Iba tranquilamente hacia Valsain, pensado en hacer una rutita hasta mis amigos los acebos, pero cuando llegué, habíamos cambiado de plan. Un IBP de 86 tenía la culpa. Félix propuso otra ruta con un trazado más suave. Así que, a pesar de que Pepe no estaba muy convencido, salimos del pueblo y nos dirigimos hacia el río Eresma, siguiendo el nuevo track.
Esta parte de la ruta es preciosa e íbamos en modo «tralará«. Pero nos empezó a venir el recuerdo de una ocasión anterior por estos lares, en los que las cosas no fueron tan idílicas.
Efectivamente, pronto nos encontramos que el camino se volvía impracticable y teníamos que cambiar de orilla. Así empezamos con los pasos de río.
Y todavía se lió mas: zarzales, raíces, piedras, rapones, etc. Pepe se puso mohino y subimos las bicis por los pedregales y cuestones en silencio, asumiendo el error. Ahora si que nos empezamos a acordar de cómo se las gastaba la puñetera ruta de Boca del Asno.
La madre que nos pario…¿Y ahora qué? No todo va a ser triscar…Brrrrrrrrmmmmmm…
Después de subirnos una buena cuesta empujando, por fin llegamos a la 601, la atravesamos y nos metimos en otra pista que empezó subiendo por una zona de explotación de madera, de tierra bien removida, con sus piedras, escalones y ramas, que hizo nos hizo «disfrutar» un montón. Félix no recordaba cuando había realizado este track, que había obtenido de nuestra amada rutoteca. Mirando en el Orux, nos dimos cuenta que nos llevaba de cabeza a Cotos. Llegamos a la conclusión que era cosa de Alfredo porque tenía su seña de identidad y además, no estaba presente 😂 .
Por fin dimos con una pista como dios manda, y como no queríamos ir a Cotos (no por nada en especial…), nos dirigimos a la 601, subimos unas cuantas revueltas y cogimos otra pista que pensabamos que llevaba hasta la Fuenfría. Pero no era nuestro día. A cosa de tres kilómetros de subida nos dimos cuenta que esa pista llevaba directamente a Navacerrada y que ir a la Fuenfría desde allí suponía bajar para volver subir. Un poco desinflados, optamos por volver ya a Valsain dando un rodeo de forma que entrásemos por el aserradero. Teóricamente se trataba de una vuelta fácil, sin muchos desniveles, pero no fue así, claro. Allí nos encontramos con una señora que llevaba una bici eléctrica misteriosa sin batería y que nos sacó un buen trecho.
Nos fuimos al pueblo a comer, a un sitio donde ya habíamos estado antes. Estaba completamente vacío y, aunque al principio nos pareció un poco cutre, el salmorejo y los huevos con patatas y jamón fueron de primera. Al final, otro día estupendo, rodeado de naturaleza y amigos.
Aunque esta ruta ha tenido un poco de descontrol, hay que reconocer que pasa por sitios increíbles, llenos de helechos y vegetación, totalmente solitarios. Creo que quitando la parte de Boca del Asno (por no ser ciclable) y buscando una alternativa para llegar a la Fuenfría, quedaría perfecta. En fin, otro día visitaremos el acebal.
Esta salida empezó con un abundante intercambio de correos sobre la dificultad del track. Después de duras disquisiciones, maese Alfredo modificó la ruta inicial eliminando las subidas a unas cascadas, con gran alivio del resto del grupo que se veía ya involucrado en actividades de alpinismo.
El día empezó perfecto, con una temperatura ideal y unas nubes que nos quitaban un sol que hubiese sido bastante molesto.
El track incluía una visita turística a Buitrago antes de empezar por las veredas en dirección a Villavieja del Lozoya. Y no pudimos evitar la tentación de hacernos alguna foto pasando el Lozoya.
La primera parte del trazado era bastante jodidillo, lleno de piedras sueltas, con abundantes arroyos y pequeños repechos que complicaban sobremanera la ruta a los torpes del grupo. Empezabamos a sospechar que Alfredo nos la había metido doblada con unas trialeras de las suyas cuando el camino, de repente, mejoró apreciablemente.
Después de tantos rulos por Madrid y sus alrededores, aquello era el paraíso. El campo estaba espectacular, todo un lujo, lleno de colorido y olores, un auténtico placer. Lo único que rompía tan bucólico entorno era la bici de Félix, que ya venía haciendo algún ruido pero que a estas alturas del viaje empezó a darnos un concierto tipo «solo para somier y viejos de pueblo follando«. Esto dio lugar a la consabida conversación de «cuando me compro la eléctrica» versus «yo no caeré en semejante aberración«, tan habitual cuando vamos relajados y sin cuestones a la vista.
Dejamos las chorreras de San Mames a un lado y seguimos tranquilamente hacia Navarredonda.
A la salida de Lozoya, el embalse de la Pinilla, que estaba hasta las trancas, ofrecía unas imágenes espectaculares. Bajamos la velocidad para poder disfrutar y al final acabamos haciendo una sesión de fotos…
La vuelta empezó por un pequeño bosquecillo que nos llevaba hacia Lozoyuela, atravesando el puente del Congosto.
Atravesamos Garganta de los Montes haciendo otra sesión fotográfica y ya enfilamos las sendas hacia El Cuadrón.
Ya olía a final de viaje. La bici de Félix también se percató y, en este trayecto, dio lo mejor de sí misma, amenizándonos con una serenata en sol mayor que hizo las delicias de los presentes.
