llevadero) ; y a pesar de los años, que estos si que si, son los que pesan (hablo por mi).
subida camino del agua
Empezamos un poco dubitativos, porque desde la plaza de toros, la ruta transcurre por las callejuelas de Cercedilla para ir a coger la Senda del Agua, que sale entre edificios y es dificil orientarse. Al principio es eso, una sendilla por la que pasean a diario sus habitantes para andar, y luego se convierte en un camino frondoso, entre arboles, por donde pasan las tuberias que dan agua a Cercedilla. En algunos sitios se oye el rumor del agua.
El camino esta orientado al Norte y lo arropa un bosque interminable de pinos, por lo que no tuvimos sensacion de mucho calor. A pesar de que el camino esta bien, en algunos tramos hay que bajarse para continuar sin caerte, por los meños abundantes que jalonan el camino. El final da casi al aparcamiento de Casa Cirilo, y a partir de ahi derechitos, sin prisas y sin perdida hasta el Pto. de la Fuenfria.
viendo el panorama
Yo les dije a Pepe y a Domingo que tiraran y me esperaran arriba en el Puerto, porque este tramo como sabeis no tiene perdida, pero cual fue mi sorpresa, que no se, si es que iban dormidos, o hablando entre ellos, o no se que habian desayunado, fuimos juntos hasta coronar Fuenfria. Cosa que les agradezco, porque se que a ellos les gusta subir deprisa, para luego esperar a tortugas como yo.
Despues de coronar, bajando a la Fuente de la Reina, al señor D. Jose le dio por visitar las ruinas de La Casa de Eraso, que se construyo para que literalmente, la Reina Isabel de Valois, embarazada que estaba ella, no tuviera que pasar grandes sufrimientos en sus desplazamientos entre El Escorial y estas zonas de Valsain, muy apreciadas por los Reyes. Aunque en petit comite se dice que era una casa de putas, a saber……..
Bajando hacia la casa
La famosa en su epoca casa de putas
Ya en Fuente de la Reina estabamos en la gloria, descansando tomando el refrigerio y hubieramos tenido que continuar, para dar la vuelta al Cerro de la Camorca, pero he ahi, nos dio perezon vimos a bastantes jubilatas con electricas, y como la ruta al Cerro parece ser que algunos tramos son durillos y que necesidad hay de esforzarse tanto, y como nuestro esfuerzo no es electrico media vuelta y a Fuenfria. Que pena me dio(je, je) no completar la ruta.
Ya en Fuenfria y bajando a Cercedilla, otra vez Pepe, le dio por hacer un esfuerzo adicional y visitar el chalet de Peñalara. Que tengo que reconocerte, a diferencia de la Casa de Eraso, que es una magnifica construccion, desaprovechada para uso turistico.
Y despues sin grandes esfuerzos y todo de bajada, que gozada, Casa Cirilo y a comer que se acaba el mundo.
Bebiendo y comiendo como mandan los canones
Un gran placer la compañia, deseamos a Domingo que disfrute sus merecidas vacaciones, y que vuelvan los que ya han estado, para hacer grandes rutas y seguir sudando juntos, en esta aventura formidable en la que estamos inmersos. Un abrazo
Eres guapa, eres rica ¿qué más quieres Federica? Este sabio dicho popular podría aplicar a la ruta de hoy, tan bien como aquel otro de «sarna con gusto no pica» o «el que algo quiere algo le cuesta». Anunciaban que iba a ser el fin de semana más caluroso de lo que llevamos de verano y que iba a batir marcas pero, con todo y con eso, nos hemos animado a salir a dar pedales por la zona de El Escorial. Y hemos hecho muy bien porque ha sido una jornada súper agradable, entre amigos, ruta divertida y el calor, si bien se ha notado, no ha sido insorportable.
La mayor parte del grupo sale del Tomillar, merendero que está justo enfrente de donde la Hacienda Pública Española guarda todos nuestros datos para darnos «lo nuestro» cada año en la declaración de Renta y Patrimonio. Domingo salio de su casa y yo de la mía, encontrando a todo el grupo ya reunido en la rotonda del Hospital de El Escorial.
Desde allí hemos bajado hacia la estación y hemos enfilado por la carretera de Peralejos. Lo primero que te encuentras en una subida de las que, al menos a mi, se te atraganta. Pepe ha empezado con la filipíca que no ha abandonado en toda la ruta, más por dar por culo que por otra cosa, porque de forma va sobrado. En seguida, en cuanto hemos acabado la cuesta, nos hemos desviado por un camino que terminaba en Peralejos y que es muy divertido. Tiene de todo, sus piedras, sus zonas más rápidas, sus partes técnicas…. Coincide en algunos trozos con la antigua calzada romana, por la que no hemos ido.
