Ruta realizada el Jueves 20/02/2025






Participantes: Alfredo, Domingo, Félix, Carlos
Reproductor audio crónica:
En esta ocasión, retomamos una ruta que realizamos en octubre del 2019. Por lo tanto, es una vieja conocida, aunque debo reconocer que casi no me acordaba de nada. Y eso que en aquella ocasión, también escribí su crónica… Bueno cosas de la edad. Además no era el único.
Como íbamos a comer en El Anzuelo, aparcamos y salimos del mismísimo restaurante. Con un dçia luminoso y limpio, enseguida entramos en faena, adentrándonos en la dehesa de la Pajarilla y rompiendo la tranquilidad con qué pacían las vacas. Nada más empezar nos enfrentamos a unos de los inconvenientes de esta ruta: las innumerables puertas que hay que cruzar, de todos los tipos, modelos y diseños.



Esta primera parte son pistas amplias, que invitan a charlar mientras pedaleamos. Al fondo nos esperaba el valle de Lozoya, con Canencia a la izquierda.
En el camino pasamos por el puente de Matafrailes, que no aprecia bien debido a la vegetación. Está construido sobre el arroyo de Canencia. En la zona dicen que es romano (como siempre) pero se cree que es tardomedieval.
Y es que en esta zona hay muchos puente (por eso la Comunidad ha montado la ruta de los Puentes Medievales, para deleite de jubilados y divorciados apuntados en grupos de senderismo). Nuestro próximo puente fue el Congosto (o Canto), un clásico de la zona. En él estuvimos (nosotros y el minidron) disfrutando del Lozoya un buen rato.


La visión del embalse de Pinilla siempre es una gozada, todavía más si quedan restos de nieve en las cumbres. La parada es obligada-

Después de atravesar la M-604, nos dirigimos hacia una zona de prados atravesando un robredal que, en primavera será espectacular. Ahí nos empezamos a encontrar con barro a lo grande. A Carlos y a mi nos pilló el marrón de lleno. Y allí estaba el reportero Alf Freddo para obtener un documento gráfico del momento.

Y así, perlados, llegamos a Navarrendonda donde no vimos ni un alma. Salimos del pueblo en dirección norte por la calleja de Cerro Collado, encontrándonos con otra zona boscosa. Después de atravesar la puerta número 30, nos tomamos tranquilamente el platanito. El siguiente desafío era atravesar el arroyo del Chorro. La ultima vez tuvimos que hacerlo a las bravas pero esta vez habían montado una infraestructura que muestra el elevado nivel tecnológico de la zona.
Dejamos a un lado la pista que sube a las Chorreras de San Mamés. La pista de la Colada de la Solana nos llevó, cómo quien no quiere la cosa, a Villavieja del Lozoya, donde tampoco vimos a nadie. Bueno, había un señor sentado mirando la carretera que parecía dibujado.
Salimos por el sur del pueblo, dirección al embalse de Riosequillo. La zona es bastante llana, con pistas rápidas, que nos permitieron alcanzar el pueblo de Pinilla de Buitrago en menos que tardo en contarlo. Pero nos desviamos antes de entrar al pueblo, dándoles un disgusto tremendo. Pobres.
Ya no quedaba mucho. Nos metimos en la Cañada de la Cerrada de Garay y nos la encontramos llena de agua. Había que explotar las características náuticas de nuestras bicis y ahí que nos metimos de cabeza. Aprovechando el agua que corría a nuestros pies, decidí caerme de lado de la manera más tonta en el arrollo y así limpiarme un poco del barro que me había comido anteriormente. En fin, hecho un cristo, enfilé de morros la etapa final del recorrido.


Pasamos por el apeadero de Gargantilla de Lozoya y Pinilla de Buitrago, el pueblo con el nombre más largo de España. Su cementerio, con la curiosa espadaña de su ermita, nos despidió agradeciéndonos la visita. Poco después llegamos al restaurante El Anzuelo, referencia de pescadores, y hoy visitado por hordas de jubilados. Después de limpiar las bicis y poner de los nervios a Alfredo por la espera, comimos un menú estándar Imserso. Un día fue fantástico y la ruta de lo más recomendable, preciosa y divertida.
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