Los últimos repechos los afrontamos con resignación, con la esperanza de no encontrarnos con más sorpresas. Ya teníamos las posaderas como un mandril, y no era cuestión de forzar la cosa. Por suerte, así fue, entrando triunfalmente en un Buitrago llenito de turistas.
Justo cuando llegamos al restaurante, un grupo de jubilatas estándar se levantaba de la mesa, dejándonoslo a huevo. Nos lanzamos en plancha dispuesto a comernos lo que fuera.
No habíamos contado con el vino… Pepe fue el más acertado al calificarlo como una variante de Oraldine. Ni siquiera la Casera tuvo su legendaria efectividad para contrarrestar los efectos de un vinazo. La destruyó por completo. Pero aparte de esto, la comida estuvo bien. Incluso repetimos café, charlando sobre futuros planes y para alargar un día tan agradable. Habíamos vuelto a la normalidad (sin nueva y sin hostias).
PD: Félix llevo felizmente su bici al taller para acallar sus gritos. Yo hice lo mismo porque tengo una fuga de aceite en la horquilla. Y hasta Pepe está pensando en cambiar su orbeita. Lo que digo, «ebike is coming…».
Esta rutita por el Parque Natural de los Cerros, al lado de
Alcalá de Henares, la encontré por pura casualidad buscando algo que no
hubiésemos hecho por los alrededores de Madrid, en dirección a Guadalajara.
Nunca había oído hablar de este parque, aunque parece que es bastante famoso. Y
es que a Alcalá solo voy de tapas…
Nos amaneció un día estupendo, no muy frío. Dude en ir de corto, pero tampoco era cuestión de pasarse. El Waze me llevó por Mejorada del Campo. Fue un gran acierto ya que pude disfrutar de un amplio abanico de modelos de furgonetas de Amazon que amenizaron mi viaje llevándome a 60 kms/h durante gran parte del recorrido. Al final llegué unos minutos tarde al aparcamiento, porque sí, este sitio tiene hasta aparcamiento.
En cuanto nos pusimos en marcha, el lugar nos sorprendió. Era un bosque de pinos en toda regla, entre colinas escarpadas, repleto de veredas y caminos. Enseguida empezamos una agradable subida por pistas anchas donde Alfredo nos contó cosas de su reciente viaje a la India y Nepal. La cuesta terminó alargándose lo suyo y dejó de ser agradable, claro. Allí sólo hablaba Alfredo. El camino se volvió de nuevo razonable en el Alto de los Reventones (en este sitio los nombres lo dicen todo…).
Una vez aquí, tiramos por un senderito de los que no ves hasta que estás encima, el de Los Lagartos, y nos metimos de lleno en un tobogán superdivertido, estrecho y limpio de obstáculos, repleto de giros con sus peraltes y todo. Una fiplada de sitio, donde Alfredo, el Tigre del Rajastán, se vino arriba, perdiéndole de vista (como siempre, por otra parte). Como la ruta pasa varias veces por este lugar, le vas cogiendo el puntillo y al final parece que estás haciendo bobsleigh, esos trineos que se lanzan a lo loco por un tubo de hielo.
Llegamos encantados, con una sonrisa tonta en la cara. Habíamos encontrado un parque de atracciones para bicis. Pero no es oro todo lo que reluce. Al llegar al final, doblamos en uno de sus múltiples giros 180 grados. Y ahí nos estaba esperando el sendero que nos llevaría al Barranco de la Zarza. Aquí la cosa cambió drásticamente. De repente la ruta se volvió muy técnica, sin tolerar ni un despiste, con subidones explosivos de 1:1, continuos badenes, senderos estrechos con peralte negativo y bastante expuestos. Un lugar nada recomendable para tener vértigo o miedo a la altura. Nuestro amigo Juanlu tuvo un pequeño incidente en esta zona, aunque su experiencia le protegió y salió victorioso y triunfal, sin apenas un rasguño e inmaculado como es su costumbre. La subida no acababa nunca, los senderos dieron paso a una pista más ancha pero llena de piedras. Siempre deslomados (al menos un servidor), nos dimos de cara con unos cuestones que me acabaron convenciendo de poner pie a tierra. Así es como llegamos al “Banana Point”, el alto llamado el Ecce Homo, con unas vistas que merecen la pena (después de la paliza lo valoras más, eso ya te lo digo yo).
Esta ruta es complicada de seguir. Todos mirando el GPS como tontos.En el alto del Ecce Homo (836 metros cabrones)Félix, tomando posesión de los nuevos territorios de ultramarJuanlu, el gladiador de los peraltesEl Tigre de Rajastán marcando su territorio
La bajada por pista en medio del bosque es gozosa. Nos desviamos por un sendero y al final del mismo, nos metimos por un pequeño túnel que pronto nos hará subir de nuevo. Otro palizón por sendas estrechas nos lleva de nuevo hasta arriba para, inmediatamente, bajar por otro barranco, más abierto esta vez, que se llama Salogre, vaya usted a saber por qué.