Desde Peralejos hemos cogido otra senda, del mismo estilo que la anterior, que nos ha llevado hasta la entrada de Zarzalejo Estación. Ahí hemos parado un rato para observar desde abajo la Machota Mayor y para sacarnos algunas fotos que adornen esta crónica. En ese punto hemos cogido la pista que lleva hasta la antigua carretera de la Silla de Felipe II. Yo recordaba esa pista con bastante reparo porque en alguna otra ocasión, cuando la hemos hecho, se me ha atravesado bastante. Esta vez, sin embargo, debo decir que ha sido bastante llevadera. Esto se ha debido, en gran parte, a que Domingo ha elegido el sentido de la ruta para que las zonas de umbría las recorriéramos a la hora de más calor y, desde luego, se ha notado.
Los machotes en primer plano y la Machota de fondo. A Juanlu por poco le tenemos que hacer el boca a boca tras retener la respiración metiendo tripa
Cuando hemos llegado a la antigua carretera de la silla de Felipe II no hemos ido a depositar nuestras posaderas en la misma, sino que hemos enfilado hacia el Puerto de la Cruz Verde. Esta carretera, ya fuera de uso y que, según me ha comentado Domingo, ahora se llama «ruta ecológica» nos ha ofrecido unas magníficas vistas del monasterio, el Monte Abantos y Navacerrada. Pepe ha aprovechado para decir que por qué no hacíamos tres veces esa ruta y nos íbamso a casa. No le hemos hecho ni caso y hemos acertado.
Fin del tramo desde Zarzalejos. Aquí ya hemos estado otras veces y es punto obligado de parada para foto de grupo
Magníficas vistas del Monasterio desde la vieja carretera a la silla de Felipe II. Domingo, he dejado el magnífico encuadre de la segunda foto (ay si voy con la que te doy). Pepe fue un ciudadano civilizado y no dejó la basura ahí tirada como hubiera hecho cualquier dominguero.
El penúltimo tramo de nuestra ruta ha sido por el camino de la horizontal, que se coge en la intersección con la carretera de Avila y acaba, como su propio nombre indica, en el restaurante de La Horizontal. Ahi nos hemos encontrado con unos globeros que habían reventado la cubierta y habían salido sin cámara. Menos mal que Pepe iba provisto de una cámara de 26» que, por el módico precio de 10€ les ha debido permitir a los globeros seguir su ruta. Otra cosa es dónde habrán acabado, porque no sabían si habían aparcado el coche en Villalba o en Guadarrama.
Desde «globeros point» hemos tirado para arriba hacia la pista que lleva al caracol. Lo han cimentado y lo han dejado como una pista de aterrizaje. Le han quitado parte de la salsa que tenía con las piedras y las raices, pero, hay que decirlo, te aligera unas decenas de pulsaciones que antes te llevabas de regalo subiendo la cuesta. No hemos llegado al caracol, ni mucho menos. En la cancela hemos cogido un camino a la derecha que, despues de mis más de 20 años en el Escorial yo no había cogido nunca, y que nos ha llevado a la carretera que lleva al bosque de las Penosillas y al Arboreto Luis Ceballos. Esa sí que ha sido la última etapa de nuestra ruta.
Algunos «machotes» con el Monasterio al fondo y Juanlu remotando el penúltimo cuestaco. Hoy no ha habido mucho desnivel, pero tampoco ha estado mal y Juanlu se ha defendido como un javato
Bajando hacia el Tomillar Domingo nos ha abandonado porque tenía una comida que seguro que le va a resultar inolvidable y se tenía que volver chutando para el Foro. Los demás hemos seguido hasta el Tomillar donde nos hemos tomado unas magnificas cervezas (bueno, Juanlu y Pepe han tomado agua con gas) a la salud de los globeros y sus 10€. Yo tengo que aprender a pagar con el teléfono, porque unas veces me funciona y otras no y parece que estoy haciendo a mis amigos el truco del perro que fuma y ya estoy empezando a ver caras raras como si no se creyeran que no me funciona el dispositivo.
El remate de fiesta ha sido ver la máquina que se ha agenciado Miki. Un flamante Leon tope de gama que huele a nuevo y que tiene una pintaza cojunuda. Enhorabuena Miki, una «makina total» digna de singular piloto.
Chicos, yo me lo he pasado bomba, lo he disfrutado, no he pasado mucho calor y he estado con la mejor compañía. Por cierto, Pepe ha dicho, al final, eso si, que la ruta había estado estupenda y muy bien trazada por Domingo para evitarnos el Lorenzo.