Cuando finalizamos ya sabíamos lo que nos esperaba. Con paciencia, iniciamos una nueva subida, esta vez por por pista. En la parte alta retomamos el camino que hicimos la primera vez. Aquí, en la 3ª subida, fuimos conscientes de dos cosas: que estábamos follados (bueno, fatigados) y que se nos iba la hora de la comida si tratábamos de finalizar el track marcado, que constaba de 5 subidas y bajadas. Fue en ese momento en el que, ¡oh providencia!, el Tigre del Rajastán tuvo una avería en el desviador trasero (se rompió el muelle de recuperación; a mí me pasó lo mismo hace menos de un año, tanto XTR y tanta hostia pa’ na…). Así que, con gran dolor de nuestro corazón, tuvimos que volvernos al parking, prácticamente todo el tiempo cuesta abajo.
Para comer, intentamos ir a una pulpería que estaba a escasos 250 m. del parking sin éxito porque sólo abrían fines de semana. El restaurante donde había reservado Juanlu estaba en el mismo Alcalá de Henares y fue imposible aparcar, así que decidimos dirigirnos de vuelta a Madrid y ver si encontrábamos algún lugar en el camino. Misión imposible, todo era un polígono industrial. Sólo encontré un lugar lleno de camiones en la via de servicio, pero como no llevaba un calendario con una tía en pelotas detrás del asiento del conductor (imprescindible para integrarse en este hábitat), decidí seguir camino a casa, donde me esperaban las sobras del día anterior.
Así acabamos esta ruta, llena de sorpresas, muy recomendable y divertida, aunque exigente y técnica. Y para acabar con esta brasa, queridos niños, voy a incluir algunas recomendaciones:
Las múltiples vueltas de que consta el recorrido hacen que haya que estar muy pendiente del GPS y de los waypoints. Al menor despiste, ya te has salido y estás en otro barranco.
Posiblemente no es buena idea ir en fin de semana, porque debe haber una gran afluencia de gente al estar tan cerca de Alcalá. Y en los toboganes es fácil empotrarte con alguien…
Tampoco es recomendable acercarse por allí después de que haya habido lluvias. El terreno arcilloso y los peraltes negativos no lo hacen nada recomendable. Acabarás perlado, seguro.
Hay veces que las cosas se tuercen. La convocatoria de esta ruta fue un «poco» caótica debido a un error mío al pasar el enlace. Así, envié un punto de encuentro en Colmenar Viejo cuando la ruta que había pasado estaba en Alcalá de Henares. En fin, menos mal que gracias a los comentarios de Pepe, caí rápidamente en el error. Había evaluado diferentes opciones y envié la que no era, cosa que no es raro debido a mi despiste congénito.
El día de marras amaneció cubierto. Mal presagio pensé, influido por todo lo anterior. Llegué a la zona del aparcamiento y Pepe y Juanlu habían aparcado en otro sitio. Bien, estupendo. ¡Cómo para emprender una acción militar con éstos! Menos mal que pronto llegó Alfredo con Félix y, además, el sol apareció en el cielo. A la hora prevista empezamos nuestra andadura.
Subiendo a la parte alta del pueblo, nos dirigimos hacia la base de helicópteros donde pudimos disfrutar de varias pasadas del viejo Boeing CH-47 Chinook y de los nuevos Eurocopter EC-135.
El día se había quedado espléndido, aunque hacia bastante frio. Hemos hecho diversas variantes de esta ruta y sabíamos que pronto íbamos a entrar en calor. Supongo que por eso Alfredo se había traído un culote que dejaba ver media raja de culo con pelos y todo. Como siempre, Alfredo iba delante marcando la ruta, y claro, a uno se le iban los ojos…
Dando por saco a las vacas de la zona. como si no tuvieran bastante con los helicópteros…
Mira que intenté buscar una ruta tranquilita para recuperarme de mi reciente gripe, pero nada, repechones forever. De todas formas, el campo estaba espectacular y valía la pena hacer esta ruta, preciosa en esta época del año. En la foto superior atravesamos la zona de la Talanquera de entrada a la Dehesa de Navalvillar.
A Pepe, el creador de nuestro marco normativo, siempre le ha tirado el tema jurídico…Reagrupándonos después del cuestón.
Después, nos esperaba nuestro amigo el sendero pedregoso que tan «buenos» momentos nos ha ofrecido a lo largo del tiempo.
Perfectamente señalizado.
Después de un buen rato de dar botes, nos aproximamos a Guadalix de la Sierra. En este pueblo se rodó la mítica «Bien venido Mr. Marshall». Así que entramos en el pueblo con la idea de buscar una escultura, homenaje a la misma. La encontramos y nos cebamos, claro.
Alfredo le dio el móvil al más espabilado del pueblo. Casi tan bueno como Pepe.
Muy amablemente, nos dejaron subir hasta donde estaba la estatua de Pepe Isbert, el entrañable alcalde de Villar del Río.
Salimos del pueblo, recordando las sensaciones que teníamos cuando veíamos estas pelis las tardes de los sábados. Pero pronto tuvimos que centrarnos, tirando por el sendero de los Hormigales y dirigiendonos a una zona de dehesas con ganado bravo. El paisaje se llena de subidas y bajadas que me van machacando poco a poco. Los accesos de tos me recuerdan que tenía que haber buscado algo más llanito. A buenas horas mangas verdes.
Alfredo empieza a sentir que la hora de comer ya llega. Es hora de acelerar.El puente del AVE. Ya queda poco.
Volviendo a aparecer por la parte inferior de la Dehesa de Navalvillar , nos encontramos de nuevo con la base militar. Ya hemos llegado a Colmenar y Alfredo y Pepe se adelantan para buscar un abrevadero.
Así es como llegamos a La cabaña de Vettón, un restaurante con un menú correcto y trato muy agradable.
Y así se acaba esta salida, tan agradable y placentera como es habitual. Un gran día por el paisaje y, sobre todo, por la compañía. Y parece que tengo menos tos, que tengo que acabar con mi particular parte médico.
La mañana no empezó bien. Todos los pronósticos daban un día nublado pero sin lluvia y nos encontramos que empezaba a chispear. Pepe, con gran instinto paternal, nos alertó de que empezaba a llover. Camino de Hoyo, pudimos comprobar que las gotitas empezaban a convertir en un buen aguacero, para deleite de Juanlu, que demostrando un arrojo sin límites, había venido sin el imprescindible chubasquero.
Llegué a Ohio (así llamabamos a Hoyo en mi etapa de IMEC donde realicé la academia en su cuartel de ingenieros) unos 5 min. antes de la hora, aparcando en una zona dispuesta para tal fin en el centro del pueblo (un lujo, la verdad; ya lo podían copiar en otros pueblos). No vi movimiento de bicis, aunque estaba la Orbea de Pepe, todavía en la portabicis, orgullosa y desafiante. Los muy perros se habían ido a un bar, seguramente a meterse un carajillo (oficialmente, un café). Salimos, con los ánimos un poco pasados por agua porque el día pintaba bastante mal y nos pesaban los augurios de Felix que, desde su catarro, nos pronosticaba una ciclogénesis apocalíptica. Pero tampoco había que preocuparse mucho, porque era una ruta sencillita. O al menos eso creíamos.
Las primeras luces de alarma surgieron cuando a Alfredo le empezó a sonar la ruta. Al principio nadie le hacía caso, dada su fama recordando hechos pasados, pero ante su insistencia llegamos a la conclusión de que ese tramo formaba parte de la de Torreledones que, como se puede ver en una crónica anterior, fue de todo menos fácil. La cuestión es que aquello empezaba a complicarse, confirmando en la idea de que Flopez67, el fulano que subió la ruta a Wikiloc, nos la había metido doblada. Y es que Flopez67 define a esta ruta como «sin apenas dificultad alguna, salvo algún tramo algo roto…». La madre que lo parió… Supongo que estará habituado a hacer rutas por el K2.
Entre jaras, llegamos a la Berzosa, metiéndonos después en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzares. Allí empezamos un sube-baja por sendas de tierra y piedra por las que atravesamos el Cuchillar y hasta llegar a la Lancha de los Machos. Un grupo de excursionista nos hizo una foto, con unas chorreras de fondo antes de afrontar la lancha.
La lancha tenía ese nombre por algo. Como es habitual, Alfredo nos dio una master class, subiéndosela y esperando arriba, para constatar nuestra inutilidad absoluta.
Disfrutando de la Lancha de los Machos…
Master of tracks
Con los morros bien calentitos, nos dirigimos hacia las inmediaciones de Villalba, atravesando la urbanización Fontenebro. Esta zona ya si era más pistera, atravesando dehesa tras dehesapor pistas rápidas. Y así, sin enterarnos, llegamos a Moralzarzal, donde a Pepe le vino a la cabeza una vez que quedaron con Felix en su polideportivo con Jesús. Ahí sigue estando nuestro amigo.
Por pistas rápidas, alcanzamos Cerdena, desviándonos a continuación al Prado Boyero, que a pesar del invierno estaba precioso, con sus vaquitas y todo. En sus inmediaciones, nos decidimos a tomar el platanito.
Haciendo indicaciones a Pepe para que nos sacara bien, cosa que no consiguió, claro. Dirá que son los modelos…
Atravesamos la M-607 y coguimos unas pistas (estas eran las famosas pistas de nuestro amigo Flopez67) donde nos metimos el plato grande y nos liamos la manta a la cabeza.
Puente del Batán
En el puente del Batan era el punto donde empieza originalmente la ruta propuesta por nuestro amigo Flopez. En este punto nos quedaban unos 12 kms. Esto fue un acicate para Alfredo que ya estaba hambriento y preocupado porque no llegásemos a una buena hora para comer, así que el ritmo se incrementó.
En una de las pistas que enfilaba Hoyo, nos encontramos una oveja que acababa de dar a luz un corderillo. Impresionante. Era curioso ver como la oveja defendía como podía a su retoño.
Haciendo de rana Gustavo.
El pelotón iba ya deshilachado. Pasamos raudos al lado de la charca donde se encuentran los más preciados anfibios de la Comunidad de Madrid. Ya había ganas de llegar, pero lo repechos y repechones seguían apareciendo.
Por fin llegamos a la Escuela de Ingenieros de Hoyo (de la que tenía un recuerdo totalmente diferente; cosas de la edad) y allí nos planteamos seguir el track estrictamente o mandarlo a freir espárragos, siguiendo por la carretera. Pepe abogaba por lo segundo (Juanlu y yo no teníamos fuerzas para opinar) pero, noblemente, accedió a seguir la rigurosidad de Alfredo en el seguimiento del track, y como premio, nos chupamos otros 2 repechones.
Asumiendo nuestro destino con resignación.
Y en una de las subidas de 1:1 pasó: ¡Alfredo se cayó! No nos lo creíamos. Aun en el suelo, como un coloso, intentaba levantarse, dando pedales, lanzando barro y piedras a su alrededor. Una lástima no disponer de un documento gráfico, pero era tanto el estupor, que no reaccionamos a tiempo. Hay que decir que el cuestón era de pan y moja, no solo por la pendiente, las piedras y el verdín, si no porque tenía obstáculos adicionales a los lados.
Todavía sobrecogidos por ver a nuestro héroe en el suelo
Ya llegando al pueblo, el track nos metía claramente por una zona de bajada que, indefectiblemente, nos llevaba a un nuevo subidón y ahí Pepe, ya en modo gruñón, se impuso, atajando y entrando al pueblo de rondón. Sin perder tiempo, nos dirigimos al restaurante, donde dejamos nuestras monturas a la vista. El menú era de lo más completo, pero como era de esperar, optamos por lo más rotundo: fabada, costillas y pollo con polvo de quicos más un postre, claro.
Y así acabó el día, recargando la mochila con una ruta preciosa, la sensación del deber cumplido y un día estupendo, compartiendo experiencias con amigos. Ah, se me olvidaba, y con ganas de conocer personalmente a Flopez67…
Anunciaban un día espléndido, y a pesar de los 4 grados de la llegada a Miraflores, el pronóstico se cumplió sobradamente. Así que, razonablemente abrigados, empezamos a subir en dirección al puerto de Canencia. Esta vez la ruta iba a ser al contrario de lo que es habitual.
La subida fue bastante rápida y no nos pareció dura. Arriba, en la zona de la Fuente de los Tejos, todo estaba anegado de agua.
Una vez hemos llegado al puerto, tomamos la salida a la izquierda que nos lleva al GR10.1 . Éste, subiendo progresivamente, nos metió en uno de los bosques que más me gustan de la Comunidad de Madrid, el Pinar de Canencia.
Como suele ser habitual, el cabronazo de Alfredo nos pilló mingitando. En la foto no se refleja la interesante conversación que manteníamos Félix y yo sobre el tamaño de nuestros pitos en relación a la temperatura, esfuerzo, edad y otras múltiples variables. Si hubiésemos seguido un rato más, habría salido hasta la constante de Planck, pero Alfredo no estaba en disposición de perder tiempo, así que dejamos este interesante tema a medias.
Y seguimos subiendo hasta llegar a un cortafuegos, a la altura del Collado del Hontanar, donde paramos a tomar nuestro platanito.
Teníamos la esperanza de enfrentarnos a la nieve cara a cara, pero como se puede ver en las fotos, quedaba un poco lejos de nuestro alcance. Y como quien no quiere la cosa, llegamos a la M-611 (que viene de Rascafría). Dejamos a la derecha el refugio de la Morcuera que es ya un viejo conocido nuestro y coronamos al puerto de la Morcuera.
Esta vez no fuimos por el camino habitual, siguiendo a la carretera. Decidimos salir por el Camino del Monte Aguirre que surge a la derecha del parking. Por supuesto, no hicimos el menor caso del cartel que indica que nos es un camino permitido para bicicletas. Pronto veremos que, más que una prohibición, se trataba de una recomendación. Pero nuestra juventud nos hace inconscientes.
Al principio parecía que se trataba de un camino mantenido, pero pronto comprobamos que no era así. Rocas sueltas, raíces y ramas caídas eran las dueñas de la pista. Félix casi se traga a una montañera (no era su tipo) y nos dimos de cara con un derrumbe. Se trata del arroyo de Vejiga, que tiene narices el nombre.
Pronto descubrimos que no era el único obstáculo. Todo el bosque estaba repleto de árboles caídos. Debió haber un gran vendaval no hacía demasiado tiempo porque la madera tenía el aspecto de haberse tronchado recientemente.
Después de recorrer este intrincado camino que parecía una yíncana, y del que estaba un poco hasta los mismísimos, como se puede apreciar en la foto, tomamos otro sendero (el Camino del Mostajo). Esto era otra cosa, pero para variar, también estaba prohibido, como podéis ver en la foto, con las cintas que ponen en las pelis cuando no quieren que entres en la escena del crimen. Quizás era por el riesgo de caída de ramas, pero «like it’s usual» no hicimos ni puto caso.
Este camino nos enfilaba ha enfilaba hacia la Hoya de San Blas. Aquí empezamos a ver la luz, nunca mejor dicho. ¡Un sendero sin ramas y con cielo!
Finalmente salimos a la ruta que tomamos habitualmente y que a la derecha nos llevaría a la Hoya, aunque el track nos redirigió en ese punto hacia Miraflores, a tan solo unos 7 kms para completar el track.
Incluso en esta última parte del recorrido, donde la pista es muy ancha y está bastante frecuentada, nos encontramos árboles caídos. Esperemos que limpien toda la zona antes de que llegue el calor, porque tal como está, se convertirá en una mecha en verano si no toman medidas.
Llegamos a Miraflores a las 12:45, un poco pronto para comer. Pero la camarera miró a Alfredo y vio en sus ojos la desesperación, y se apiadó. Así que empezamos con nuestro almuerzo a las 13 horitas, en plan guiri.
Nos hemos controlado. Ha sido una forma estupenda de eliminar los excesos de las fiestas. y encima parecía que estabamos en el invierno austral. Y ya puestos, a ver si alguna vez lo conocemos en directo y hacemos una rutita por Australia. Estaría bien, antes de que los incendios acaben con todo. Como siempre, un auténtico placer.
El día amaneció plomizo, con nubes grises y un ambiente triste y húmedo. Porque los pronósticos indicaban que no habría lluvia y llevábamos dos semanas sin salir, que si no, era un día ideal de mesa camilla. Salí con tiempo por la M-30 sur, previendo que podría haber algo de tráfico denso a la altura del Vicente Calderón. Cuando llegué allí efectivamente había algo de congestión, pero no por tráfico, sino porque los conductores se quedaban mirando las máquinas que se iban comiendo el estadio a dentelladas (inevitablemente pensé en todos mis amigos colchoneros…). Un espectáculo impresionante, digno de cualquier película de ciencia-ficción. Lo que no me esperaba era el megaatasco que me encontré después, a la altura de Plaza de España. Habían cerrado la salida a la avenida de Valladolid y todo el mundo iba de cabeza hacia la carretera de Castilla. Llegué 10 minutos tarde y más cabreado que una mona. Encima, el webmaster me endiñó la crónica del día para consolarme.
Menos mal que cuando te metes en ruta, todos los inconvenientes se olvidan. Salimos de Somontes dirigiéndonos hacia la derecha, paralelos a la carretera del Pardo, en dirección hacia la M-40. Enseguida apareció el primer repechón (tan comunes en el Pardo) que nos llevó a situarnos encima de los túneles. Dejamos atrás un campo de tiro de pichón, alcanzamos la Puerta de Madrid y el Palacio de la Real Quinta, volviendo de nuevo en paralelo hacia Somontes. Volvimos a cambiar de rumbo hacia una zona denominada Valpatomero a la que llegamos despúes de una subida bastante prolongada. Estos continuas idas y venidas son la única forma de conseguir realizar unos recorridos con una longitud aceptable por el Pardo. Tenemos que agradecérselo a nuestros espléndidos monarcas no tienen a bien compartir el resto del Pardo con los mortales.
Pero no es momento de reproches borbónicos porque ya estamos saliendo del Pardo por la Portillera del Tambor, salida por la que hemos pasado un montón de veces y la que siempre nos pasamos. Esta vez hubo suerte y dimos con ella a la primera. Así nos adentramos en lo que llaman el Parque de la Cuenca Alta del Manzanares y que es más bien un lugar pelado y estepario, sin ninguna gracia. Sus pistas anchas dan lugar a relajarse, hablar, meterse con la bici de Pepe o hacerse cosquillas, como en la foto. Gracias al aviso de Félix no me tragué una cadena, que distraído mientras hablaba, no vi. Así pude probar la eficacia de mis nuevas pastillas de freno traseras, pero sin duda, hay formas mejores de verificarlas.
Pasando un puente sobre la carretera de Colmenar, nos incorporamos al carril bici, donde cortamos el rollo a varios ciclistas de carretera, y que nos llevó de rondón hasta la entrada del Monte de Valdelatas. Este bosque me encanta. Siempre es una gozada rodar por él. La ruta que llevábamos en esta ocasión lo circunvalan. Después de tomarnos el refrigerio, empezamos a volver a nuestro punto de partida. Por primera vez durante la ruta, Alfredo puso pie a tierra en una bajada a un puente de maderas que cruza el arroyo del Encinar. Comprobado, ¡es humano!
Salimos del bosque y volvemos a cruzar la carretera de Colmenar por otro puente más al sur, atravesando de nuevo la estepa, con ovejas y todo. Ésta vez nos acompañó el viento, fuerte y frío y con alguna gota que nos hizo presagiar lo peor.
Y así entramos de nuevo en El Pardo, ya con prisas. Nos esperaban unas trialeras rápidas y que, esta vez, estaban en muy buen estado por las lluvias pasadas. Pero antes nos hicimos unas fotos en un mirador de madera desde que se aprecia el skyline de Madrid.
A la salida de la zona de trialeras, atravesamos la carretera del Pardo a Fuencarral, y nos adentramos en la parte del recorrido que, en mi opinión, es más disfrutona. Transcurre paralela a la carretera que lleva a Madrid y está llena de toboganes y zonas viradas. Una gozada que termina prácticamente llegando a Somontes de nuevo.
Y aquí acaba esta salida. Esta vez no nos quedamos a comer porque los jubilatas somos gente ocupada y esta vez, había problemas de agenda.
Iniciamos la ruta desde la casa de Pepe. El día se presentaba agradable, con sol y nubes y una temperatura perfecta. Es una ruta sencilla, sin apenas desniveles pronunciados, rápida, larga y sin problemas especiales. Atraviesa varias zonas forestales, lo que la hace especialmente disfrutona.
Al tratarse de un recorrido que era un viejo conocido, no llevábamos track. Decidimos dirigirnos primero a la Casa de Campo para poder disfrutar del otoño y no nos equivocamos. Estaba espectacular, parecía mentira que estuviéramos en Madrid. Nos perdimos por entre sus senderos hasta que se acabó lo bueno y salimos por Aluche, en dirección a Colonia Jardín.
Eso de atravesar barrios no es lo nuestro. Por más que intentamos evitar las direcciones prohibidas, no hubo manera, y una vez más, no cogimos el camino óptimo. Acabamos pasando la carretera Caravanchel-Aravaca por debajo, utilizando para ello la estación de metro de Colonia Jardín. Fue la primera empujada de bicicleta del día. Pronto salimos del caos de la ciudad y nos metimos de lleno en ruta siguiendo el arroyo Meaques. En dirección hacia la M40 atravesamos una zona muy despejada que linda con un área militar (seguramente resto de las antiguas instalaciones de Campamento) frecuentada otros jubilados y algún deportista. Hasta había gente buscando setas.
En la Venta de la Rubia atravesamos una hípica llena de chavales. Luego nos enteramos que era festivo en los colegios. Siguiendo la Vereda de Villaviciosa, enfilamos Alcorcón. Pronto nos dimos cuenta que íbamos demasiado tranquilos y empezamos a darle más ritmo al asunto, dejando pronto atrás el polígono industrial de Alcorcón y dirigiéndonos directamente a Villaviciosa.
La entrada en Villaviciosa es un poco complicada. Tanto chalet igual hace un poco difícil orientarse, pero un cuestón nada más llegar te hace recordar que hay que girar hacia el norte. Como somos animales de costumbre, decidimos dirigirnos hacia el Archivo Histórico del Ejercito del Aire para comernos el platanito enfrente de nuestro viejo amigo el Dassault Mirage F1, un caza francés que sirvió en nuestro ejército desde los 80 hasta hace 10 años.
Después, siguiendo nuestra costumbre, visitamos el Palacio de Godoy, un edificio que se construyó en el siglo XVII y que en 1800 pasa a manos de doña Teresa de Borbón y Villabriga (Condesa de Chinchón) y su esposo don Manuel Godoy. Ahora es el Café del Infante, un sitio muy recomendable para cenar en verano.
Ya era patente que, con tanto turisteo, íbamos fatal de tiempo. Así que nos adentramos en una zona de cultivos en dirección a Boadilla. El ir sin track complicaba la selección de los múltiples senderos, pero una vez más, el profesor Montalvo volvió a demostrar que su alias “PPS” estaba totalmente justificado. Después de atravesar zonas arenosas, pasar por en medio de cultivos y subir algún repecho, aparecimos en mitad de una malla de autopistas de las que escapamos entrando de rondón en Boadilla.
Nos llevó un rato atravesar el pueblo, pero finalmente llegamos al palacio del Infante don Luis. Este edificio se ha restaurado por fuera y se utiliza para hacer exposiciones. Una amiga me ha chivado que queda mucho para su restauración (así como la de sus jardines) y que por eso sólo se abre a partir de mayo, cuando deja de hacer en su interior un frío que pela.
La entrada en el monte de Boadilla es siempre una experiencia. Es difícil encontrar un sitio con tantos árboles impresionante. Un auténtico lujo montar en bicicleta por esta zona. Un lugar a tener muy en cuenta para esos días en que no queramos desplazarnos lejos con el coche.
La salida de este fantástico bosque se hace rodeando un
campo de golf por un camino revirado con algún repecho que te saca a uno de los
parques de Majadahonda. Otro baño de
ciudad que, por suerte, apañamos en 10 minutos para salir por el Monte del
Pilar, otra zona verde preciosa.
Este bosque es más cerrado que el anterior, más tupido y
frondoso. Es un área de 800 hectáreas, antiguo coto real de caza y que ahora
pertenece a 10 familiar “nobles” que pretenden hacer una segunda “La Finca”. Esperemos que no lo consigan para
poder seguir disfrutando de este enclave. El camino se va cerrando hasta
converger en un sendero rodeado con sendas vallas que nos llevó directamente a
Pozuelo. Aquí el profesor Montalvo había reservado mesa en el restaurante
Barranco, al que ya nos hemos aficionado. Personalmente tengo debilidad por su
conejo al horno pero tampoco sus tortillas son moco de pavo.
Acabamos como habíamos empezado, en casa de Pepe, tomando un
cafetito y charlando un rato en su jardín. Otro día estupendo y genial,
compartiendo deporte, naturaleza y conversaciones con los amigos.
Nos
levantamos esperando que los pronósticos no se cumplieran pero no fue así.
Desde el primer momento se vio que el cielo no nos iba a ser favorable así que
salimos dispuestos a turistear por Portugal un poco. Como el día anterior, y ya
chispeando, nos dirigimos al bar para desayunamos unas tostadas con jamón,
tomate y aceite en la semioscuridad (sello de identidad del pueblo),
acompañados por los jugadores de cartas de la víspera que parecían formar parte
del local.
Después nos dirigimos a Portugal en el Volvo de Alfredo, en dirección a nuestro primer destino, Idanha-a-Velha. Llegamos en poco tiempo, a pesar de que erramos el camino la primera vez. En cuanto salimos, arreció la lluvia, pero no estábamos dispuestos a que esto nos amilanara, Así que paraguas en ristre, nos recorrimos este agradable y turístico pueblo, paseando entre sus murallas, los restos del castillo y su catedral visigótica.
Antes de irnos, nos metimos en un pequeño bar
donde parecía que estaban reunidos todos los jubilados del pueblo. Nos
atendieron muy amablemente con un excelente café y unos bollitos de crema que
llamaron la atención a Alfredo. Juan Luis optó por un chocolate que tenía una
pinta estupenda
Nuestra siguiente parada fue
el pueblo de Monsanto. En cuanto
empiezas a recorrerlo te das cuenta de que se trata de un pueblo incrustado en
el granito, con casas integradas en unas inmensas moles de piedra que parecen
que las van a aplastar. En
este pueblo hace su aparición por primera vez un terrible enemigo que nos
acompañará durante todo el día: EL VERDÍN.
Por suerte, contamos con la
experiencia y el asesoramiento de
Juan Luis. Sus amplios conocimiento sobre esta amenaza adquiridos durante su reciente
estancia en Madeira nos permitieron salir indemnes. Otro grupo de turistas
españoles no tuvieron nuestra suerte y cayeron bajo sus garras.
Así es como alcanzamos el castillo
que se encuentra en lo alto del pueblo. Lo recorrimos entre la niebla mientras
canturreabamos la musiquilla de Brave Heart, de Juego de Tronos o de los
Inmortales. Eso si, siempre atentos a las indicaciones de Juan Luis sobre el
verdín, por supuesto. No era cuestión de asumir riesgos innecesarios.
Para reponernos de tanta
aventura, nos fuimos a comer al restaurante O
Raiano en Penha Garcia, nuestro
siguiente objetivo. Allí dimos cuenta de un buen bacalao a bras y al horno. No
acertamos tanto con la carne de venado que pensamos que, por el nombre del
plato, sería un guiso, pero nada más lejos de la realidad. Y para acabar, de
postre una serradura y un buen café.
La entrada a Penha Garcia está
defendida por un carro de combate que señala un memorial a los caídos en la
guerra de ultramar. Como era de esperar, sacó de nosotros el niño que llevamos
dentro (sobre todo en algunos casos…).
Y así, con el estómago lleno y cuesta arriba, como debe ser, atravesamos este bonito pueblo para dirigimos hacia su castillo. Subimos a esta atalaya desde la que se aprecia el valle del rio Ponsul. Este valle es famoso por la presencia de fósiles. Así que hacia allá nos dirigimos, bajando del castillo y encontrándonos de nuevo con nuestro terrible enemigo, el verdín. Esto, unido a problemas para encontrar el camino correcto, nos colocó en una situación delicada. Sin embargo, de nuevo y gracias a Juan Luis, pudimos afrontar con éxito esta delicada situación, pudiendo decir sin miedo a equivocarnos, que desde ese momento, el verdín ya no nos supuso ninguna limitación.
Después de recorrer este precioso valle, volvimos a subir al pueblo, donde cogimos el coche para regresar a San Martin. A la llegada, ya había dejado de llover. Nos esperaba una buena ruta en bici al día siguiente y había que estar preparados. Así que volvimos a cenar al bar donde desayunamos, esta vez a base de bocadillos, que nos comimos tranquilamente a la luz de la televisión (era donde mejor se veía). Ya en casa, Pepe preparó unas estupendas castañas (recogidas el día anterior en el Soto) asadas en la chimenea y una magistral queimada, con conjuro y todo. Había sido un día intenso y muy agradable. Y a pesar de no haber montado en bici, tuvimos nuestros peligros.
La salida está en el mismo parking del restaurante “El Anzuelo”. Se encuentra en el lado derecho de la M-604 viniendo de Madrid, pasado Quiñones del Molino y justo después de la carretera que lleva a Canencia.
Esta primera parte transcurre por las dehesas del arroyo de la Pajarilla disfrutando de las vistas de los montes de Canencia y Valle del Lozoya. Después se toma otra pista que termina rebasando por un puente un ferrocarril.
Tras cruzar la carretera que va a Canencia, tomamos otra pista mucho mas ancha y limpia, el camino de Canencia a Garganta de los Montes al Puente de Matafrailes. Tras la pista sube para bajar de nuevo hacia el Puente del Congosto (en restauración).
Nos aproximamos al Embalse de Pinilla y en un cruce bajamos a la izquierda. Aquí hay que estar atentos para no pasarse un desvío no muy evidente a la derecha de la pista que se adentra por el interior del puente que atraviesa por encima la carretera. Tras rebasarlo viene una rampa a la derecha cuyo final inicia hacia la izquierda el sendero por la Umbría del Chaparral .
En este tramo transcurre por un precioso robledal y es clave coger el camino correcto. Aquí es muy importante estar atentos a seguir el track porque es fácil perderlo además de caerse o engancharse en zarzas, pero es lo que más merece la pena de la ruta. Incluso vimos algún zorrillo. Al principio hay que ir paralelo al arroyo Gallina para luego seguir por el arroyo Villar que hay que vadear varias veces. La salida del bosque acaba con una subida que confluye al Camino de Lozoya a Navarredonda. Se trata de una pista ancha con algún repechón. Justo a la izquierda a la entrada de Navarrendonda hay una fuente.
Salimos del pueblo subiendo para llegar a otra
zona de bosque abierto que nos lleva a cruzar el arroyo del Chorro. Aquí aprovechamos para tomarnos nuestro
tradicional plátano. Poco después se llega hasta la pista que lleva a la
Chorrera de San Mamés, que esta vez no subimos porque suposimos que no tendrían agua (y, todo hay que
decirlo, por su desnivel medio del 12% con repechos del 20).
Seguimos por un falso llano, y después de una bajada, llegamos a un arroyo al pie de un viaducto de la antigua línea FFCC Madrid-Somosierra que termina en un túnel. Poco después llegamos a Villavieja del Lozoya, atravesándolo, en dirección al embalse de Riosequillo.
Lo que sigue son pistas anchas con algo de arena y bastantes piedras. En uno de los múltiples quiebros, se perdío uno de nosotros (JC Forever), teniendo que volver por la carretera. La cañada del Zarzo de Cabañeros nos llevó hastaPinilla de Buitrago donde no entramos, girando a derechas y metiendonos en la cañada de la Cerrada de Garay. Ésta nos acabará llevando a la M-604, por la que volveremos al restaurante de partida donde se supone que nos esperaba un potaje que nunca pudimos comer porque se acabó. Unas cervezas nos consolaron de tan terrible final.